Domingo, 24 Octubre 2021

San José

 

San José, nuestro Santo Patrono

Esta sección de Ver y Creer está dedicada a San José porque él es nuestro Santo Patrono y a él le tenemos encomendado permanentemente nuestro trabajo. Así como José sostuvo, crió, y formó a Jesús Niño con sus propias manos, las manos que le recibieron, cargaron, acariciaron y trabajaron para Él siendo carpintero y constructor, así San José nos sostiene a nosotros, protege, orienta y tutela cuanto hacemos en este trabajo.

Queremos dar a conocer a este gran hombre a quien el Padre celestial confió, bajo su cuidado y protección, sus tres más grandes tesoros: su Hijo, su Madre y su Iglesia.

Esta sección queda abierta a todos los suscriptores y lectores de este sitio para que compartan sus conocimientos, experiencias, devociones y testimonios de San José, lo que será de gran ayuda para quien lea y para quien envíe información, pues sabemos, según lo cuenta la Tradición, que el Señor le prometió a San José, durante su tránsito de este mundo al Cielo, lo siguiente: “Al que escriba tu historia, tus obras y tu partida de este mundo y las palabras salidas de mi boca, lo confiaré a tu custodia por todo el tiempo que permanezca en esta vida. Y cuando su alma abandone su cuerpo y tenga que dejar este mundo, yo quemaré el libro de sus pecados, y no lo atormentaré con ningún suplicio el día del juicio; y haré que atraviese sin dolor ni quebrantos el mar de fuego”.

Le invitamos a que envíe, en cualquier idioma, artículos y videos sobre San José. También puede enviar comentarios o testimonios de favores o milagros recibidos por su intercesión. Se publicará todo envío que apruebe el Consejo Editorial de Ver y Creer. Los envíos deberán contener el nombre del remitente.

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La sombra de José en nuestros tiempos

 

 

Parece  que nunca ha sido tan necesaria la paz en nuestra patria como en nuestro tiempo. En siglos pasados hubo guerras, rivalidades y contiendas, pero el enemigo estaba a la vista, vestía uniforme o portaba alguna insignia. Era identificable. Hoy el enemigo está dentro, viste como cualquiera y está en todas partes.

La quijada de burro con la que Caín mató a su hermano, hoy se ha convertido en armas de alto poder. El crimen organizado cuenta con todos los adelantos de la ciencia y la técnica. El miedo se ha apoderado de todos. Si antes eran sólo los ricos quienes podían temer un secuestro, hoy teme todo aquel que tenga cinco centavos, pues la maldad está dispuesta a matarlo sólo para quitárselos. La corrupción en la policía y en algunos funcionarios del Estado nos pone “los pelos de punta”.

Cuando la víctima inocente es algún pariente o amigo cercano, sentimos como si Dios nos hubiera abandonado. Podríamos repetir las quejas del salmo 44: “Nos rechazas y nos humillas, ya no sales al frente de nuestras tropas... Nos haces ceder ante el adversario y los que nos odian nos saquean a su gusto… Nos entregas como ovejas y nos dispersas en medio de las naciones... Nos aplastaste en el desierto y nos cubrió la sangre de la muerte… Despiértate. ¿Por qué duermes, Señor?

Lo único que nos queda perfectamente claro es que hemos perdido la paz. Temblamos cada vez que nuestros hijos salen a la calle. Ya ni en nuestras casas nos sentimos seguros…

Y sin embargo, Cristo vino para traernos la paz, la paz de su corazón. Esa paz suya que no perdió ni en la cruz. Esa paz  suya que se mantuvo siempre firme a pesar de toda la guerra que le hicieron. Esa paz suya es la que nos quiso dejar para que sea nuestra.  La víspera de su pasión dijo Jesús a sus discípulos: “Mi paz les dejo, mi paz les doy. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo” (Jn 14, 27).

Esa es la paz del hijo de José de Nazaret. Es la paz de la esperanza. Mira al futuro de la humanidad,  pero también aquí y ahora nos trae la paz. Es la paz del corazón de Jesús.  Podrán taladrarnos las manos y los pies pero no romperán ninguno de nuestros huesos. Esto significa que podemos perder todas las batallas, pero venceremos eternamente con Cristo. “En el mundo tendrán persecuciones, pero (no teman), yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). El hijo de José de Nazaret nos anima con sus propias palabras: Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Pero todo esto, ¿qué tiene que ver con san José?...  Cristo vino a traernos la paz. Al recibir en su casa a Jesús, José la llena de la paz de Cristo. Si yo consagro mi casa a José de Nazaret, mi casa será la casa de José y en ella recibiré la paz  de Jesús, tan necesaria en estos tiempos calamitosos.

Así, José -con María- será el encargado de traer el gozo y la paz de Jesús a mi corazón y a mi familia. Del mismo modo que José pasó de cada uno de sus 7 dolores a cada uno de sus 7 gozos, así todos mis dolores y temores serán la señal de que el reino de Dios está cerca (cf. Lc 21, 31).

Los males de nuestros tiempos y de todos los tiempos están profetizados en Lucas 21, 25-33. También ahí está profetizado el gozo que estos males nos traerán, como lo trajeron a José sus 7 dolores, pues nuestros dolores son señales de que está cerca nuestra liberación: (cf. v 28). “Apenas vean ustedes que suceden las cosas que les dije, sepan que el reino de Dios está cerca” (v. 31).

“El hijo de José” vino a traernos su propia paz, esa paz que nunca perdió. Su paz es el gozo que nos mantiene firmes aquí y ahora porque se basa en la esperanza. La paz de la esperanza mira al futuro de la humanidad, pero aquí y ahora está ya presente en la esperanza de nuestra liberación.

Aunque estemos sumidos en un futuro incierto, nos queda el consuelo de pensar lo que ahí mismo asentó con firmeza Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (v 33).

Si nos acercamos a José estaremos a “la sombra del Altísimo”. Si nos cobijamos a la sombra de José, estaremos a la sombra del Espíritu Santo que cubrió a María. Si José protegió a Jesús y María, nos protegerá a nosotros en estos tiempos tan difíciles. Si consagramos nuestros hogares, nuestra patria y el mundo entero a José, poco a poco alcanzaremos esa paz que las fuerzas del infierno no nos podrán quitar.

Porque la paz no es tanto la ausencia de guerra cuanto el ánimo en la lucha, la calma en la angustia y consuelo en el dolor. Es la alegría que acompaña al trabajo de dar sentido a la vida. La paz es el reino de los cielos en nuestros corazones. Podemos renunciar a todo, pero no podemos renunciar a la paz del corazón, porque la paz del corazón es el valor supremo del universo y “Dios es paz” (Jc 6, 24).

En la angustia, nos sentimos en las sombras de la muerte y, desesperados, elevamos los ojos al cielo y gritamos al Señor con el profeta: “¡¿Por qué te escondes cuando más te necesito?!” (Sal 10, 1)… Pero, si nos acogemos a la sombra de José, en su sombra y en nuestra sombra brillará la luz de Jesús. Así como su luz brilló en las sombras de la cueva de Belén, así como brilló en el Templo cuando José encontró al Niño perdido, así José nos ayudará a encontrar al Dios que se nos había escondido.

Cuando perdemos a Jesús por causa de nuestros pecados o de las pruebas de la vida, nadie mejor que José con María nos ayudarán a encontrar al Jesús perdido. En la sombra de José encontraremos la paz de la esperanza. En su sombra asomará el alba que es María, y detrás del alba de María vendrá la luz del sol de la mañana que es Jesús.

 

Texto tomado del capítulo “Un hombre para el siglo XXI” del libro “José y María, historia de un gran amor” de Carlos Saravia Máynez. México, marzo de 2011.


San José, datos fundamentales para conocerle mejor

 

 

La santidad de San José está muy por encima de los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento, de los Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores, de las Vírgenes y aun de los mismos Ángeles.

Ser el padre de Jesús y el esposo de María es lo máximo que podemos decir de él, pues cumplió fielmente su misión y, por eso, Dios lo ha encumbrado sobre todos los santos.

La razón teológica de la santidad de San José, la establece Santo Tomás de Aquino cuando dice: "Cuanto alguna cosa recibida se aproxima más a la causa que la ha producido, tanto más participa de la influencia de esa causa" (S. Th. III, q.7, a.1). La causa única de donde procede toda santidad es el mismo Dios. Luego cuanto más próxima o cercana a Dios esté una criatura, tanto más participará de su infinita santidad. Nadie como San José -después de Jesús y de María- se ha acercado tanto a Dios, luego hay que concluir que su santidad excede a cualquier criatura humana o angélica.


DATOS EVANGÉLICOS

El evangelio enseña claramente que José es quien transmite a Cristo su ascendencia y genealogía y con ello la descendencia de Abraham con todo lo que ello significa, y, sobre todo, la descendencia de David y las promesas del reino mesiánico y eterno. Ese es el significado y la importancia de la genealogía de José, desposado con María, de la nace Cristo (Mt 1, 1-16).

San José en los planes de Dios juega un papel de capital importancia; sin él no hubiese existido el descendiente de David, el Mesías. José da su consentimiento a esta transmisión. El Señor le pide que tome a María como esposa, porque en los planes de Dios el Mesías tenía que nacer de una virgen, pero desposada, casada con un hombre justo; y este hombre es José. Y José con su silencio dijo SI a la embajada de Dios, recibiendo a María en su casa. Es todo el valor capital del anuncio a José (Mt 1, 18-24).

José es el varón justo, cabal, perfecto, y como tal ha obrado en el momento trascendental de la Encarnación del Verbo, totalmente entregado a la voluntad de Dios con una fe ciega y absoluta en El. Se desposa con María por voluntad de Dios Es un matrimonio preparado por el Espíritu Santo, en el que sólo interviene Este de una manera especialísima (Mt 1, 19a).

Por razón de su matrimonio con María, José es padre de Jesús, padre virginal. El evangelio le da el título de padre sin más: "He aquí que tu padre y yo te buscábamos" (Lc 2, 48); porque en todo el contexto del relato evangélico se comprende fácilmente el contenido de la paternidad.

Paternidad que encuentra su realización materializada en el nacimiento de Jesús en Belén. San José pone los actos previos al nacimiento de Jesús. Como esposo justo y fiel lleva a la madre, próxima al alumbramiento, a Belén; le busca una posada digna entre amigos y conocidos, y, al no hallarla, se instala con ella en un establo de bestias, esperando el santo advenimiento. Acompaña a María en el momento de dar a luz al hijo que el cielo les ha regalado a los dos, dice San Agustín. Ha llegado ya el fruto de su matrimonio virginal con María; ha visto colmada su paternidad por obra y gracia del Espíritu Santo, aceptando que fuese de aquel modo concreto, en pobreza y abandono del mundo (Lc 2, 4-7).

José, como padre del recién nacido, le circuncida al octavo día y le impone el nombre de Jesús, que era un derecho inherente a la misión del padre; así San José ejerce su dominio sobre el hijo y, de alguna manera le marca su personalidad. Al imponerle el nombre de Jesús le incluye con todo derecho en la descendencia davídica. Es un acto de dominio y de sabiduría porque el nombre responde a la sustancia de la persona (Lc 2, 21; Mt 1, 20-21. 25).

José y María, según San Lucas, presentan al niño Jesús en el templo como sacerdote y como sacrificio. Acto que representa el reconocimiento por los padres de la especial consagración a Dios de aquel Niño que ya recibió el nombre de Jesús, que quiere decir Salvador, por especial inspiración de un ángel (Lc 2, 22-24).

En su calidad de padre de Jesús recibe del cielo la orden de llevarle a Egipto para liberarle de las iras exterminadoras de Herodes y de volverle, a su debido tiempo, a Palestina (Mt 2, 13-23).

Y en su calidad de padre, José es obedecido por Jesús y le está sujeto (Lc 2, 51).

Los sentimientos de paternidad para con Jesús en José son tan fuertes que cuando los pastores cantan las maravillas de la aparición de los ángeles, su padre y su madre escuchan maravillados lo que se dice del Niño (Lc 2, 33); y cuando se pierde en el templo, le buscan por espacio de tres días con gran dolor; Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote (Lc 2, 48).


EN LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA

Encontramos huellas de la reflexión teológica sobre San José desde los primeros siglos del cristianismo, tanto en los Padres orientales como en los occidentales. Es así, que entre los Padres orientales que hablan de San José encontramos: En el Siglo II a San Ignacio de Antioquía, San Justino, San Ireneo. En el siglo III a Tertuliano, San Clemente de Alejandría, San Hipólito de Roma, Orígenes, Julio de África. En el siglo IV a Eusebio de Cesarea, San Efrén, San Basilio, San Cirilo de Alejandría. Y entre los Padres occidentales a San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, Pedro Crisólogo, y otros. Considerando los aportes patrísticos, se puede decir que hacia mediados del siglo V ya se contaba con los elementos más característicos de la comprensión teológica y espiritual sobre San José.

Durante los siglos posteriores la reflexión sobre el Santo Custodio se limitaría a comentar los escritos de los Padres de la Iglesia. Pero la llegada del siglo XII traería una mayor profundización teológica con santos como Bernardo de Claraval, Tomás de Aquino y Buenaventura.

En estos primeros siglos la teología de San José se reduce principalmente al nacimiento del Señor Jesús, y a la virginidad de María, la reflexión sobre San José estaba acompañada de un cierto temor de resaltarlo demasiado. Las inquietudes básicas sobre San José se concretaban en las preguntas ¿Cuál fue realmente e históricamente la función de San José en la sagrada familia de Nazaret? ¿De qué naturaleza fue su paternidad respecto de Cristo y su matrimonio con María? Por ejemplo, ante el temor de atentar contra la virginidad de María afirmando la existencia real del matrimonio con José y María, autores como San Jerónimo lo consideraban simplemente putativo.

El primer surgimiento de la devoción a San José, se produce en sentido pleno entre los Siglos XII y XV, propiciado por el retorno a la veneración de la humanidad de Cristo y el culto a la Santa Virgen impulsado especialmente por San Bernardo de Claraval en Siglo XII, San Francisco de Asís, en e Siglo XIII, y diversos autores de la "Devotio Moderna". Entre los autores de la órdenes mendicantes se encuentran: San Buenaventura y sus discípulos Pedro Juan Olivi, Ubetino de Casal, y más tarde Bernardino de Siena, Bernardino de Feltre, Bernardino de Bustis, por parte de los Franciscanos; y por el lado de los Dominicos a San Alberto Magno, Santo Tomás, entre muchos otros. También encontramos por esta época al Papa Sixto IV, quien incluyó la fiesta de San José en el Calendario Romano hacia el año 1479.

Sin embargo parece que es a partir de los Siglos XV y XVI, en la época de las reformas católicas, cuando se empiezan a producir trabajos enteramente dedicados a San José, así como a profundizar en las reflexiones en torno al Santo Custodio. En este tiempo también crece significativamente su devoción. Los siglos siguientes hasta nuestros días son los de mayor desarrollo y florecimiento, estando la devoción a San José en un continuo aumento. En esta época encontramos numerosas fundaciones religiosas, asociaciones y las pías uniones de laicos, las iglesias, las capillas, los libros científicos y populares, las recomendaciones de los santos que buscan promover y sostener la devoción a San José.


SU CULTO EN LA IGLESIA

a) El papa Sixto IV, en el año 1476, establece para la diócesis de Roma el 19 de marzo como fiesta de San José, que luego se extendió a la Iglesia universal.

b) Pio IX lo declara Patrono Universal de la Iglesia (8-XII1870).

c) Pio XII establece la celebración de San José Obrero, el 1º de mayo, presentándolo como modelo de los trabajadores.

d) Benedicto XV declara a San José como singular protector de los moribundos (25-VII-1920).

e) Juan XXIII lo incluye en la relación de Santos, después de María, en el Canon Romano de la Misa (S.C. de los Ritos, Decr. (13-XI-1962).

 

VIRGINIDAD, MATRIMONIO CON MARÍA Y PADRE DE JESÚS

Santo Tomás de Aquino dice: Se debe creer que José permaneció virgen, porque no está escrito que haya tenido otra mujer y la infidelidad no la podemos atribuir a tan santo personaje.

Dice san Francisco de Sales (1567-1622): María y José habían hecho voto de virginidad para todo el tiempo de su vida y he aquí que Dios quiso que se uniesen por el vínculo del santo matrimonio, no para que se desdijeran y se arrepintieran de su voto, sino para que se confirmasen más y más y se animasen mutuamente juntos durante toda su vida.

Debemos tener en cuenta es que fue un verdadero matrimonio, a pesar de que nunca hubo entre ellos relación carnal.

El Espíritu Santo reconoce en el Evangelio: José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16). José era verdadero esposo de María y entre ellos había un verdadero matrimonio. Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás de Aquino, la ponen siempre en la indivisible unión espiritual, en la unión de los corazones, en el consentimiento, elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena libertad el don esponsal de sí, al acoger y expresar tal amor.

José fue en verdad padre de Jesús, aunque no lo fuera de sangre. Su título de padre le es reconocido por el Espíritu Santo mediante la autoridad de la Palabra de Dios, y Jesús lo reconocía, obedeciéndole en todo. Dice el Evangelio que les estaba sujeto (Lc 2, 51), es decir, que obedecía a María y José.

La paternidad de José era indispensable en Nazaret para honrar la maternidad de María. Era indispensable para la circuncisión e imposición del nombre. Era indispensable en Belén para inscribir al recién nacido como hijo de David en los registros del imperio romano. Era indispensable en Jerusalén para presentar al primogénito en el templo. Y también era indispensable la presencia de José para el crecimiento de Jesús en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

Decía el Papa Juan Pablo II: La paternidad de san José, como la maternidad de la Santísima Virgen María, tiene un carácter cristológico de primer orden. Todos los privilegios de María se derivan del hecho de que es madre de Cristo. Análogamente, todos los privilegios de san José se deben a que tuvo el encargo de hacer de padre de Cristo.

La Sagrada Familia fue la familia perfecta, donde había amor, unión, comprensión y donde estaba Dios presente en la persona de Jesús. Siempre se ha dicho que, para formar un auténtico matrimonio hacen falta tres: el esposo, la esposa y Dios.




VIRTUDES DE SAN JOSE

San José recibió de Dios la gracia necesaria para ser digno esposo de María y digno padre de Jesús. Su misión fue única e irrepetible en la historia de la salvación. A tanta gracia y a tan alta misión correspondió de modo admirable pues la misma Escritura lo llama hombre justo (Mt. 1, 19), luego debemos concluir que su santidad excede a todos sin excepción alguna.

La eximia santidad de San José y el carácter especial del culto que la Iglesia le rinde, ha movido a los teólogos a aplicarle a su culto el título de suma dulía, que expresa su inferioridad frente al culto a María de hiperdulía y, su superioridad respecto al de los santos, de simple dulía.

"Brillan en él, sobre todo, las virtudes de la vida oculta, en un grado proporcionado al de la gracia santificante: la virginidad, la humildad, la pobreza, la paciencia, la prudencia, la fidelidad, que no puede ser quebrantada por ningún peligro; la sencillez, la fe, esclarecida por los dones del Espíritu Santo; la confianza en Dios y la más perfecta caridad. Guardó el depósito que se le confiara con una fidelidad proporcionada al valor de este tesoro inestimable" (Garrigou-Lagrange, R., San José, Buenos Aires, 1947, p.301).

"¿Cómo acertar a referir los progresos de su santidad al contacto de Jesús y en la sociedad más íntima con la Madre de Dios? No eran los sacramentos los que obraban en él, era el Autor de los sacramentos y de la gracia. Si Jesús les ha comunicado a sus sacramentos tanta gracia para santificar las almas, ¿cómo podían, por ventura, sus caricias, su sonrisa, su contacto, aun cuando de un modo distinto, producir efectos mucho más maravillosos? ¿Qué era la vida de San José sino una comunión continua con Jesús y con la plenitud de la santidad que habitaba en El: por los ojos, que con tanta frecuencia descansaban en Jesús; por la boca, cuando San José besaba con tanto amor al divino Niño; por el contacto, cuando Jesús descansaba entre sus brazos; por el pensamiento, que se volvía sin cesar a Jesús y a María; por toda pena, por toda prueba, por toda alegría, por todo trabajo, por todo movimiento? ... Pues nada existía en su vida que, por el sacrificio, la abnegación, el amor, no pusiese en contacto su alma con el alma de Jesús" (Sauvé, C., San José, Barcelona, 1915, p.361).

El Evangelio llama a San José hombre justo (Mt. 1, 19). "Una alabanza más rica de virtud y más alta en méritos no podría aplicarse a un hombre... Un hombre... que tiene una insondable vida interior, de la cual le llegan órdenes y consuelos singulares, y la lógica y la fuerza, propia de las almas sencillas y limpias, de las grandes decisiones, como la de poner en seguida, a disposición de los planes divinos, su libertad..." (Pablo VI, Homilía, 19-111-1969).

“San José habla poco pero vive intensamente, no sustrayéndose a ninguna responsabilidad que la voluntad del Señor le impone. Nos ofrece ejemplo atrayente de disponibilidad a las llamadas divinas, de calma ante todos los acontecimientos, de confianza plena, derivada de una vida de sobrehumana fe y caridad y del gran medio de la oración" (Juan XXIII, Alocución, 17-111-1963).

"Expresión cotidiana de amor en la vida de la Familia de Nazareth es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero... La obediencia de Jesús en la casa de Nazareth, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el hijo del carpintero había aprendido el trabajo de su padre putativo. El trabajo humano y, en particular el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial... José acerco el trabajo humano "al misterio de la redención" (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris custos, n.22).


PRIVILEGIOS DE SAN JOSÉ

Hay algunos teólogos y santos que opinan que san Juan Bautista y Jeremías fueron santificados en el vientre de su madre, y que esto debe decirse con mucha más razón de san José.

Así lo afirman, entre otros, Gerson, Isidoro de Isolano, Bernardino de Bustos, san Alfonso María de Ligorio y la venerable María de Jesús de Ágreda, que dice: San José fue santificado en el vientre de su madre a los siete meses de su concepción.

Uno de los especiales privilegios concedidos por Dios a san José, según algunos santos, es el de su Asunción al cielo en cuerpo y alma. Así lo expresa el famoso teólogo español Suárez, San Pedro Damián y san Bernardino de Siena, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio, la venerable Madre María Jesús de Ágreda, Bossuet, san Enrique de Ossó y Cervelló y otros.

Es interesante anotar que el Papa Juan XXIII, en la homilía pronunciada en la fiesta de la Ascensión, el 26 de mayo de 1960, con motivo de la canonización de Gregorio Barbarigo, expresó su opinión personal de que san José está en el cielo en cuerpo y alma; y la expuso como opinión aceptable. Dijo literalmente en italiano: così piamente noi possiamo credere (así nosotros podemos piadosamente creer).


PALABRAS DE ALGUNOS SANTOS

Decía san Efrén (306-372): Nadie puede alabar dignamente a José.

San Juan Crisóstomo (+407) afirma con relación a san José: No pienses, oh José, que por haber sido concebido Cristo por obra del Espíritu Santo, puedes tú ser ajeno a esta divina economía. Pues, aunque es cierto que no tienes parte alguna en su generación y la madre permanece Virgen intacta, sin embargo, todo cuanto corresponde al oficio de padre, sin que atente en modo alguno contra la virginidad, todo te es dado a ti. Tú le pondrás el nombre al hijo, pues tú harás con él las veces de padre. De ahí que, empezando por la imposición del nombre, te uno íntimamente con el que va a nacer.

Santa Brígida (+1373), la gran mística, en sus Revelaciones, dice que un día le dijo la Virgen María: José me sirvió tan fielmente que jamás oí de su boca una sola palabra de lisonja ni de murmuración ni de ira, pues era muy paciente, cuidadoso en su trabajo y, cuando era necesario, suave con los que reprendía, obediente en servirme, pronto defensor de mi virginidad, fidelísimo testigo de las maravillas de Dios. Igualmente, estaba tan muerto al mundo y a la carne que no deseaba más que las cosas celestiales.

El padre Esteban Gobbi, un verdadero santo, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia, recibió un mensaje en el que le decía la Virgen María: José fue para mí un esposo casto y fiel, un colaborador inestimable de la custodia amorosa del Niño Jesús; silencioso y providente, trabajador, pendiente de que nunca nos faltara los medios necesarios para nuestra humana existencia, justo y fuerte en el diario cumplimiento de la misión a él confiada por el Padre celestial. ¡Con cuánto amor seguía cada día el admirable crecimiento de nuestro divino hijo Jesús! Y Jesús le correspondía con un afecto filial y profundo. ¡Cómo lo escuchaba y le obedecía, cómo lo consolaba y le ayudaba!... Imiten a mi amadísimo esposo José en su oración humilde y confiada, en el fatigoso trabajo, en su paciencia y en su gran bondad.

Y Don Bosco contaba lo siguiente: Hace pocos años, un pobre muchacho de Turín, que no había recibido ninguna instrucción religiosa, fue un día a comprar una cajetilla de tabaco. Al volver donde su compañeros, quiso leer la parte impresa en el envoltorio del tabaco. Era una oración a san José para obtener la buena muerte... Tanto la estudió que se la aprendió de memoria y la rezaba cada día, casi materialmente, sin intención alguna de alcanzar ninguna gracia.
San José no quedó insensible ante aquel homenaje, en cierto modo involuntario; tocó el corazón del pobre joven, se presentó a Don Bosco y él le proporcionó la inestimable fortuna de llevarlo a Dios. El joven correspondió a la gracia, tuvo oportunidad de instruirse en la religión que había descuidado hasta entonces por ignorarla y pudo hacer bien su primera comunión. Al poco tiempo, cayó enfermo y murió, invocando el nombre de san José, que le había obtenido la paz y el consuelo de aquellos últimos momentos .

Santa Bernardita Soubirous, la vidente de la Virgen en Lourdes, era muy devota de san José. Cuando murió su padre en 1870, escogió a san José como su padre en la tierra.
Un día, una hermana la sorprendió rezando una novena a la Virgen delante de una imagen de san José, y le dijo que eso estaba muy mal, porque debía rezar la novena delante de la imagen de la Virgen. Pero ella le respondió:
- La Santísima Virgen y san José están perfectamente de acuerdo y en el cielo no hay celos ni envidias.
Un día de 1872, se fue a hacer una visita a la iglesia y les dijo a las hermanas de la enfermería:
- Voy a hacer una visita a mi padre.
- ¿A vuestro padre?
- Sí, ¿no sabéis que ahora mi padre es san José?
Y decía: Cuando no se puede rezar, es bueno encomendarse a san José.
Cuando la enterraron el 30 de mayo de 1879, lo hicieron en la cripta subterránea de la capilla de san José, en el jardín del convento y no en el cementerio público. En las Actas del proceso de beatificación, una de las religiosas declaró que repetía frecuentemente la invocación: San José, dame la gracia de amar a Jesús y a María como ellos quieren ser amados. San José, ruega por mí y enséñame a rezar.

Dice santa Faustina Kowalska (1905-1938): San José me ha pedido tenerle una devoción continua. Él mismo me ha dicho que rece diariamente tres veces el Padrenuestro, Avemaría y Gloria y el “Acordaos” (que se reza en la Congregación). Me ha mirado con gran cordialidad y me ha hecho conocer lo mucho que apoya esta Obra (de la misericordia) y me ha prometido su ayuda especialísima y su protección. Rezo diariamente estas oraciones pedidas y siento su especial protección.

Santa Teresa de Jesús es quizás la santa más conocida como gran devota de san José. Siendo de votos solemnes en el monasterio de la Encarnación de Ávila, estuvo cuatro días en coma en casa de su familia y todos pensaron que iba a morir.
Dice ella: Ya tenía día y medio abierta la sepultura en mi monasterio, esperando el cuerpo allá y hechas las honras en uno de nuestros conventos de frailes fuera de aquí, pero quiso el Señor tornase en mí (Vida 5, 10). La recuperación le costó tres largos años de sufrimiento. Pero se recuperó totalmente y esto se lo atribuía a san José. Dice:

- Tomé por abogado y señor al glorioso san José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así en esta necesidad como en otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío, me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado así del cuerpo como del alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hace cuanto le pide... Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios; no he conocido persona que de veras le sea devota y le haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud... Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que me ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas... Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devoción... Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará de camino... él hizo que pudiese levantarme y andar y no estar tullida (Vida 6, 6-8).

En el día de la Asunción (1561), estando en un monasterio de la Orden del glorioso santo Domingo... vínome un arrobamiento tan grande que casi me sacó fuera de mí... Parecióme que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía; después vi a Nuestra Señora hacia el lado derecho y a mi padre san José al izquierdo... Díjome Nuestra Señora que le daba mucho contento que sirviera al glorioso san José, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos.
Una vez, estando en una necesidad que no sabía qué hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció san José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no faltarían, que los concertase y así lo hice sin ninguna blanca, y el Señor, por maneras que espantaban a los que lo oían, me proveyó. Por eso, recomendaba encarecidamente a cada una de sus monjas: Aunque usted tenga muchos santos por abogados, séalo en particular de san José que alcanza mucho de Dios. Y les decía: Hijas, sean devotas de san José, que puede mucho.


DEVOCIONES MÁS EXTENDIDAS

a) Como maestro de oración (cfr. Santa Teresa de Jesús, Vida, cap.6).
b) Como maestro de la vida interior (cfr. Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n.39 y ss).
c) Patrono de los moribundos (cfr. Benedicto XV, 25-VII-1920).
d) La familia de José, la Sagrada Familia, modelo de los hogares cristianos (cfr. Benedicto XV, 25-VII-1920).
e) Las Letanías de San José (cfr. Pio XI, 21-III-1935).
f) Dedicarle los miércoles, de cada semana.
g) Ddicarle el mes de marzo, de cada año.
h) La piadosa consideración de sus siete dolores y gozos.
i) Los siete domingos de San José, anteriores al 19 de Marzo de cada año.

 

 

 

Artículo tomado de "Miriam Revista mariana universal"

José fue la sombra de Dios Padre para Jesús

 

 

Cuando encuentras el gran parecido que un hijo tiene respecto a su padre, viene a la mente aquel refrán: «De tal palo tal astilla». O aquél otro que dice: «Quien a los suyos parece honra merece». En este caso bien podríamos afirmarlo de José, referido a Aquél que tuvo como hijo en este mundo.Realmente José supo ser astilla de un buen tronco y parecerse al Señor que lo había creado y en concreto al hijo que le había sido dado. Y todo ello siempre -como otras veces hemos indicado- todo ello siempre desde el silencio del corazón. O también desde el silencio y desde el corazón. Allí se encierra también toda la vida de José de Nazaret. En ese silencio admirativo con que, después de las primeras circunstancias, acogió la llegada de Jesús. Ese silencio admirativo con el que pasó su vida, sin duda conjeturando, enseñando a Jesús el oficio de carpintero.En el silencio del taller de carpintería tuvo que quemar muchas horas con Jesús. Los dos, uno junto al otro, palabra tras palabra, minuto tras minuto, fueron consumiendo, gastando, para la gloria de Dios, cada uno de sus días.

Ese silencio admirativo y también receptivo o receptor. Era José como una esponja que por estar próxima al agua, poco a poco se va empapando de las gotas que salpica y queda así de esa manera empapada del agua. Pienso que así quedó José empapado de Dios, conviviendo en esa proximidad con Jesús en ese enseñar al Maestro, con esa profunda timidez, con que sin duda tuvo que hacerlo reconociendo en su hijo al Mesías, al Señor.Es como lo que pasó –en cierta manera- a Juan el Bautista cuando Jesús se acercó para ser bautizado. Juan dijo: «Soy yo el que debe ser bautizado por Ti». Pues así, José también tuvo que tener muy claro que él era el que debía ser instruido por Dios. Pero el Padre Dios conducía su corazón para que enseñara las cosas de este mundo a Jesús.

Para que, gracias a él, Jesús pudiera hacer el recorrido que todo hombre lleva a cabo y para que, gracias a él y con él, estando debajo de él, sometido en obediencia a José, Jesús pudo aprender a recibir todas aquellas experiencias de vida por las que los hombres pasamos desde que nacemos.José se convirtió así, como le honramos en el Icono: José, sombra del Padre. Porque José fue la sombra de Dios Padre para Jesús. José fue para Jesús la cercanía de Dios, el silencio amoroso de Dios, ese amor escondido que -como el manantial- brota constantemente y se derrama por todo su entorno.José vivió su vida con un solo corazón con Jesús y a El le ofreció, no los mejores, sino todos los años que Dios le concedió vivir. Y tan particular fue su actitud, su entrega que, salvando estos primeros momentos del descubrimiento del embarazo de la Madre de Dios, la historia no nos ha dejado nada más.

José se convierte en uno de esos prototipos, modelos a imitar en nuestra sociedad, porque la figura de José rivaliza notablemente con la figura del hombre que propende nuestro tiempo. Tiene notables diferencias evidentemente y notables objetivos. Notables diferencias también en los objetivos a alcanzados. José partió hacia el Reino con una vida plena y los hombres hoy pululan por el mundo infelices. José se nos muestra a nosotros como el modelo de cristiano que es necesario en este tiempo nuevo, en este tiempo en el que vivimos que, a pesar de los avatares, sigue siendo para nosotros un año de gracia de Dios, un tiempo de gracia. Y José se nos presenta como ese modelo silencioso, callado, obediente, feliz, responsable.

Reúne en sí toda esa sombra de Dios Padre. Hace realidad de tal manera esa paternidad de Dios y una manera de ser y de proceder, que se intuye viendo al hijo y viendo a la madre, la esposa. Una manera de proceder que se intuye, y que ves que es la que nosotros necesitamos vivir. No hay datos, muy escasos, escasísimos. Pero: si «quién a los suyos parece honra merece». Y si «al árbol se le reconoce por sus frutos», y los frutos de la vida de José, de su forma de ser, de vivir, de tener, de amar a Dios, de vivir en el mundo son los que podemos colegir igualmente en Jesús y en María, y que son los que Dios nos propone, son los válidos para seguir a Jesús. Por eso la Iglesia quiso asumirlo como patrón, protector y guía de la Iglesia Universal, porque encierra el modelo de vida que Jesús anunció.

Porque encierra la manera de vivir del propio Jesús. Siendo solamente un hombre. Para que no se nos desvíe la atención. Hombres capaces de amar, capaces de amar hasta la obediencia final, capaces de amar hasta la entrega plena, capaces de amar hasta –si se nos permite decirlo así- «instruir al propio Mesías», desde la pequeñez de la humildad. Sabiendo que uno no puede enseñar nada. Sabiendo que el discípulo (Jesús) en este caso era superior al maestro (José) desde el principio. Pero aún sabiéndo eso, hizo lo que tenía que hacer, desde el silencio de una vida unida a Dios.Ahí tenemos todas las claves y todas las respuestas. Y José nos sitúa frente a Jesús, frente a frente, cara a cara para encontrarlo, para que aprendamos a vivir. Y, al mismo tiempo, se nos ofrece a nosotros mismos también, cómo no, como intercesor porque él es la sombra de Dios Padre.

El es la proyección de Dios Padre como la sombra es la proyección de la figura, humana o del objeto. La sombra no puede existir sin estar unida a la persona o al objeto y al mismo tiempo a la luz. En la oscuridad no hay sombras, hace falta la luz para ver y reconocer la sombra. Si miramos a Dios reconoceremos también a José. Pero si miramos a José terminaremos viendo a Dios porque la sombra está unida siempre a la luz y a la imagen que la proyecta. Por eso José es importante en la vida de la Iglesia.

Y por eso es también importante en nuestra vida. Aprendamos de él también a vivir tan cerca de la Luz, de tal manera que -siendo nosotros sombra- podamos ser referencia para los que nos rodean. Igual que nosotros viendo la sombra de José y siguiendo su ejemplo podemos descubrir la Luz y el encuentro con Dios, de esa misma manera que quien pueda un día contemplarnos no se quede en nosotros sino que fije su mirada en la Luz que hace posible la sombra y en la imagen de Aquél que la proyecta.

La sombra de José

 

Hay que reconocer que san José no ha tenido mucha suerte que digamos en la transmisión que los siglos han hecho de su figura. Si nos preguntamos qué imagen surge en la mente del cristiano al oír el nombre del esposo de María, tenemos que respondernos que la de un viejo venerable, con rostro no excesivamente varonil, que tiene en sus manos una vara de nardo un tanto cursi. O quizá, como variante, la de un ebanista que, muy pulcro él, muy nuevos sus vestidos, se olvida de la garlopa, que tiene entre las manos, para contemplar en un largo éxtasis los juegos de su hijo que se entretiene haciendo cruces entre limpísimas virutas. Dos imágenes que, si Dios no lo remedia, van a durar aún algunos siglos, por mucho que la fornida idea de san José Obrero trate de desplazar tanta cursilería. Dos imágenes que, además, poco tienen que ver con la realidad histórica de José, el carpintero de Nazaret.

Al parecer, como los hombres somos mucho más «listos» que Dios, nos precipitamos enseguida a cubrir con nuestra mala imaginación lo que los evangelistas velaron con su buena seriedad teológica. Y así es como a José le dedican pocas lineas los evangelistas y cientos de páginas la leyenda dorada. Pero bueno será empezar por conocerla, aunque sólo sea para saber lo que José «no fue».

El José de la leyenda

La idea del José viejo y milagroso data de los primeros siglos. La encontramos en el escrito apócrifo titulado «Protoevangelio de Santiago» que Orígenes conocía ya en el siglo lll. Se trata de una obra deliciosa e ingenua, nacida sin duda de una mezcla de afecto piadoso y de afán de velar contra posibles herejías. ¿Había quien encontraba difícil de comprender un matrimonio virginal entre José y María? Pues se inventaba un José viudo y anciano que habría aceptado a María más como tutor que como esposo. Y se añadía todo el florero de milagros que ingenuamente inventan todos los que no han descubierto que el mayor milagro de la vida de Cristo es que sólo ocurrieron los imprescindibles.

APÓCRIFOS: Veamos cómo cuenta este primitivo texto apócrifo el matrimonio de José y María:

Se criaba María en el templo del Señor como si fuera una paloma y recibía el sustento de la mano de un ángel. Cuando tuvo doce años deliberaron los sacerdotes y dijeron: «He aquí que María ha cumplido doce años en el templo del Señor. ¿Qué haremos con ella para que no se mancille el santuario del Señor nuestro Dios?» Y dijeron al sumo sacerdote: «Tú estás en el altar del Señor; entra en el santuario y ruega por ella y haremos lo que te revele el Señor». El sumo sacerdote cogió el pectoral con las doce campanillas y se dirigió al Sancta Sanctorum y rogó por ella. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor y le dijo: «Zacarías, Zacarías, sal y convoca a los viudos del pueblo; que traigan cada uno su cayado y a quien el Señor señale ése será su esposo». Salieron los heraldos por todo el territorio de Judea y resonaron las trompetas del Señor, y pronto concurrieron todos. San José arrojó su hacha y se apresuró a reunirse con ellos, y después de estar todos reunidos cogieron los cayados y fueron al sumo sacerdote.

Este cogió los cayados de todos, entró en el templo y oró. Después de haber terminado la oración, tomó los cayados, salió y se los entregó, y ninguna señal apareció en ellos. Pero cuando José cogió el último cayado, he aquí que una paloma salió de éste y voló a la cabeza de san José. Y dijo el sacerdote a san José: «Tú estás destinado por la suerte para tomar bajo tu protección a la Virgen del Señor» y san José contestó y dijo: «Tengo hijos, soy un hombre viejo; ella en cambio es joven, tengo miedo de parecer ridículo ante los hijos de Israel». Y dijo el sacerdote a san José: «Teme al Señor, tu Dios, y recuerda lo que hizo con Datán, Abirón y Coré, cómo abrió la tierra y fueron tragados por ella por su oposición. Y teme ahora a Dios, José, no vaya a ocurrir algo en tu casa». Y José temió y la tomó bajo su protección. Y dijo a María: «He aquí que te recibo del templo del Señor y te dejo ahora en mi casa y me voy a hacer mis trabajos y después vendré otra vez a donde ti; el Señor tendrá cuidado de ti mientras tanto.

¡Delicioso! Pero sin una sola palabra que se sostenga a la luz de la crítica y de la historia. Esos heraldos que pregonan por todo el país, esos cayados de los que salen palomas (en otras versiones simplemente la madera seca florece de repente) que se posan en la cabeza del elegido. Estamos en el reino de las hadas.

No menos curioso es el apócrifo titulado «Historia de José, el carpintero» y que data del siglo VI o VII. Esta vez el escritor, egipcio probablemente, nos cuenta nada menos que toda la vida de José... narrada por Jesús a sus discípulos en el huerto de los Olivos. En él se nos dice que José tuvo de su primer matrimonio cuatro hijos y dos hijas (y hasta se nos dan sus nombres: Judas, Justo, Jacobo, Simeón, Assia y Lidia) y que, viudo, tras 49 años de convivencia con su primera esposa, recibió a María, de 12 años, como si fuera una hija más. El apócrifo se extiende esta vez, sobre todo, en la muerte de José:

Pasaron los años y envejeció. Sin embargo no padecía ninguna enfermedad. Conservaba la luz de sus ojos y no perdió ni un diente de su boca. También conservó siempre la vitalidad de su espíritu. Trabajaba como un joven en la plenitud de su vigor, y sus miembros estaban sanos. Viviré durante ciento once años.

Pero un día le llegó la hora de morir. Era -dice el escritor- el 26 de abril. El detalle nos muestra el sentido de todo el escrito: su autor quiere defender una fecha concreta para la celebración de la fiesta de san José. Pero, una vez puesto a demostrarlo, rodea de ternísimos detalles -siempre en la boca de Cristo la muerte del anciano:

Yo me senté a sus pies y le contemplaba. Tuve sus manos entre las mías durante toda una hora. Dirigió hacia mi su rostro y me indicó que no le abandonara. Acto seguido puse mi mano sobre su pecho y me di cuenta de que su alma iba en seguida a dejar su morada...

Vinieron entonces Miguel y Gabriel, recibieron el alma de mi padre José y la cubrieron de luminosos vestidos. Le cerré los ojos con mis propias manos y cerré su boca. Y dije a José: «No te invadirá ningún olor a cadáver ni saldrá de tu cuerpo gusano alguno. Nada de tu cuerpo se corromperá, padre mío, sino que permanecerá integro e incorruptible hasta el ágape milenario.

El silencio respetuoso del evangelio

La fábula es hermosa, pero tendremos que olvidarla para tratar de acercarnos a la realidad. Y la realidad es que el evangelio -en expresión de Rops- rodea su figura de sombra, de humildad y de silencio: se le adivina, más que se le ve. Nada sabemos de su patria. Algunos exegetas se inclinan a señalar Belén. Otros prefieren Nazaret. De Belén descendían posiblemente sus antepasados.

Nada sabemos tampoco de su edad. Los pintores, siguiendo a la leyenda, le prefieren adulto o anciano. Un especialista como Franz Jantsch sitúa a José, a la hora de su matrimonio, entre los 40 ó 50 años, aun rechazando la idea de la ancianidad. Pero dada la brevedad de la vida en aquel siglo y aquel país, los cuarenta o cincuenta hubieran sido una verdadera ancianidad.

Al otro extremo se va Jim Bishop que pone a José con 19 años. Lo más probable es que tuviera algunos años más que María y que se desposara con ella en torno a los 25, edad muy corriente para los jóvenes que se casaban en aquel tiempo.

¿Era realmente carpintero? Otra vez la oscuridad. La palabra griega tecton habría que traducirla, en rigor, como «artesano», sin mayores especificaciones. A favor de un trabajo de carpintería estaría la antigüedad de la tradición (san Justino nos dice que construía yugos y arados, y en la misma linea escriben Orígenes, san Efrén y san Juan Damasceno) y el hecho de que ningún apócrifo le atribuya jamás otro oficio. Hasta la edad media no aparecen los autores que le dicen herrero (san Isidoro de Sevilla entre otros). Pero ninguna prueba decisiva señala con precisión el oficio de José.

Algo puede aclararnos el hecho de que en la época de Cristo en Palestina escaseaba la madera. No había sino los famosos cedros, que eran pocos y propiedad de ricos, palmeras, higueras y otros frutales. Como consecuencia muy pocas cosas eran entonces de madera. Concretamente, en Nazaret las casas o eran simples cuevas excavadas en la roca o edificaciones construidas con cubos de la piedra caliza típica del lugar (tan blanda que se cortaba con sierras). En los edificios la madera se reducía a las puertas y muchas casas no tenían otra puerta que una gruesa cortina.

No debía, pues, ser mucho el trabajo para un carpintero en un pueblo de no más de cincuenta familias. Preparar o reparar aperos de labranza o construir rústicos carros. Los muebles apenas existían en una civilización en que el suelo era la silla más corriente y cualquier piedra redonda la única mesa. Evidentemente la carpintería no era un gran negocio en el Nazaret de entonces.

Habría que empezar a pensar que la verdadera profesión de José era lo que actualmente denominaríamos «sus chapuzas». Todo hace pensar que sus trabajos eran encargos eventuales que consistían en reparar hoy un tejado, mañana en arreglar un carro, pasado en recomponer un yugo o un arado. Sólo dos cosas son ciertas: que trabajaba humildemente para ganarse la vida y que se la ganaba más bien mal que bien.

Su matrimonio con María

Este es el hombre que Dios elige para casarse con la madre del Esperado. Y lo primero que el evangelista nos dice es que María estaba desposada con él y que antes de que conviviesen (Mt 1, 18) ella apareció en estado. Nos encontramos ya aquí con la primera sorpresa: ¿Cómo es que estando desposada no habían comenzado a convivir? Tendremos que acudir a las costumbres de la época para aclarar el problema.

El matrimonio en la Palestina de aquel tiempo se celebraba en dos etapas: el «quiddushin» o compromiso y el «nissuin» o matrimonio propiamente tal. Como es habitual en muchos pueblos orientales son los padres o tutores quienes eligen esposo a la esposa y quienes conciertan el matrimonio sin que la voluntad de los contrayentes intervenga apenas para nada. María y José se conocerían sin duda (todos se conocen en un pueblecito de cincuenta casas) pero apenas intervinieron en el negocio. Y uso la palabra «negocio» porque es lo que estos tratos matrimoniales parecían. Los padres o tutores de los futuros desposados entablaban contactos, discutían, regateaban, acordaban. Ambas familias procuraban sacar lo más posible para el futuro de sus hijos.

Pero no parece que en este caso hubiera mucho que discutir. José pudo aportar sus dos manos jóvenes y, tal vez como máximo, sus aperos de trabajo. María -aparte de su pureza y su alegría- pondría, como máximo, algunas ropas y muebles o útiles domésticos. Los tratos preliminares concluían con la ceremonia de los desposorios que se celebraba en la casa de la novia. Amigos y vecinos servían de testigos de este compromiso que, en rigor, tenia toda la solidez jurídica de un verdadero matrimonio. «He aquí que tú eres mi prometida» decía el hombre a la mujer, mientras deslizaba en su mano la moneda que simbolizaba las arras. «He aquí que tú eres mi prometido» respondía la mujer, que pasaba a ser esposa de pleno derecho. Con el nombre de «esposa de fulano» se la conocía desde entonces. Y, si el novio moría antes de realizarse el verdadero matrimonio, recibía el nombre de «viuda». La separación sólo con un complicado divorcio podía realizarse. Los desposorios eran, pues, un verdadero matrimonio. Tras ellos podían tener los novios relaciones intimas y el fruto de estas relaciones no era considerado ilegitimo, si bien en Galilea la costumbre era la de mantener la pureza hasta el contrato final del matrimonio.

Este solía realizarse un año después y era una hermosa fiesta. Un miércoles -día equidistante entre dos sábados- el novio se dirigía, a la calda de la tarde, hacia la casa de su prometida, llevando del ronzal un borriquillo ricamente enjaezado. Las gentes se asomaban a las puertas y, en las grandes ciudades, se agolpaban en las ventanas. En su casa esperaba la novia rodeada de sus amigas, todas con sus lámparas encendidas. La novia vestía de púrpura, ajustado el vestido con el cinturón nupcial que la víspera le habla regalado el novio. Perfumada con ungüentos preciosos, lucia la muchacha todas sus joyas: brazaletes de oro y plata en muñecas y tobillos, pendientes preciosos. La mujer recibía al hombre con los ojos bajos. Este la acomodaba sobre el asno que luego conducirla de la brida. En el camino grupos de niños arrojaban flores sobre los desposados. Sonaban flautas y timbales y, sobre las cabezas de los novios, los amigos agitaban arcos de palmas y ramos de olivo. Cantaba por la calle la novia. En sus cantos hablaba a sus amigas de su felicidad. El cortejo y los amigos del esposo cantaban también, elogiando las virtudes de los desposados. Ya en la casa del novio, un sacerdote o un anciano leía los textos que hablaban de los amores de Sara y Tobías. Y el vino completaba la alegría de todos.

María y José, en el silencio de Dios

María y José vivieron sin duda todas estas ceremonias. Pero, para ellos, entre la primera y la segunda, ocurrió algo que trastornó sus vidas y que dio un especialísimo sentido a este matrimonio. María y José iban a cruzar ese tremendo desierto que los modernos llamamos «el silencio de Dios». Son esos «baches» del alma en los que parece que todo se hundiera. Miramos a derecha e izquierda y sólo vemos mal e injusticia. Salimos fuera de nuestras almas y contemplamos un mundo que se destruye, las guerras que no cesan, los millones de hambrientos. Incluso en el mundo del espíritu no vemos sino vacilación. Ni la propia Iglesia parece segura de si misma.

Nos volvemos, entonces, a Dios y nos encontramos con un muro de silencio. ¿Por qué Dios no habla? ¿Por qué se calla? ¿Por qué nos niega la explicación a que tenemos derecho? Hemos dedicado a él lo mejor de nuestra vida, creemos tener la conciencia tranquila... ¡Mereceríamos una respuesta! Pero él permanece callado, horas y horas, días y días.

Alguien nos recuerda, entonces, la frase del libro de Tobías: Porque eras grato a Dios, era preciso que la tentación te probara (Tob 2, 12) ¿Por ser grato a Dios? ¿Precisamente por serle grato? La paradoja es tan grande que nos parece un bello consuelo sin sentido. Pero es el único que nos llega, porque Dios continúa callado, sin concedernos esa palabra suya que lo aclararía todo.

Dios niega este consuelo a sus mejores amigos escribe Moeller y la Biblia lo testimonia largamente. Todos, todos han pasado alguna vez por ese amargo desierto del «silencio de Dios». Es lo que ahora van a vivir María y José.

Ella habla partido hacia Ain Karim a mitad del año entre la ceremonia de los desposorios y el matrimonio propiamente tal. Había pedido permiso a José para ausentarse, pero no había dado demasiadas explicaciones. Tampoco José las había pedido: era natural que le gustara pasar unas semanas con su prima y mucho más si sabia o sospechaba que Isabel esperaba un niño.

Algo más extraña resultó la vuelta precipitada de María. Aunque los exegetas no están de acuerdo. los textos evangélicos parecen insinuar que volvió a Nazaret faltando algunos días o semanas para el nacimiento de Juan. Al menos, nada dicen de una presencia de María en los días del alumbramiento. ¿A qué vienen ahora estas prisas? ¿No era normal que acompañase a su prima precisamente en los días en que más podía necesitarla?

Esta prisa obliga a pensar que o faltaba poco tiempo para la ceremonia del matrimonio de María o, más probablemente, que los síntomas de la maternidad empezaban a ser ya claros en ella y no quiso que José se enterase de la noticia estando ella fuera.

Regresó, pues, a Nazaret y esperó, esperó en silencio. No parece en absoluto verosímil que María contase como apunta Bishop su estado a José. Los evangelios insinúan un silencio absoluto de María. San Juan Crisóstomo en una homilía de prodigioso análisis psicológico trata de investigar el por qué de este silencio:

Ella estaba segura de que su esposo no hubiera podido creerla si le contara un hecho tan extraño. Temía, incluso, excitar su cólera al dar la impresión de que ella trataba de cubrir una falta cometida. Si la Virgen había experimentado una extrañeza bien humana al preguntar cómo ocurriría lo que anunciaba el ángel, al no conocer ella varón, cuánto más habría dudado José, sobre todo si conocía esto de labios de una mujer, que por el mismo hecho de contarlo, se convertía en sospechosa.

No, era algo demasiado delicado para hablar de ello. Además ¿qué pruebas podía aportar María de aquel misterio que llenaba su seno sin intervención de varón? Se calló y esperó. Esta había sido su táctica en el caso de Isabel y Dios se habla anticipado a dar las explicaciones necesarias. También esta vez lo haría. Seguía siendo asunto suyo.

 


 

La noche oscura de José

¿Cómo conoció José el embarazo de María? Tampoco lo sabemos. Lo más probable es que no lo notara al principio. Los hombres suelen ser bastante despistados en estas cosas. Lo verosímil es pensar que la noticia comenzó a correrse entre las mujeres de Nazaret y que algunas de ellas, entre pícara e irónica, felicitó a José porque iba a ser padre.

Ya hemos señalado que nadie pudo ver un pecado en este quedar embarazada María -de quien ya era su marido legal, pensarían todos- antes de la ceremonia matrimonial. No era lo más correcto, pero tampoco era un adulterio. Nadie se rasgaría, pues, las vestiduras, pero no faltarían los comentarios picantes. En un pueblo diminuto, el embarazo de María era una noticia enorme y durante días no se hablaría de otra cosa en sus cincuenta casas. Para José, que sabía que entre él y María no había existido contacto carnal alguno, la noticia tuvo que ser una catástrofe interior. Al principio no pudo creerlo, pero luego los signos de la maternidad próxima empezaron a ser evidentes. No reaccionó con cólera, sino con un total desconcierto. La reacción normal en estos casos es el estallido de los celos. Pero José no conocía esta pasión que los libros sagrados describen implacable y dura como el infierno. El celoso -decía el libro de los Proverbios- es un ser furioso. no perdonará hasta el día de la venganza (Prov 6, 34).

En José no hay ni sombra de deseos de venganza. Sólo anonadamiento. No puede creer, no quiere creer lo que ven sus ojos. ¿Creyó José en la culpabilidad de su esposa? San Agustín, con simple realismo, dice que sí: la juzgó adúltera. En la misma línea se sitúan no pocos padres de la Iglesia y algunos biógrafos. Pero la reacción posterior de José está tan llena de ternura que no parece admitir ese pensamiento.

Lo más probable es que José pensara que María había sido violada durante aquel viaje a Ain Karim. Probablemente se echó a sí mismo la culpa por no haberla acompañado. Viajar en aquellos tiempos era siempre peligroso. Los caminos estaban llenos de bandoleros y cualquier pandilla de desalmados podía haber forzado a su pequeña esposa. Esto explicaría mucho mejor el silencio en que ella se encerraba. Por otro lado, la misteriosa serenidad de María le desconcertaba: no hubiera estado así de haber sido culpable su embarazo, se hubiera precipitado a tejer complicadas historias. El no defenderse era su mejor defensa.

¿Pudo sospechar José que aquel embarazo viniera de Dios? Algunos historiadores así lo afirman y no falta quien crea que esta sospecha es lo que hacía temblar a José que, por humildad, no se habría atrevido a vivir con la madre del futuro Mesías. La explicación es piadosa pero carece de toda verosimilitud. Las profecías que hablaban de que el Mesías nacería de una virgen no estaban muy difundidas en aquella época y la palabra «almah» que usa el profeta Isaías se interpretaba entonces simplemente como «doncella». Por lo demás, ¿cómo podía imaginar José una venida de Dios tan sencilla? Lo más probable es que tal hipótesis no pasara siquiera por la imaginación de José antes de la nueva aparición del ángel. Sobre todo habiendo, como había, explicaciones tan sencillas y normales como la violación en el camino de Ain Karim.

Pero el problema para José era grave. Es evidente que él amaba a María y que la amaba con un amor a la vez sobrenatural y humano. Tenemos un corazón para todos los usos, ha escrito Cabodevilla. Si la quería, no le resultaba difícil perdonarla y comprenderla. Un hombre de pueblo comprende y perdona mucho mejor que los refinados intelectuales. La primera reacción de José tuvo que ser la de callarse. Si María había sido violada bastante problema tendría la pobrecilla para que él no la ayudara a soportarlo.

Mas esta solución tampoco era simple. José, dice el evangelista, era «justo» (Mt 1, 19). Esta palabra en los evangelios tiene siempre un sentido: cumplidor estricto de la ley. Y la ley mandaba denunciar a la adúltera. Y, aun cuando ella no fuera culpable, José no podía dar a la estirpe de David un hijo ilegítimo. Y el que María esperaba ciertamente parecía serlo.

Si José callaba y aceptaba este niño como si fuera suyo, violaba la ley y esto atraería castigos sobre su casa, sobre la misma María a quien trataba de proteger. Este era el «temor» del que luego le tranquilizaría el ángel.

Pero, si él no reconocía este niño como suyo, el problema se multiplicaba. María tendría que ser juzgada públicamente de adulterio y probablemente sería condenada a la lapidación. Esta idea angustió a José. ¿Podría María probar su inocencia? Su serenidad parecía probar que era inocente, pero su silencio indicaba también que no tenía pruebas claras de esa inocencia. José sabía que los galileos de su época eran inflexibles en estas cosas. Quizá incluso había visto alguna lapidación en Nazaret, pueblo violento que un día querría despeñar a Jesús en el barranco de las afueras del pueblo. José se imaginaba ya a los mozos del pueblo arrastrando a María hasta aquel precipicio. Si ella se negaba a tirarse por él, sería empujada por la violencia. Luego la gente tomaría piedras. Si la muchacha se movía después de la caída, con sus piedras la rematarían. Dejarían luego su cuerpo allí, para pasto de las aves de rapiña.

No podía tomarla, pues. Denunciarla públicamente no quería. ¿Podría «abandonarla» en silencio? Entendida esta palabra «abandonarla» en sentido moderno, habría sido la solución más sencilla y la más coherente en un muchacho bueno y enamorado: un día desaparecería él del pueblo; todas las culpas recaerían sobre él; todos pensarían que él era un malvado que había abandonado a María embarazada. Así, nadie sospecharía de ella, ni del niño que iba a venir. Pero ni este tipo de abandonos eran frecuentes entonces, ni la palabra «abandonar» que usa el evangelista tiene ese sentido. En lenguaje bíblico «abandonar» era dar un libelo legal de repudio. Probablemente, pues, era esto lo que proyectaba José: daría un libelo de repudio a María, pero en él no aclararía la causa de su abandono. De todos modos tampoco era sencilla esta solución y no terminaba de decidirse a hacerlo.

¿Cuánto duró esta angustia? Días probablemente. Días terribles para él, pero aún más para ella. ¡Dios no hablaba! ¡Dios no terminaba de hablar! Y a María no le asustaba tanto la decisión que José pudiera tomar, cuanto el dolor que le estaba causando. Ella también le quería. Fácilmente se imaginaba el infierno que él estaba pasando.

Y los dos callaban. Callaban y esperaban sumergidos en este desgarrador silencio de Dios. Su doble pureza hacia más hondas sus angustias. Seres abiertos a lo sobrenatural aceptaban esto de ser llevados de la mano por el Eterno. ¡Pero este caminar a ciegas! ¡Este verse él obligado a pensar lo que no quería pensar! ¡Este ver ella que Dios inundaba su alma para abandonarla después a su suerte! Difícilmente ha habido en la historia dolor más agudo y penetrante que el que estos dos muchachos sintieron entonces. ¡Y no poder consultar a nadie, no poder desahogarse con nadie! Callaban y esperaban. El silencio de Dios no seria eterno.

El misterio se aclara con un nuevo misterio

No lo fue. No habla llegado José a tomar una decisión cuando en sueños se le apareció un ángel del Señor (Mt 1, 20). En sueños: si el evangelista estuviera inventando una fábula habría rodeado esta aparición de más escenografía. No hubiera elegido una forma tan simple, que se presta a que fáciles racionalismos hicieran ver a José como un soñador. Pero Dios no usa siempre caminos extraordinarios. En el antiguo testamento era frecuente esta acción de Dios a través del sueño. Entre sueños, con visiones nocturnas -decía el libro de Job- abre Dios a los hombres los oídos y los instruye y corrige (Job 4, 13). Era además un sueño preñado de realidad. Difícilmente se puede decir más de lo que el ángel encierra en su corto mensaje. Comienza por saludar a José como «hijo de David» (Mt 1, 20), como indicándole que cuanto va a decirle le afecta no sólo como persona, sino como miembro de toda una familia que en Jesús queda dignificada. Pasa después a demostrar a José que conoce todo cuanto estos días está pasando: No temas en recibir a María (Mt 1, 20). Dirige sus palabras al «justo», al cumplidor de la ley. No temas, al recibir a María no recibes a una adúltera, no violas ley alguna. Puedes recibir a María que es «tu esposa» y que es digna de serlo pues lo concebido en ella es obra del Espíritu santo. Son palabras gemelas a las que usara con María. Y contenían lo suficiente para tranquilizar a José. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. (Mt 1, 21). El mensaje se dirige ahora a José. como diciéndole: aunque tú no serás su padre según la carne, ejercerás sobre él los verdaderos derechos del padre. simbolizados para los hebreos en esta función de ponerle nombre. El nombre tiene en el mundo bíblico mucha mayor importancia que entre nosotros. Casi siempre posee un sentido que trata de definir la vida de quien lo lleva. Y el cambio de nombre adquiere siempre en el antiguo testamento el doble sentido de una «elección» y de una especial «misión». El nombre es, en cierto modo, la primera revelación de Dios sobre el hombre.

Y el nombre que el ángel dice no carece de sentido, es un tesoro inagotable, comenta san Juan Crisóstomo. Se llamará Jesús (Ya-chúa, en hebreo) es decir: «Yahvé salva». Este nombre de «salvador» se aplica a Dios unas cien veces en el antiguo testamento. Dios es mi salvador, viviré lleno de confianza y no temeré (Is 12, 2). Cuán hermosos son los pies de aquel que pregona la salvación (Is 52, 7).

El ángel anuncia así que Jesús traerá lo que el hombre más necesita, lo que sólo Dios puede dar, lo más que Dios puede dar al hombre: la salvación. Salvación, en primer lugar, para su pueblo, para Israel. Habla el ángel a José de lo que mejor puede entender, de lo que más esperaba un judío de entonces. En su hijo se cumplirá aquello que anunciaba el salmo 130: Espera, oh Israel, en el Señor. Porque en el Señor hay misericordia y salvación abundante. El redimirá algún día a Israel de todas sus iniquidades.

Aún es más fecundo el mensaje del ángel: puntualiza en qué consistirá esa salvación. El pueblo -explica el comentario de san Juan Crisóstomo- no será salvado de sus enemigos visibles, ni de los bárbaros, sino de algo más importante. del pecado. Y esto nadie podía haberlo hecho antes de Jesús. Parece que el evangelista tuviera prisa por señalar el eje de la misión de Cristo, salvador, sí, de todos los males, liberador, si, del hombre entero, pero salvador de todo porque atacaría a la raíz de todo, a la última causa de todo mal: los pecados. No venia a dar una batalla directa contra el hambre en el mundo, ni contra la dominación romana, ni contra la divinización humana que incluía la cultura helenística. Venia a dar la batalla contra todo pecado que corrompe el interior del hombre, sabiendo, eso si, que en ella quedarían también incluidas la lucha contra el hambre, la opresión, la idolatría de la inteligencia. Venía a cambiar al hombre, sabiendo que, cuando el hombre fuera mejor, sería también más feliz.

El ángel ha concluido ya su mensaje. Pero el evangelista aún tiene algo que añadir. Mateo se ha propuesto como fin fundamental de su evangelio mostrar a sus contemporáneos cómo se realizan en Cristo todas las profecías que anunciaban al Mesías y aquí nos señala cómo en este misterioso nacimiento se realizan las palabras de Isaías: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo... (Mt 1, 23). Estas palabras que son tan importantes para nosotros, no lo eran tanto para los contemporáneos y antecesores de Cristo, por la simple razón de que no lograban entenderlas. Las escuelas judías apenas comentaban este oráculo y no solían referirlas al Mesías. Esperaban la venida de este enviado revestido de poder y de majestad: mal podían imaginarle a través de un bebé que nace de un ser humano. Pensaban en la llegada de un vencedor adulto, nadie hablaba de su posible nacimiento. Menos aun podían intuir un nacimiento virginal y misterioso. La palabra que nosotros traducimos por «Virgen» (almah, en hebreo) la traducían simplemente por «doncella», «jovencita». Sólo José aquella noche comenzó a vislumbrar el sentido de esa palabra y entendió que a él se le aclaraba el rompecabezas de su espíritu. Ahora todo cuadraba: la pureza incuestionable de su esposa, la misteriosa serenidad de ella, su vocación personal. Ahora supo por qué quería a María y, al mismo tiempo, no la deseaba; por qué su cariño era casi sólo respeto. Entendía cómo podían unirse ideas tan opuestas como «virginidad» y «maternidad»; cómo él podía ser padre sin serlo, cómo aquel terrible dolor suyo de la víspera había sido maravillosamente fecundo.

¿Temió, por un momento, que todo hubiera sido un sueño, una «salida» que se buscaba su subconsciente para resolver el problema? Tal vez sí lo temió. Pero, cuanto más reflexionaba, mas se daba cuenta de que aquello sólo podía ser obra de Dios. ¿Cómo iba a haber inventado él aquel prodigio de un embarazo obrado por Dios que, despierto, ni hubiera podido pasar por su imaginación? Una idea así le hubiera parecido una blasfemia. Pero ahora veía que era posible. Que no sólo era posible, sino que en ella se realizaban las profecías que antes no había podido comprender. No, no era un sueño.

Sintió deseos de correr y abrazar a María. Lo hizo apenas fue de día. Y a ella le bastó ver su cara para comprender que Dios había hablado a José como antes lo había hecho con Isabel. Ahora podían hablar ya claramente, confrontar sus «historias de ángeles», ver que todo cuadraba, «entender» sus vidas, asustarse de lo que se les pedía y sentir la infinita felicidad de que se les pidiese. Comprendían su doble amor virginal y veían que esta virginidad en nada disminuía su verdadero amor. Nunca hubo dos novios más felices que María y José paseando aquel día bajo el sol.

Un destino cambiado

Pero no sólo alegría. También miedo y desconcierto. Cuando José volvió a quedarse solo comenzó a sentir algo que sólo podía definirse con la palabra «vértigo». Sí, habían pasado los dolores y las angustias, se había aclarado el problema de María, pero ahora descubría que todo su destino había sido cambiado. El humilde carpintero, el muchacho simple que hasta entonces había sido, acababa de morir. Nacía un nuevo hombre con un destino hondísimo.

Como antes María, descubría ahora José que embarcarse en la lancha de Dios es adentrarse en su llamarada y sufrir su quemadura. Tuvo miedo y debió de pensar que hubiera sido mas sencillo si todo esto hubiera ocurrido en la casa de enfrente. Un poeta -J. M. Valverde- ha pintado minuciosamente lo que José debió de sentir aquella tarde, cuando se volvió a quedar solo:

¿Por qué hube de ser yo? Como un torrente 
de cielo roto, Dios se me caía 
encima: gloria dura, enorme, haciéndome 
mi mundo ajeno y cruel: mi prometida 
blanca y callada, de repente oscura 
vuelta hacia su secreto, hasta que el ángel 
en nívea pesadilla de relámpagos, 
me lo vino a anunciar:
el gran destino 
que tan bello sería haber mirado 
venir por otra calle de la aldea...


¿Y quién no preferiría un pequeño destino hermoso a ese terrible que pone la vida en carne viva? Todos los viejos sueños de José quedaban rotos e inservibles.

Nunca soñé con tanto. Me bastaban 
mis días de martillo, y los olores 
de madera y serrín, y mi María 
tintineando al fondo en sus cacharros.
Y si un día el Mesías levantaba 
como un viento el país, yo habría estado 
entre todos los suyos, para lucha 
oscura o para súbdito. Y en cambio 
como un trozo de monte desprendido 
el Señor por mi casa, y aplastada 
en demasiada dicha mi pequeña 
calma, mi otra manera de aguardarse.


Pero aún había más: la venida del Dios tonante ni siquiera era tonante en lo exterior. Dios estaba ya en el seno de María y fuera no se notaba nada. Solamente -dirá el mismo poeta- más la sobre María, más lejano el fondo de sus ojos. Sólo eso, ni truenos en el aire, ni ángeles en la altura. El trabajo seguía siendo escaso, los callos crecían en las manos, el tiempo rodaba lentamente. Sólo su alma percibía el peso de aquel Dios grande y oscuro a la vez. «Quizá -pensó- cuando el niño nazca termine por aclararse todo».

 

Capítulo La sombra de José, tomado del libro "Vida y misterio de Jesús de Nazaret"  de J. L. Martín Descalzo. Ediciones Sígueme. Madrid- 1987.Págs. 99-111

San Giuseppe, Maestro dell´Amore

 

 

 

 

Il Vangelo di s. Matteo ci presenta, in cinque o sei versetti il più grande dramma d’amore.

Giuseppe e Maria sono premessi sposi, questo implica per un giudeo un legame definitivo. Se la fidanzata non fosse fedele sarà lapidata per adulterio. Maria è incinta e aspetta la nascita del suo figlio Gesù. Lei porta nel suo grembo questa Vita infinita cui mistero resta nascosto nella sua fede e del quale Giuseppe ignora assolutamente tutto. È in questo momento che le nozze si dovrebbero compiere, quando la sposa, secondo l’usanza, entra nella casa dello sposo per sempre.

È alla fine di questo cammino che Giuseppe scopre la situazione per lui totalmente incomprensibile. Come spiegare questo fatto? Lui sa, lui sente, lui è convinto che Maria è innocente. Accaso un altro uomo può aver messo mano su questo tesoro ed essere stato capace di profanare il tempio di Dio. Cos’è successo? Lui potrebbe chiedere, domandare, investigare… Ma questo è impossibile per la delicatezza del suo amore. Qualsiasi domanda sembrerebbe una mancanza di fiducia, chiedere sarebbe una breccia a questo amore unico, che è stato sigillato sotto lo sguardo di Dio.

Cosa fare? È necessario salvaguardare Maria e soprattutto non esporla al disonore. Così Giuseppe è deciso per il silenzio. Non farà nessuna domanda a Maria e la riporterà in segreto alla sua famiglia per non oltraggiarla. E, naturalmente Maria sa questo dramma, Lei lo vive doppiamente, in se stessa e per Giuseppe. Lei conosce questa situazione interiore di Giuseppe, comprende il suo dolore intuisce la motivazione di Giuseppe che gli impedisce di parlare.

Lei potrebbe parlare, però non! Giustamente lei non può, perché quello che in lei avene, è segreto di Dio. È Dio che l’ha scelta per questo disegno unico. È Dio che provvederà per custodire questo segreto che non appartiene a lei e lei deve lasciarsi interamente nelle mani di Dio.

Nonostante ciò, lei ha bisogno d’essere protetta da Giuseppe, giacche secondo la legge sarebbe giudicata per adulterio se separata dal suo fidanzato. Cosa fare? Se è stato Dio che l’ha scelta e lei che si ha consegnata nelle sue mani, povera com’è, rivolta interamente verso Dio, malgrado il suo dolore, il dolore di Giuseppe, nonostante la separazione che la può esporre alla diffamazione, anche lei si rifugia nel silenzio assoluto.

È in questo immenso dramma di questi due esseri che si amano con un amore unico, che sono capaci di silenzio, che dà a questo dramma una dimensione unica e incommensurabile. Questi due silenzi che circolano l’uno nell’altro, che sono così fragili l’uno nell’altro e cui dischiudersi solo Dio conosce. Questo dischiudersi avverrà soltanto quando Giuseppe stando a dormire prima della decisione definitiva di separarsi dalla sua promessa sposa alla quale ama con un amore unico, che rispetta e cui mistero rimane incomprensibile.

È in questo momento dove il sogno liberatore lo illuminerà: “Giuseppe non temere di prendere con te Maria, tua sposa, perché quel che è generato in lei viene dallo Spirito Santo”.

Allora Giuseppe si desterà dal sonno e porterà con se Maria. Così loro due si incontreranno dopo attraversare questo abisso di povertà dove rinunciarono l’uno all’altro in Dio e per Dio, loro si incontreranno uniti per tutta l’eternità, uniti in questo bambino meraviglioso, che consacra la verginità di Giuseppe e di Maria.

Giuseppe sarà canonizzato un giorno nella forma più commovente. Questa avverrà nel Tempio di Gerusalemme, dove Maria dirà a Gesù: “Tuo padre ed io, angosciati, ti cercavamo?”

È la più bella canonizzazione: “Tuo padre ed io”. Effettivamente Lui è padre alla sua maniera Lui è padre nel dono di se stesso.

E questo è sufficiente: Giuseppe è canonizzato. Lui morirà senza niente aver visto della vita pubblica di Gesù. Lui non sarà testimone dei miracoli, non starà ai piedi della croce, non vedrà il Risorto. Lui morirà dopo questa canonizzazione dove l’amore di Maria lo portò al grado supremo: “Tuo padre ed io”, e partirà senza niente aver visto nella notte luminosa della sua fede.

È impossibile non percepire la grandezza unica di questo personaggio che brilla nella santità del silenzio, che è la più alta rivelazione dell’amore unico che regna tra questi due sposi unici: Giuseppe e Maria.

 

Este artículo fue enviado a Ver y Creer por Catalina Jiménez

San José, el hombre al que Dios llamaba padre

 

 



San José es el esposo de María y padre adoptivo de Jesús. De esta fuente emana su dignidad, su santidad, su gloria. Es verdad que la dignidad de la Madre de Dios llega tan alto que no existe nada más sublime. Sin embargo, una vez que entre la Santísima Virgen y San José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda que él, más que cualquier otro, se aproximó de aquella altísima dignidad por la cual la Madre de Dios supera por mucho a todas las demás criaturas.

Hay ciertos hombres a lo largo de la Historia cuya grandeza ultrapasa cualquier leyenda y agota incluso la imaginación más fértil.

Hombres que parecen ser objeto de una especial predilección de un Dios complacido en adornar cuidadosamente sus almas con el brillo de las virtudes y de rarísimos dones. Hombres predestinados desde el nacimiento, cuya vida se desarrolla entre aventuras extraordinarias y asombrosas que favorecen el desempeño de su misión, o bien se levantan como escollos infranqueables, dando motivo a peripecias de confianza y audacia que hacen a sus personas todavía más admirables.

El Antiguo Testamento ofrece a cada paso narraciones de este género.

Nos arrebata el poder de Moisés, que con el simple gesto de levantar su bastón dividió las aguas del mar en dos gigantescas murallas líquidas; o la serena autoridad de Josué, que no titubeó en dar órdenes al sol para que detuviera su curso. Más adelante impresiona la fuerza de Sansón, que cargó en sus hombros las puertas de Gaza, o el celo abrasador del profeta Elías, que hizo cesar la lluvia durante tres años. A todos, la Providencia Divina les concedió el dominio sobre la naturaleza, esa fe que mueve montañas y las hace saltar como cabritos...Tales prodigios acentuaban el poder justiciero del Creador y, sobre todo, querían educar a una humanidad manchada con el pecado original y sobre la que aún no se habían derramado los beneficios de la Redención.

Una nueva economía de la gracia

Llegada la plenitud de los tiempos, las manifestaciones de la omnipotencia divina, lejos de menguar, alcanzaron un apogeo de profundidad y esplendor.

Pero en el Nuevo Testamento la grandeza muchas veces se esconde bajo el velo de una existencia humana común, algo que Dios permite para aumentar nuestros méritos y a crisolar nuestra fe.

El ejemplo paradigmático de esta nueva economía de la gracia lo ofrece un varón cuya vida transcurrió en la humildad y el silencio, pero que mereció oír de los labios del Hombre-Dios el dulce nombre de padre! Sin duda que Moisés, separando el mar en dos mitades, o Josué, haciendo detenerse el sol, dejaron una huella imborrable en las futuras generaciones. Pero, ¿quée s haber sujetado los elementos de la naturaleza, seres inanimados, comparado al honor supremo de ser obedecido por Aquel de quien canta el salmista: “Más que los bramidos de las aguas tumultuosas, más que los furores del mar, es magnífico el Señor en las alturas” (Sal 93, 4), y al que más tarde vio Malaquías cuando dijo: “Para vosotros, los que teméis mi Nombre, se alzará un sol de justicia que traerá en sus alas la salud” (Mal3, 20)? ¿Qué significa haber cargado las puertas de Gaza en comparación a la gloria de estrechar en los brazos al que dijo de sí mismo: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7)? ¿Cabe alguna comparación entre el profeta que detuvo la lluvia y el patriarca cuyas oraciones hicieron “que las nubes derramen la justicia” (cf. Is 45, 8)?

Una de las vocaciones más altas de la Historia

San José, el hombre justo por excelencia, glorioso esposo de María y padre legal del Hijo de Dios, es seguramente uno de los santos más venerados por la piedad popular; y, sin embargo, las referencias casi exclusivas que se hacen de él son “el carpintero de Nazaret” o “el patrono de los trabajadores”, títulos muy legítimos, por supuesto, pero también muy lejanos a expresar la santidad culminante que Dios quiso concederle. San José no será nunca debidamente conocido y venerado si nosotros, repitiendo en nuestra época la triste ceguera de los habitantes de Nazaret, lo consideramos solamente como el pobre carpintero de Galilea. Para no ser culpables de un error que bien cabría denominar “calumnia hagiográfica”, procuremos analizar la verdad sobre este varón destinado a una de las vocaciones más altas de Historia.

Dios siempre elige lo más hermoso

Dios Todopoderoso –para el que “nada es imposible” (Lc 1, 37) y que todo lo gobierna con sabiduría infinita– posee lo que pudiéramos llamar “su única limitante”: al crear no puede hacer nada que no sea bello y perfecto, o que no se destine a su gloria. Cuando determinó la Encarnación del Verbo desde la eternidad, el Padre quiso que la llegada de su Hijo al mundo estuviera revestida con la suprema pulcritud que conviene a Dios, no obstante los aspectos de pobreza y humildad a través de los cuales habría de mostrarse. Dispuso que naciera de una Virgen, concebida a su vez sin pecado original y reuniendo en sí misma las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad. Pero, para completar el cuadro, se imponía la presencia de alguien capaz de proyectar en la tierra la “sombra del Padre”. Fue la misión que Dios destinó a san José, el que bien merece las palabras dichas por la Escritura sobre su ancestro David: “El Señor se ha buscado un hombre según su corazón” (1 Sam13, 14).

Varón justo por excelencia

Tomando en cuenta el axioma latino nemo summus fit repente (“nada grande se hacede repente”) y aquella certera frase de Napoleón, “la educación de un niño empieza cien años antes de nacer”, es probable que en vista de su misión y de su rol como educador del Niño Dios, José haya sido santificado en el claustro materno al igual que san Juan Bautista en el vientre de santa Isabel; una tesis defendida por muchos autores y que puede sintetizarse en las palabras de san Bernardino de Siena: “Siempre que la gracia divina elige a alguien para un favor especial o para algún estado elevado, le concede todos los dones necesarios para su misión; dones que lo adornan abundantemente”.

El Evangelio traza la alabanza de José en una sola y breve frase: era justo. Talelogio, a primera vista de un laconismo desconcertante, no es nada mediocre. El adjetivo “justo”, en lenguaje bíblico, designa la reunión de todas las virtudes. El Antiguo Testamento llama justo al mismo que la Iglesia concede el título de santo: justicia y santidad expresan la misma realidad.

El mismo silencio de las Escrituras a su respecto revela una faceta primordial de su perfección: la contemplación. San José es el modelo del alma contemplativa, más ansiosa de pensar que de actuar, aunque su oficio de carpintero le hiciera consagrar bastante tiempo al trabajo. Vemos realizada en él la enseñanza de santo Tomás: la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona.

Al serrar la madera, fabricar un mueble o un arado, José conservaba siempre su espíritu orientado al aspecto más sublime de las cosas, considerándolo todo bajo el prisma de Dios. Sus gestos reflejaban la seriedad y la altísima intención con que siempre actuaba, y esto contribuía a la excelencia de los trabajos ejecutados.

Su humilde condición de trabajador manual no le quitaba su nobleza, antes bien, reunía admirablemente ambas clases sociales. Como legítimo heredero del trono de David, mostraba en su porte y semblante la distinción y donaire propios de un príncipe, pero a ellos añadía una alegre sencillez decarácter. Más que la nobleza de la sangre, le importaba aquella otra que se alcanza con el brillo de la virtud; y esta última la poseía ampliamente.

Sin embargo, la Providencia lo destinaba al honor más alto que pueda recibir una criatura concebida en pecado original, colocándole en desproporción con el resto de los hombres. San Gregorio Nacianceno dice: “El Señor conjugó en José, como en un sol, todo cuanto los demás santos reunidos tienen de luz y esplendor”.

Todas las glorias se acumulaban en este varón incomparable, cuya existencia terrena avanzó en una sublimidad ignorada por sus conocidos y compatriotas, en silencio y oscuridad casi totales.

Admirable consonancia entre dos almas vírgenes

En el Antiguo Testamento la virginidad no gozaba del prestigio quellegó a disfrutar en la era cristiana; muy al contrario, el que no formaba familia o estaba impedido de tener hijos era considerado un maldito de Dios. “La espera del Mesías dominaba los espíritus a tal grado, que despreciar el matrimonio equivalía a una deshonrosa negativa de cooperar en la venida de Aquel que debía restaurar el reino de Israel” 1. De acuerdo a la opinión generalizada, José, llevado por una especial moción del Espíritu Santo, tomó la decisión de permanecer virgen toda la vida, pero, evitando individualizarse al contrariar las costumbres de su tiempo, se resignó a tomar esposa convencido de que el mismo Señor que había inspirado el buen propósito, lo ayudaría a llevarlo a cabo.

Así fue como, cediendo a las exigencias sociales, decidió pedir la mano de María, a la cual probablemente conocía dado que ambos pertenecían a la misma tribu y habitaban en la misma aldea. Todo indica que para entonces los padres de María habían fallecido y ella vivía bajo la tutela de algún pariente. Sin consultarla opinión de la joven, su tutor simplemente le comunicó que había aceptado la petición de un pretendiente para convertirse en su marido.

Se sabe que María había consagrado su virginidad al Señor desde la infancia.

No obstante, acostumbrada a obedecer, se inclinó ante la decisión de sus parientes tomándola como manifiesta voluntad de la Providencia.

Si algún recelo guardaba todavía, debió disiparse al saber que el elegido era José, el noble descendiente de la estirpe de David, en cuya alma había visto, con su aguzado don de discernimiento, las altísimas cualidades puestas por Dios.

María necesitaba dar a conocer a su novio el voto de virginidad antes de las nupcias; en caso contrario el enlace sería nulo. Lo hizo de forma seria y decidida, hablando con toda la sinceridad de su inocente corazón. José pensó estar oyendo una voz del Cielo y reconoció, emocionado, la mano de la Providencia atendiendo sus plegarias. Es imposible hacerse una idea del grado de concordia entre estas dos almas cuando se revelaron mutuamente sus más íntimos misterios. Desde aquel instante José se transformó en modelo perfecto del devoto de María Santísima.

Cabe pensar que desde ese primer encuentro, la gracia lo tocó de manera especial y lo hizo consagrarse como esclavo de amor a quien, más que esposa, ya consideraba Señora y Reina.

Proporcional con Jesús y María

El contrato matrimonial debía pactarse entre ambas familias.

Un punto al que se solía dar una escrupulosa importancia, sobre todo entre personas de noble linaje, era la igualdad de condiciones. Tanto María como José eran de la tribu de Judá y descendientes de David. Sin embargo, sobre ese matrimonio, más que cualquier requisito social, se cernía un designio divino. Para el cumplimiento de la voluntad del Altísimo, el esposo debía guardar proporción con la esposa, el padre con el hijo, a fin de sustentar con toda dignidad el honor de ser padre adoptivo de Dios. Y hubo un solo hombre creado y preparado para tal misión, con toda la altura para ejercerla: san José. Él era proporcional a Jesucristo y a María Santísima.

Para hacernos una idea exacta sobre la magnitud de su personalidad, debemos imaginarlo como una versión masculina de la Virgen María, el hombre dotado con la sabiduría, fortaleza y pureza necesarias para gobernar a las dos criaturas más excelsas que hayan salido de manos de Dios: la Humanidad santísima de Nuestro Señor y la Reina de ángeles y hombres.

En Israel los desposorios equivalían jurídicamente al matrimonio moderno.

A partir de dicha ceremonia –en la que el novio colocaba un anillo de oro en el dedo de su prometida diciendo: “Este es el anillo por el cual tú te unes a mí delante de Dios, según el rito de Moisés”– ambos pasaban a tener posesión mutua e irrevocable uno de otro, y a partir de entonces se consideraban esposos. No obstante, la cohabitación se retrasaba por un año, generalmente, para que la esposa tuviera tiempo de completar el ajuar y el marido de preparar la casa.

María y José, fieles cumplidores de la Ley, se atuvieron a todas estas formalidades.

Pero un secreto divino cubría su caso concreto, secreto que ninguno de los testigos del acto –parientes y amigos– llegó a sospechar. Ahí estaban “dos almas vírgenes que se prometían fidelidad mutua, fidelidad consistente en que ambos guardarían la virginidad” (2).

Mientras más sufre una persona, más digna de amor se hace

En el intervalo entre los desposorios y las bodas, María recibió la embajada del Arcángel Gabriel. El Evangelio de Mateo lo deja claro al afirmar: “Cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18). Sería superfluo extenderse en detalles sobre la Anunciación y la Encarnación del Verbo, episodios de sobra conocidos y comentados.

Hay un solo punto que debe quedar muy claro: pocos días después del acontecimiento, María se dirigió apresuradamente a la pequeña aldea de las montañas de Judá en donde vivían sus primos, Zacarías e Isabel.

Gran parte de los comentaristas defiende la idea de que José acompañó a su esposa en el viaje de ida y, pasados tres meses, fue a buscarla. Esta opinión parece bien fundada, puesto que la juventud de María y las dificultades de un penoso trayecto eran razones más que suficientes para movilizar la solicitud de un esposo fiel y diligente como era el suyo.

Tras el regreso a Nazaret, no tardó en percibir las primeras señales de gravidez de su desposada. Al comienzo se rehusó a admitirlo, creyéndose víctima de imaginaciones.

Pero con el paso de los días ya no pudo dudar ante la realidad que le entraba por los ojos: María llevaba un niño en su seno.

Fue el momento en que la tragedia se asomó en la vida de san José, mediante la prueba tal vez más terrible que una mera criatura humana haya enfrentado jamás, con la única excepción de María durante la Pasión de Cristo. Sin embargo, no era otra la voluntad del Niño que se formaba en las purísimas entrañas de la Virgen. Él quería que su nacimiento tuviera la impronta indeleble del dolor santamente aceptado, para enseñarnos que una persona, mientras más sufre, tanto más dignade amor se hace. Sometía a una dura prueba al mismo padre adoptivo que había elegido como imagen de su Padre celestial, dándole así la oportunidad de llevar su heroísmo hasta alturas inconcebibles. Al mismo tiempo, la virginidad de la Santísima Virgen se mostraba en su esplendor.

El héroe de la fe

El desconcierto de José no consistía, como pensaron algunos Padres antiguos, en dudar de la fidelidad de su esposa. Esta conjetura golpea nuestra piedad, puesto que desmerece la perfección eminente alcanzada por el santo Patriarca y, además, Dios no permitiría que el honor virginal de María fuera herida por una sospecha en el espíritu de José. El texto del Auctor imperfecti expresacon hermosas palabras su postura frente al hecho: “¡Oh inestimable alabanza de María! San José creía más en la castidad de su esposa que en lo que veían sus ojos; más en la gracia que en la naturaleza. Veía claramente que su esposa era madre y no podía creer que fuese adúltera; creyó que era más posible a una mujer concebir sin varón que María pudiera pecar” (3).

Su angustia se hacía más lacerante ante el resplandor de virtud en el rostro angelical de María. Por un lado, la evidencia le saltaba a los ojos y, por otro, consideraba impensable que esa criatura tan inocente hubiera cometido un pecado. Si la concepción de María era obra sobrenatural, ¿qué hacía él ahí? ¿No estaría ofendiendo a Dios al entrometerse en un misterio que le resultaba incomprensible y absolutamente divino? ¿No sería un intruso que obstaculizaba los planes de Dios? José no juzgó. Suspendió el juicio de la carne ante los inescrutables designios divinos. Sometió la razón humana a la fe inalterable y buscó una salida. Desde un comienzo descartó la idea de denunciarla, como lo exigía el Deuteronomio, tras lo cual la mujer debía sufrir la pena de lapidación. Una posibilidad que lo estremecía, convencido como estaba de la inocencia de María.

Existía también la opción del repudio: la Ley de Moisés permitía que el hombre expulsara a su mujer dándole el libelo de divorcio. Pero esta posibilidad le repelía, pues atentaría contra la reputación de la Virgen Santa. En una pequeña aldea donde todos se conocían, una actitud como ésa daría cabida a sospechassobre la conducta de María: ¿por qué motivo el marido la alejaba de repente? En el futuro, la Virgen llevaría siempre la marca de una mujer repudiada.

La solución encontrada por José no se hallaba en los libros de la Ley, pero salió de su corazón: “Resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1, 19). Actuando así salvaguardaba la fama de su esposa, que sería vista como una pobre joven abandonada por la crueldad de un hombre sin palabra. Toda la culpare caería sobre él.

En este paso de su vida, José reveló el brillo rutilante de su noble alma, su sabiduría y su humildad llevadas al grado heroico.

Le podríamos dedicar las palabras de un autor francés: “El héroe es un gran corazón que se ignora, un alma grande que se olvida de sí misma. [...] Todas las miserias de nuestra pobre naturaleza humana se concentran sobre ese egoísmo que convierte a cada uno encentro del universo. El héroe ha roto este círculo estrecho en donde todas las naturalezas, hasta las más dotadas, vegetan o languidecen. El “yo” que en algunos reina, en él permanece como esclavo la vida entera” (4).

Se olvidó por completo de sí mismo, prefiriendo desacreditarse ante la opinión pública antes que ver manchado el nombre de María.

Además, renunciaba a su propia felicidad: iba a dejar a María, el tesoro más grande de la tierra. Aquello era un sufrimiento inmenso, porque la vida con María representaba para él un verdadero Paraíso.

Había aprendido con ella lecciones excelsas de sabiduría y bondad en los gestos más simples; al contemplarla se sentía más cerca de Dios. ¡Ahora estaba obligado a sacrificar lo que más apreciaba en la vida! Sus días pasarían lejos, venerando un misterio que no había podido entender.

José maduró su decisión durante algunos días, decidido a llevarla acabo. Una brumosa noche sin luna encontró la ocasión favorable; preparó sus pobres pertenencias y se recostó para reunir fuerzas antes de la partida. Poco a poco, por una acción angelical, su corazón afligido se apaciguó, y se durmió profundamente.

Tal como sucedió con Abraham, el Señor había esperado el último momento para detener el golpe fatal. A mitad de la noche se apareció un ángel en sueños, anunciándole: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados” (Mt 1, 20-21).

“Los que siembran entre lágrimas, cosecharán con alegría” (Sal 125, 5)

Es imposible medir el regocijo de José al despertar. A poco de amanecer corrió al encuentro de su esposa. ¡Qué lleno se sentía de veneración y ternura, sentimientos que culminaban el ardoroso deseo de servirla! Ciertamente no dijo nada a María, pero la alegre expresión de su semblante era más elocuente que las palabras.

De rodillas adoró a Dios en el seno virginal de su Madre, primer tabernáculo en el que se había dignado habitar sobre la tierra. Un Dios que era también su hijo. La frase del ángel era clara en manifestar la autoridad que sela había otorgado sobre el fruto de su esposa: “un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús”.

Paternidad nueva, única y especial

La paternidad de san José sobre Cristo ha sido un tema muy debatido por los autores. Los títulos se multiplican: padre legal, padre putativo, padre nutricio, padre adoptivo, padre virginal...

Cada uno define aspectos parciales e incompletos, sin expresar por completo la paternidad de este varón excepcional. El P. Bonifacio Llamera, o.p., parece haber llegado a una conclusión satisfactoria: “La paternidad de san José en lo relativo a Jesús es ciertamente distinta acualquier otra paternidad natural, ya sea física o adoptiva. Es verdadera paternidad, pero muy singular. Se trata de una paternidad nueva, única y especial, puesto que no procede de la generación según la naturaleza, sino quese funda en un vínculo moral totalmente real.

Tan real es esta paternidad singular, como verdadero es el vínculo matrimonial entre María y José. (...) “La paternidad de san José, tan admirable como difícil de expresar enuna palabra, se halla confirmada y explicada por los Santos Padres y autores de obras sobre el santo patriarca, los cuales concentraron en tres vínculos principales la sutil realidad que une a san José con Jesús: el derecho, que es conyugal; la virginidad y la autoridad que adornan el misterio de san José” (5).

En la encíclica Quamquam Pluries, el Papa León XIII afirmó: “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro”"

Una criatura dando consejos al Creador...

¿Cuántas veces tuvo en brazos san José al Divino Infante? El día entero viviendo con el Niño Jesús, observándolo rezar, hablar, hacer todos los actos de su vida común...

En esa contemplación continua, para la que tenía un alma maravillosamente apta, recibía gracias extraordinarias y se dejaba moldear. A veces, el Niño se detenía frente a él para decirle: “Te pido un consejo: ¿cómo debo hacer tal cosa?” San José se conmovía, considerando que quien estaba pidiéndole un consejo ¡era el propio Hijo de Dios! Era el hombre al que la Providencia había dado los labios suficientemente puros y una humildad lo bastante grande para algo tan formidable: responder a Dios.

¡La criatura plasmada por las manos del Creador le daba consejos! Era el predestinado a ejercer una verdadera autoridad sobre la Santísima Virgen y el Niño Jesús, el privilegiado que alcanzó una altísima intimidad con Jesús y María, el bienaventurado a quien se otorgó la gracia de expirar entre los brazos de Dios, su Hijo, y de la Madre de Dios, su Esposa!

“Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono” (Ap 3, 21)

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).Si a lo largo de su existencia terrenal José fue el inseparable compañero de la Virgen María, compartiendo sus dolores y alegrías, es inconcebible que en la eternidad esa convivencia no haya llegado a su plenitud.

Pero, para que la vida en común sea perfecta, hace falta estar juntos y mirarse.

Razón que lleva a una fuerte corriente de teólogos a defender la tesis de que “sin la asunción gloriosa de José en cuerpo y alma, la Sagrada Familia reconstituida en el Cielo habría tenido una nota discordante en su exaltación y gloria” (6).

A ese respecto, San Francisco de Sales afirma: “Si es cierto lo que debemos creer, que en virtud del Santísimo Sacramento que recibimos nuestros cuerpos han de resucitar en el día del Juicio Final, ¿cómo podemos dudar de que Nuestro Señor haya hecho subir al Cielo, encuerpo y alma, al glorioso san José, el cual tuvo el honor y la gracia dellevarlo tantas veces en sus brazos benditos? No cabe duda, pues, que san José está en el Cielo en cuerpo y alma”.

Muerte de san José

Por haber fallecido en los brazos de Jesús y María, san José es el patrón de la buena muerte. Pues se juzga, y con razón, que nadie fue tan bien asistido como él en sus últimos momentos.

Casi se podría decir que por eso el término de su vida fue tan suave y consolador que de él estuvo ausente cualquier sufrimiento o angustia.

Mientras tanto, no podemos olvidar que para José ésta fue la suprema perplejidad de su existencia terrena. Pues, al fallecer, se separaba de la convivencia inefable con su virginal esposa y con Jesús, el Hijo de Dios. José partía para la Eternidad, dejando en la tierra su Cielo...

Que la consideración del ejemplo y de los preciosos dones concedidos por Dios al padre adoptivo de Jesús nos lleve a confiar en la poderosa intercesión de aquél a quien el propio Hijo de Dios obedeció: “Y Él les era sumiso” (Lc 2, 51).

“El ejemplo de san José — afirmó el Papa Benedicto XVI en la conmemoración de su fiesta litúrgica— es una fuerte invitación para todos nosotros a realizar con fidelidad, sencillez y modestia la tarea que la Providencia nos ha asignado. Pienso, ante todo, en los padres y en las madres de familia, y ruego para que aprecien siempre la belleza de una vida sencilla y laboriosa, cultivando con solicitud la relación conyugal y cumpliendo con entusiasmo la grande y difícil misión educativa. Que san José obtenga a los sacerdotes, que ejercen la paternidad con respecto a las comunidades eclesiales, amar a la Iglesia con afecto y entrega plena, y sostenga a las personas consagradas en su observancia gozosa y fiel de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

Que proteja a los trabajadores de todo el mundo, para que contribuyan con sus diferentes profesiones al progreso de toda la humanidad, y ayude a todos los cristianos a hacer con confianza y amor la voluntad de Dios, colaborando así al cumplimiento de la obra de salvación” 22.

Notas:

1) Michel Gasnier, José el silencioso, Quadrante, S. Paulo, 1995, p. 42.
2) Id., op. cit., p. 49.
3) Federico Suárez, José, el esposo de María, Ed. Prumo, Lisboa, 1986, p. 45.
4) Guy de Robien, L’idéal français dans un cœur breton, Plon, 1917.
5) Teología de San José, BAC, Madrid, 1953, pp. 53 ss.
6) Michel Gasnier, op. cit., p. 152.

 

Este artículo fue enviado a Ver y Creer por el P. José Ángel Fernández Martín

Muy grande, muy fuerte, muy silencioso y muy fiel

 

Nos reunimos el 19 de marzo para honrar la figura enorme de José de Nazaret. La Solemnidad de José, esposo de la Virgen María, siempre nos llega en medio de la cuaresma. Y tanto en la liturgia como en nuestras vidas es una fiesta alegre en medio de la austeridad reflexiva de la cuaresma. En muchos lugares de España, de Iberoamérica y del mundo es fiesta patronal. Y millones de cristianos celebran hoy su onomástica. Y también conmemoramos el Día del Padre, lo cual está muy bien. Además, para la mayoría de nosotros pensar en San José es pensar en Navidad, en la Sagrada Familia, en el Portal de Belén, en el Niño Jesús dormido en el pesebre. No es, pues, una fiesta que nos queda lejana o no la entendemos, bien. Aunque, tal vez, la hayamos endulzado demasiado con el azúcar sentimental que llevan las fiestas navideñas, lo cual, en serio, tampoco está mal.

Pero José de Nazaret, o José de Belén –que de ahí era su antepasado glorioso, el rey David--, es un personaje muy grande, muy fuerte, muy silencioso y muy fiel. Y, por supuesto, fundamental para la seguridad y el crecimiento de quien iba a llevar a cabo la Salvación: Nuestro Señor Jesús. Como Abrahán, obedeció siempre a Dios sin preguntar… Sus dificultades o las encrucijadas de su vida fueron muchas y graves. Pasó unos días terribles sabiendo que su joven esposa estaba embarazada y él no era el padre. Cualquiera puede hacerse idea de su gran turbación. Y su comportamiento ante ello –mientras persistía la duda—no pudo ser más hermoso y más de hombre cabal. Por el amor que tenía a María supo esperar, no condenarla así como así… Y recibió la ayuda del Señor.

En el camino hacia Belén, en la dificultad para encontrar un lugar digno para el parto de su mujer y el nacimiento del Niño supo hacer lo que tenía que hacer. Hay muchos expertos que señalan que no fue tanto que se les negara sitio en la posada de Belén, sino que allí no existía ni la suficiente intimidad, ni el más mínimo decoro para un parto. La realidad es que las posadas del Israel de entonces –lo cuenta muy bien Martín Descalzo en su biografía de Jesús—eran simplemente un cercado con altas pareces para evitar ataques, pero que allí, animales y personas de diferentes grupos y familias, estaban todos juntos. En el fondo, la cueva de Belén, refugio de pastores y animales trashumantes, era un lugar más adecuado. Y José tuvo que entender todo eso y buscar y preparar el sitio.

María y José conocían lo extraordinario del Nacimiento que iba a tener lugar. Nacía el Hijo del Altísimo. Y, obviamente, en el preludio, tal vez largo, antes del parto, la soledad de la joven pareja fue manifiesta. La corte de ángeles del cielo, que, razonablemente, debería acompañar como séquito al Hijo de Dios, no terminaba de aparecer. Los ángeles fueron a ver a unos sencillos pastores a quienes les dieron la Buena Nueva… Y, luego, eso sí, aparecieron unos Magos de Oriente, sin duda personajes impresionantes para la visión de gente sencilla, que depositaron regalos a los pies del Niño… Pero cuando todo parecía que iba a entenderse un poco más… un ángel vuelve a hablar con José y le dice que salga rápido y hacia Egipto, porque Herodes quiere matar a su Hijo adoptivo. Emigrar a Egipto con una mujer que acaba de dar a luz y con un Niño recién nacido no es empresa fácil. Y por supuesto los ángeles seguían sin aparecer, a pesar de los relatos de los apócrifos. Después, cuando el regreso del exilio, hubo que buscar acomodo distinto y comenzar de nuevo. Y ganarse la vida como pudo, con la maña que, sin duda, tenía José en sus manos. Pues no todos los expertos “certifican” que fuera carpintero, sino más bien un “arregla-todo, un manitas capaz de poner un tejado o construir una mesa.

Todo lo anterior puede parecer un tanto anecdótico, pero no lo es. José tuvo que trabajar duro y con muchas dificultades para sacar adelante a su familia. Y eso le une hoy con tantos hombres y mujeres que trabajan sin descanso por sus hijos, porque su familia tenga lo que necesita. En fin, nos “tropezamos” con la vida oculta de Jesús, tras la escena –difícil—de la “quedada” en el Templo del Niño Dios asombrando a los doctores de la ley. No se trata de especular más. Pero de esa entrega de José viene la devoción enorme que muchos hermanos nuestros de todas las épocas han tenido por él. Santa Teresa decía con claridad que nada de lo que hubiera pedido por intercesión de San José se le había dejado de conceder… San José es el Patrón de la Iglesia. Y de los seminarios. Y de un buen número de congregaciones religiosas de diferente tipo. Y de muchas parroquias y colegios. Y todas estas cosas le confirman como fundamental para la vida religiosa de todos nosotros.

Meditemos hoy, en medio de la Cuaresma, en la fidelidad, capacidad de trabajo y esperanza en Dios que tenía José. Sus ejemplos nos pueden ser utilísimos. Esperar antes de actuar por una duda respecto a un ser querido. Ser capaces de iniciar un camino difícil y duro como el de Egipto. Ser diligente y eficaz en el trabajo. Sentir el amor profundo que sintió por María, su mujer. Y su dedicación en el mantenimiento de su familia y en el crecimiento feliz de Jesús… Y agradecidos iniciemos la fiesta que la vida nos tiene preparada hoy, una onomástica, un festejar ser padre o ser hijos, la fiesta de nuestra ciudad o nuestro pueblo. José nos va a ayudar en nuestra alegría, seguro. Y mañana, otra vez, en el templo para celebrar el II Domingo de Cuaresma. Y ojalá la presencia amable de José de Nazaret nos acompañe en el camino hacia la Pascua…

Oración de un sacerdote, a San José

 

 

 

 

 

 

 

¡Oh! Glorioso patriarca San José, padre tutelar de Nuestro Señor Jesucristo, en este día te pido por mi sacerdocio. Al igual que tú, fui tomado de entre los hombres para servir a Dios.

Ayúdame a imitar tu gran fe, tu castidad perfecta, tu entrega total al servicio de Dios sin mirar las consecuencias, tu humildad, tu trabajo constante, tu pobreza, tu obediencia, todas tus virtudes y tu “Sí” en silenciosa entrega.

Ayúdame a imitarte a ti y a tu Hijo Jesús en todo. Ayúdame a ser un buen sacerdote ante los ojos de Dios, acompáñame en los momentos de soledad y aridez, asísteme en los momentos de flaqueza y tentación. Sé mi guía y compañero en todos los momentos difíciles de mi vida y el cercano amigo en los momentos de alegría, también.

Defiéndeme de todo daño físico o moral, como defendiste a Nuestro Señor Jesucristo, hasta que llegue al Reino de los cielos a gozar contigo para siempre de la presencia de Dios nuestro Padre. Amén

 

Esta oración fue enviada a Ver y Creer por Guadalupe Cons.

Dos Rosarios de San José

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El primer rosario de San José

Está compuesto por nueve misterios, divididos en tres partes. Cada una de ésta partes está compuesta por una década de cuentas, haciendo un total de 30 cuentas en honor a los 30 años que San José pasó en compañía de Jesús y María. En cada una de las cuentas se reza un Ave María y se termina cada década con un Gloria al Padre.

Los Misterios son los siguientes:

Misterios de la Primera década:
1. La Encarnación
2. La perplejidad de San José (ante el embarazo de la Santísima Virgen)
3. El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo en Belén.

Misterios de la Segunda década:
1. La Presentación del Niño Jesús en el Templo.
2. La Huida a Egipto.
3. El niño Jesús hallado en el templo.

Misterios de la Tercera década:
1. La vida oculta de Jesús en Nazaret.
2. La muerte de San José.
3. La coronación de San José en el cielo.

Al concluir el Rosario se rezan tres actos de contrición y se le pide a San José que obtenga el perdón y la misericordia.

El segundo rosario de San José

Está dividido en 15 grupos de cuatro cuentas cada uno, de las cuales una es blanca y las otras tres son color púrpura. Las cuentas blancas simbolizan la pureza de San José y las púrpuras su santa piedad. Un misterio del Rosario se considera en cada una de las cuentas blancas (un total de 15) y se rezan dos Ave Marías. En las cuentas color púrpura se reza: "¡Bendito y alabado sean Jesús María y José!"

El Rosario se termina con la siguiente oración:
V. Ruega por nosotros, Oh glorioso San José!
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo!

Oración:
Oh Dios, quien predestinaste a San José desde toda la eternidad para el servicio de tu eterno Hijo y de su Madre, y le hiciste digno de ser el esposo de esta Virgen bendita y padre adoptivo de tu Hijo: te rogamos que a través de todos los servicios que brindó a Jesús y a María en la tierra, nos hagas dignos de su intercesión y nos concedas gozar de la alegría de su compañía en el Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Estos dos rosarios fueron enviados a Ver y Creer por Guadalupe Cons.

De amor, herido...

 

Una bella frase mística, que no recuerdo de dónde la saqué, pero que mucho me gustó desde que la leí, dice así: “Muchos van, de amor heridos, y yo también”. La expresión “herido de amor” no significa otra cosa que “enamorado”. Así pues, esta frase quiere decir que “muchos van, enamorados, al igual que yo”. Pero por ser un texto místico, no se refiere a estar enamorado de otra persona, sino de Dios. Es decir que hay algunos a quienes Dios ha herido de amor, y que por lo tanto ya caminan por la vida estando enamorados de Él. La parte que expresa “y yo también” es la que mucho me gusta porque me hace feliz saberme uno de ésos que andan con el corazón y la atención puestos en Dios.

San Juan de la Cruz, que escribe en referencia al Señor, la frase “¿Por qué, habiendo llagado aqueste corazón, no le sanaste?” se refiere a una “llaga” o “herida” de amor que Dios ha abierto desde que sembró su amor en el corazón humano; y quien toma conciencia de esta llaga, a través de una personal experiencia de Dios, que siempre recrea y que además enamora, es capaz de saberse enamorado de Dios y de afirmar que Dios lo ama.

María, la virgen Madre de Dios, contemplaba una tarde a San José mientras dormía, abatido por el cansancio del viaje a Belén y vencido por el sueño, cuando de su boca salió un suspiro que, acompañado de palabras, alcanzó a decir: “Hijo mío: tendrás a un hombre bueno y honesto para criarte, un hombre que renunciará a sí mismo y se dará a los demás”. Este hombre, esposo de la Madre de Dios y padre de un hijo que no era suyo, ha sido el hombre mayormente herido de amor por Dios, por eso supo renunciar a sí mismo y por eso pudo darse a los demás, principalmente a su esposa, la Madre de Dios, y a su hijo adoptivo, el Hijo de Dios.

San José es un gran modelo para todos a seguir, más si tenemos esposa, si somos papás y si intentamos sostener con nuestro trabajo un hogar y una familia, porque una de las grandes lecciones que San José nos hereda consiste en que él, teniendo por esposa a María santísima y por hijo al Redentor del mundo, no dejó de trabajar un solo día. Con sus manos los mantuvo y los sostuvo; crió al Hijo de Dios y le enseñó a ser, a su vez, un gran hombre. José cumplió, además, sus obligaciones como ciudadano, mantuvo siempre la honra de su nombre y supo servir a los pobladores de Nazarét, y del resto del Pueblo de Dios.

Con los años la misión de José fue concretándose… concluyendo… y un día murió, como todos seremos llamados a ese momento, pero José supo morir tranquilo, en su propia casa, teniendo a un lado a Jesucristo y al otro a la Virgen María.

Por esto comparto hoy a San José y lo recomiendo como modelo y como guía, como proveedor de todas las familias, como custodio del hogar y asistente de nuestros trabajos y afanes en un mundo en el que cada vez resulta más trabajoso alcanzar el sustento cotidiano y mantener una economía suficiente, pero como mis palabras son pobres para contar cuán generoso ha sido y es San José en mi vida, mejor invito a que se le conozca y se le tenga por Protector, Patrono y Patriarca, pues es San José un santo “de amor… herido”, el más herido del amor de Dios.

San José, el único varón al que Dios le concedió llamarle "Hijo"

 

 

Conmemoramos el 19 de marzo, la festividad de la Iglesia Universal, al Santo más grande de nuestra Fe y que fue aquél que todo lo abandonó, que todo lo enfrentó por decirle “Sí” a Dios Padre, aceptando con ello la difícil misión de convertirse en el legitimador ante la ley mosáica, del nacimiento de Jesús y hacerlo con ello “el Hijo del Carpintero” para que nunca nadie, ni sus peores enemigos pudieran infamarlo al llamarlo bastardo, sino que por el contrario lo vieran como el vástago del artesano de Nazareth; el hombre santo viril y fuerte que depone todo y no duda nada, para salvar la vida del Salvador del Mundo  y de su Madre la Virgen María; el Varón del Silencio pero de las grandes acciones que preserva en la huída a Egipto la Sagrada Familia y que no dice ni reclama nada, porque añade a sus virtudes la humildad sin paralelo, de ser como una sombra para no opacar, ni siquiera como una brisa, la presencia del Padre Eterno, del Redentor del Mundo y de la Madre co-redentora del género humano en la historia sagrada de la Salvación.

Es tan grande la misión y la obra de éste Ser Humano sin paralelo, que Dios Eterno en su inmensa sabiduría, conociendo la pureza, la valentía, la transparencia de su amor y las profundidades de su fe, le concedió en la historia de todos los tiempos, el privilegio inaudito de ser el único hombre en la creación que pudo llamar a Dios mismo “Hijo” y en tal virtud, ser Él quién llevara de la mano al Dios-Hombre en sus primeros pasos en esta Tierra.

¿Qué puede haber en la Creación toda que Dios uno y trino, no conceda a este gran Santo, San José, cuando interviene ahora para la salvación del Mundo  y de las necesidades de quienes en él buscan refugio y auxilio? ¿Qué cosa Jesús su Hijo Adoptivo y Terrenal, puede negarle a éste varón, que por salvar la vida, honra y misión del Salvador,  todo lo dejo y se humilló hasta el extremo de disolverse en la historia sin que los mismos evangelios puedan darnos cuenta de su momento y lugar de fallecimiento; cuando se disuelve en la historia de la salvación y de la Iglesia de Cristo y aún hoy no existe una Catedral, ni Basílica Mayor que a Él haya sido consagrada a lo largo y ancho del mundo que contribuyó a salvar?; ¿Qué puede negarle María la co-redentora del género humano, la Madre misma de Dios que fue protegida jurídica y moralmente cuando San José arropa su maternidad con el matrimonio que inaugura al propio tiempo a la Sagrada Familia? La única respuesta a todas éstas interrogantes, es solo una: Nada absolutamente nada han de negarle a San José, ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo, ni la Santísima Virgen María, porque la obra de Él colmada de grandeza, es para los planes de Dios de Salvar al Mundo, insustituible, eterna, permanente e inmortal.

Por ello nada que pidamos a San José en este mes de marzo, el día 19 de su festividad o en toda la vida ,habrá de quedar sin respuesta, para bien nuestro y salvación de nuestra alma y de nuestros seres queridos, sin embargo no olvidemos que para pedir a San José solo podemos hablarle a Él con el lenguaje del Amor, con el lenguaje de la Fidelidad, con el lenguaje de la Entrega sin Condición a nuestra familia, con el lenguaje de la Humildad real y sincera y siempre para pedir y poner por delante a los Hermanos, especialmente a los que necesitan de que se les “legitime” ante las leyes del mundo, en sus derechos humanos fundamentales, como los de tener casa vestido y trabajo.

San José por todo ello es el patrono sempiterno de la Adopción, de la Migración, del Trabajo y desde luego del Matrimonio y ello significa que también como co-redentor del género humano, desde el Cielo todos los días y a cada momento nada de estas cuestiones le es ajena, sino que por el contrario le interesan y le mueven muy especialmente, muy llamativamente…..nada que suceda a los huérfanos, a las viudas, a los que han perdido su empleo y a los que tienen que abandonar su tierra, le es indiferente y pronta está su ayuda y su auxilio, para quienes a Él levantan los ojos y el corazón, para salvar  sus Matrimonios, salvar a sus Hijos, encontrar un trabajo o un lugar para vivir como Hijos del Eterno.

Los milagros de San José, que hicieron exclamar a Santa Teresa diciendo que “era un Santo que hasta espantaba por su inmediatos y grandes milagros” tienen como base, además de la Fe y el Amor a Dios de quién pide, la limpieza del corazón y el permanente propósito de enmienda y el propósito ser cada vez mejores seguidores de su Hijo Jesucristo.

Es por ellos, por los hombres arrepentidos y sinceros por los que este gran Santo de la Fe Católica, nuevamente y en cada caso, vuelve al lado Dios, para decirle: “Hijo, éste hermano o hermana tuya, nos necesitan y en ti confían, no mires sus faltas, mira su Fe y la limpieza de su corazón…..” y démoslo por seguro San José nos ganará no solo el favor, la consideración que buscamos, sino también  la oración que es la llave que abre siempre el Corazón de Dios.

San José, el padre de Jesús

 

José, ante todo mundo, como ante Dios, fue siempre el Padre de Jesús, al cual muchas veces se le llamaba ”El Hijo del carpintero”. (Mt. 13 ,55).

Ciertamente no fue padre según la carne ni la sangre sino por especial vocación de parte de Dios. Padre no es sólo quien engendra sino de una manera especial quien enseña a vivir. Por esta razón podemos llamar justamente a José ”Padre de Jesús”. Fue verdadero Padre de Jesús en la plenitud de significado de esta palabra.

José fue Padre por decreto divino. Su paternidad emanó directamente del Padre de las luces. Fue llamado y equipado por Dios mismo para la misión más delicada y hermosa que hombre alguno pudiera soñar: ser un destello de la paternidad divina y un reflejo del mismo Dios.

Hijo de David

Diez siglos antes Dios había hecho una formal promesa a su siervo David por boca de su profeta Natán: Un descendiente suyo reinaría eternamente en el trono de Israel. (2 Sam. 7, 12-16).

Desde entonces nació en el pueblo una esperanza que jamás se apagaría y que, por el contrario, se acrecentaría en los momentos de peligro y de amenaza. Del tronco de Jesé brotaría un retoño, el cual estaría lleno del Espíritu de Dios. Sería el Mesías que representaría los derechos divinos en este mundo, restableciendo la antigua gloria de Israel.

Pasaron más de mil años para que esta palabra pudiera cumplirse. Fue hasta que un pequeño pueblo de la Galilea de los gentiles, allende del mar, comenzó a brillar una luz en las tinieblas: un descendiente de la casa de David, de nombre José, se desposó con María. Así de sencillo y hermoso era el principio del cumplimiento de tan gran expectativa de Israel.

En la genealogía de Jesús ofrecidas por Mateo y Lucas (Mt. 1, 1-7; Lc. 3, 23-38) se acredita a Jesús su filiación davídica no por la parte materna sino por la rama de José. La herencia regia le pertenecía gracias a su padre.

Por eso, sin duda que el título más noble y glorioso de José es ”Hijo de David” ya que de esta manera se le encuadra en el contexto de las profecías mesiánicas, introduciéndolo directamente en el capitulo más importante de la historia de la salvación.

José fue el canal por el cual también a Jesús se le otorgaría el titulo mesiánico de ”Hijo de David” , significando con ello que él era el descendiente soberano que habría de sentarse en el tronco de David, su Padre.

El humilde carpintero de Nazareth está situado en medio de dos pilares regios: David y Jesús. Es el eslabón que une a estos dos grandes personajes de la historia. Su papel es como su misma sangre regia: camina escondidamente pero gracias a ella se comunica la vida y la promesa mesiánica.

José de Nazareth es inseparable de su esposa y de su hijo. No es legítimo divorciar a la pareja más unida ni dividir la familia más integrada. José fue verdadero padre de Jesús como auténtico esposo de María.

Su papel ha sido esencial en el plan de Dios. Su figura no es ciertamente la imagen desfigurada que siempre se nos ha presentado.

No fue patriarca por anciano sino por fecundo.

No fue casto por privarse de la sexualidad sino porque amó sin egoísmos.

No fue humilde por vivir aplastado y hecho un lado en la familia sino porque cumplió fielmente el plan de Dios.

La historia de la salvación se engarza con eslabones que continúan la acción salvífica de Dios en el mundo. Junto a él siempre se encuentra María. José es el eslabón que une la esperanza de Israel con el Mesías y a éste con el glorioso porvenir del Reino.

Su persona se refleja tanto en María como en Jesús. Ha dejado una imborrable huella en la historia. Sin él este mundo sería de alguna forma distinto.

Nota: Colaboración enviada por José Hernández

Educadores en el corazón de San José

 

 

 

CONGREGACIÓN de SAN JOSÉ

Josefinos de Murialdo

El Superior General c.c. 18

 

Roma, 9 de marzo de 2011

Inicio de la Novena de S. José

 

“Hijo, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2,48)

Educadores con el corazón de San José

 

Estimados hermanos:

Siempre que se acerca la fiesta de San José, nuestro patrono, y el aniversario de la fundación de nuestra familia religiosa, me invade el mismo pensamiento y deseo.

Me gustaría encontrarme en aquella Capilla del Colegio de los Artesanitos de Turín, participar en la oración y en la intensidad de la emoción espiritual de Murialdo y de los hermanos que le rodeaban formando el primer núcleo de la “Congregación de San José”.

¿Dónde nacimos? ¿Cómo nacimos? ¿Para qué nacimos?

El sentido del nacimiento custodia el sentido de la vida y creo que sea muy importante recordar, o sea reconducir al corazón, el momento del nacimiento de nuestra familia religiosa para comprender su historia y su camino.

En particular, quisiera poder entrar en el corazón del Fundador, en su extraordinaria pasión por la salvación terrenal y eterna de la juventud pobre y abandonada, y que él había conocido en los suburbios pobres de la ciudad de Turín de aquel tiempo, durante sus primeros años de sacerdocio; esa juventud que hizo total y plenamente suya cuando, en el 1866, asumió la dirección del Colegio de los Artesanitos.

¿Por qué Murialdo, que nunca había imaginado ser religioso y tanto menos fundar una nueva familia religiosa, a los pocos años de asumir la dirección del Colegio, había dado origen a la Congregación y el 19 de marzo de 1873 la había puesto bajo el patrocinio de San José?

Todos conocemos las respuestas a estas preguntas, las encontramos en los documentos históricos, pero es necesario actualizarlas y descubrir su significado existencial para nosotros.

¿Dónde hemos nacido?

Como Congregación nacimos dentro de una institución educativa, con su historia, sus dificultades y sus acontecimientos cotidianos… se podría decir que hemos nacido entre los problemas, las lágrimas y las esperanzas de aquellos huérfanos que el Colegio y toda la Obra de los Artesanitos, un auténtico “sistema educativo” acogían, seguían y preparaban a integrarse en la vida con una instrucción digna, con una formación adecuada y con una profesión: como buenos cristianos y honestos ciudadanos.

Quizás, mientras en la Capilla del Colegio de los Artesanitos, aquel 19 de marzo, Murialdo, don Reffo, don Constantino y los demás estaban recogidos para rezar, sentían el barullo de los muchachos en el patio, o el paso de algún “grupo” en los pasillos, o el rumor de los talleres de los pequeños aprendices. Aquellos rostros, aquellas voces, aquellos corazones constituían el sentido de su consagración y de su misión.

¿Cómo nacimos?

En medio de los huérfanos, de los jóvenes pobres, de los pequeños trabajadores; en medio de las preocupaciones por sus problemas y su futuro; “apenados” por la explotación de la que a menudo son víctimas y para ayudarles a aliviar sus sufrimientos.

¿Para qué nacimos?

Murialdo ha fundado nuestra congregación para que el Centro educativo de los Artesanitos tuviese un futuro, una continuidad y estabilidad.

Nacimos para ser educadores de los muchachos y de los jóvenes más pobres, para ser su voz y para defenderlos de cualquier peligro y prepotencia, para garantizar sus derechos y ayudarles a comprender y a cumplir sus deberes, para ayudarlos en la vida, para ponernos de su parte, para estar siempre en medio de ellos, dedicarles totalmente nuestra existencia: ¡esta misión es nuestra “consagración”!

El XXI CG subraya todo esto escribiendo que nuestra profecía consiste en vivir la compasión de Dios: “escuchando y confiando a Dios el grito del joven pobre” (CGXXI, 1.1.1) y “denunciando el mal y actuando, sobre todo allí donde Cristo “con-funde” su rostro con el de los jóvenes pobres y abandonados, para que no se pierdan (ne perdantur)” (CGXXI 1.1.2).

Uno de los principales objetivos de los últimos capítulos generales ha sido el de crear unidad entre los diversos elementos del proyecto carismático y, sobre todo, entre la espiritualidad y la misión.

Es un dato constante de nuestra tradición: Murialdo, en el Reglamento del 1873, escribía que la finalidad de la congregación “era la santificación de sus miembros mediante la educación de los jóvenes pobres o díscolos” (art. 1).

Las Constituciones del 1904 presentan la espiritualidad del educador josefino como un “reconocer en los muchachos (…) al mismo Jesucristo, muchacho, y a sí mismos como compañeros de ministerio de san José, óptimo educador” (art. 80).

En el recuerdo de nuestro nacimiento, de su preciso contexto y de su razón de ser, se encuentra, por tanto, una clara indicación de nuestra consagración como josefinos, de nuestra espiritualidad como Familia de Murialdo, de nuestro camino ante la realidad y los problemas de la juventud de nuestro tiempo.

Junto a la memoria actualizada del carisma fundacional necesitamos una visión del futuro, que acoja con valentía y confianza los desafíos del tiempo en que vivimos.

El XXI CG nos recuerda al respecto: “Nuestra espiritualidad nos solicita a encarnar el “hoy” evangélico de Cristo manteniendo fijos nuestros ojos y nuestro corazón en los jóvenes pobres para ofrecer respuestas nuevas y apropiarnos del desafío educativo con y por los mismos jóvenes”.

Vivimos en un tiempo en que con fuerza y preocupación ha vuelto a reaparecer el tema de la educación. Nos preocupamos de afinar los instrumentos de análisis, de plantear preguntas, de sugerir respuestas.

Nosotros, una congregación de religiosos consagrados a la misión educativa, nos sentimos plenamente implicados en esta cuestión, que es la “pasión” de nuestra vida.

Nos transformamos de buena gana en compañeros de viaje y de búsqueda de todos los que, afirmando la importancia de la educación, quieren ponerse en juego, estar de la parte de los jóvenes y construir un futuro mejor para todos.

Del resto, la educación es aquel camino que los jóvenes y los adultos habitan y recorren juntos hacia la creación de una existencia más fraterna, más solidaria, más creativa, más auténtica, capaz de saldar la sabiduría del pasado con la falta de prejuicios y las ganas creativas del futuro.

Nuestra misión educativa entre los jóvenes pobres alimenta y genera espiritualidad; es el lugar de nuestra santificación. Pero al mismo, para poder ser realmente una verdadera misión evangelizadora, tiene que estar animada por un profundo espíritu religioso.

La misión es la “forma”, el principio generador y unificador de la vida religiosa y todo esto es particularmente evidente en la figura de San José, según la óptica de Murialdo.

Nuestro punto focal, nuestra guía en el compromiso de educadores es nuestro patrono San José.

Murialdo enumera “los títulos que nos persuaden en la elección de San José como nuestro patrono, con preferencia de cualquier otro santo:

a.- La mayoría de nuestras casas son de obreros. San José fue el artesano más santo, después del artesano Dios, Jesucristo. Es evidente, entonces, que tenía que ser elegido como protector de los artesanos. Y mucho más porque, aunque descendiente de reyes, quiso ser artesano, más que de cualquier otra condición social.

b.- Quien en esta casa no es artesano, o sea los Maestros y los estudiantes, tienen que cuidar de manera muy especial la vida interior; la unión interior con Jesucristo; e incluso los artesanos tienen, para poder alcanzar la perfección, que aplicarse, en todo lo posible, en la vida interior; presencia de Dios; pureza de intenciones; unión de afectos con Jesucristo; actual amor a Dios; el un ojo al corazón y el otro a Dios.

c.- Una de las gracias que más necesita la juventud es conocer su vocación; no sólo saber a qué profesión Dios llame a un joven, sino especialmente saber si Dios, con grande dicha, no llame a alguno a la sublime dignidad del sacerdocio, o a la aventurada suerte de ser elegido y llamado a ser porción de la heredad de Dios en alguna Orden o Congregación religiosa, o por lo menos a servir al Señor con todo su corazón incluso en el mundo, pero en un celibato inspirado por la gracia de Dios, y elegido para poder ser total y únicamente de Dios. Ahora bien, el protector y el Maestro de la vocación es nuestro glorioso san José, que tuvo la misión de guiar los primeros pasos de Jesús (…) (Escritos, 7,325).

Tenemos que mirar a San José, por tanto, si queremos renovar y recalificar nuestra vocación de consagrados educadores.

Entre la muchas propuestas mandadas por las comunidades y las provincias para un icono bíblico de cara al próximo capítulo general del 2012, hay una que me ha llamador particularmente la atención.

Es aquel que lleva el título de esta carta: “Hijo, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Estando a la narración del evangelista Lucas, éstas son las palabras de María, cuando, junto a José, encuentra a Jesús en el templo entre los doctores.

Nos lanzan un rayo de luz sobre el corazón de José y sobre su responsabilidad ante Jesús y tal vez nos indican a nosotros, hijos de San José, senderos de compromiso educativo en medio de los desafíos educativos y de los problemas de los jóvenes de hoy.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

El compromiso de educar consiste para nosotros en hacer que cada joven sea ayudado a descubrir su dignidad de hijo en el Hijo, su vocación terrenal y eterna.

El compromiso de educar nos solicita a reconocer en cada muchacho o joven el rostro del Hijo y, por tanto, a respetar su libertad, a confiar en sus posibilidades; y también a tratar a cada muchacho o joven como a un hijo, reflejando en nuestro modo de ser y de actuar los comportamientos del Padre que Jesús nos presenta en el Evangelio.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

¡Murialdo ha ido a buscar a los jóvenes! Igualmente nosotros tendríamos que buscarles y estarles cerca, en medio de las dificultades que encuentran cada día y con el peligro de ser abandonados, instrumentalizados y explotados.

Murialdo, aceptando en los Artesanitos a un huérfano, sabía muy bien que se estaba comprometiendo para siempre con ese muchacho, lo sentía como “un hijo en casa” y se preocupaba de él – como bien lo demuestran la correspondencia y las instituciones – incluso después de haberse integrado en el trabajo o después del matrimonio.

Buscamos a cada “hijo” que se ha perdido en este tiempo revuelto: hemos nacido y somos consagrados para esta misión. Lo buscamos “apenados”, mejor dicho angustiados, con el pesar de quien ha asumido como propio el dolor de los demás, lo buscamos con compasión evangélica.

Como familia de consagrados también nosotros “buscamos al hijo

“Tu padre y yo”… lo buscamos juntos, como grupo de educadores en la Familia de Murialdo, y junto a su familia de origen, porque la reconstrucción de las “alianzas educativas” es una de los más importantes desafíos de la emergencia educativa.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

Lo buscamos junto a San José: él es nuestro patrono y nuestro ejemplo.

Nos es de ejemplo su silencio, que es también presencia.

La presencia silenciosa de San José al lado del hijo expresa la plena asunción de responsabilidad, la total fidelidad y dedicación. Sugiere igualmente el valor de la coherencia, tan necesaria al educador, entre la palabra y la vida. Indica la necesidad de abandonar cualquier pretensión de protagonismo o de dominio sobre la vida del otro: la responsabilidad consiste en ayudar e iluminar el camino de obediencia filial y luego saber hacerse a un lado, para que la vida del hijo florezca en la libertad.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

Por último, y sobre todo, a través del compromiso y la pasión educativa buscamos al hijo que vive en nosotros, al hijo que somos nosotros.

Educar significa dejarse educar, sentirse constantemente en camino, generarse y dejarse generar cada día como criaturas nuevas, juntos, hijos en el Hijo.

Renovemos nuestra gratitud a Dios por habernos llamado a ser “la porción de la heredad de Dios” en esta Congregación de educadores fundada por San Leonardo Murialdo: el recuerdo de nuestro nacimiento ilumine y guíe nuestro camino; el patrocinio y el ejemplo de San José hagan revivir y sostengan nuestra misión cotidiana de “buscar al hijo”.

 

Con cariño, os bendigo

 

p. Mario Aldegani

Padre Generale