Jueves, 11 Agosto 2022

San José

Educadores en el corazón de San José

 

 

 

CONGREGACIÓN de SAN JOSÉ

Josefinos de Murialdo

El Superior General c.c. 18

 

Roma, 9 de marzo de 2011

Inicio de la Novena de S. José

 

“Hijo, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2,48)

Educadores con el corazón de San José

 

Estimados hermanos:

Siempre que se acerca la fiesta de San José, nuestro patrono, y el aniversario de la fundación de nuestra familia religiosa, me invade el mismo pensamiento y deseo.

Me gustaría encontrarme en aquella Capilla del Colegio de los Artesanitos de Turín, participar en la oración y en la intensidad de la emoción espiritual de Murialdo y de los hermanos que le rodeaban formando el primer núcleo de la “Congregación de San José”.

¿Dónde nacimos? ¿Cómo nacimos? ¿Para qué nacimos?

El sentido del nacimiento custodia el sentido de la vida y creo que sea muy importante recordar, o sea reconducir al corazón, el momento del nacimiento de nuestra familia religiosa para comprender su historia y su camino.

En particular, quisiera poder entrar en el corazón del Fundador, en su extraordinaria pasión por la salvación terrenal y eterna de la juventud pobre y abandonada, y que él había conocido en los suburbios pobres de la ciudad de Turín de aquel tiempo, durante sus primeros años de sacerdocio; esa juventud que hizo total y plenamente suya cuando, en el 1866, asumió la dirección del Colegio de los Artesanitos.

¿Por qué Murialdo, que nunca había imaginado ser religioso y tanto menos fundar una nueva familia religiosa, a los pocos años de asumir la dirección del Colegio, había dado origen a la Congregación y el 19 de marzo de 1873 la había puesto bajo el patrocinio de San José?

Todos conocemos las respuestas a estas preguntas, las encontramos en los documentos históricos, pero es necesario actualizarlas y descubrir su significado existencial para nosotros.

¿Dónde hemos nacido?

Como Congregación nacimos dentro de una institución educativa, con su historia, sus dificultades y sus acontecimientos cotidianos… se podría decir que hemos nacido entre los problemas, las lágrimas y las esperanzas de aquellos huérfanos que el Colegio y toda la Obra de los Artesanitos, un auténtico “sistema educativo” acogían, seguían y preparaban a integrarse en la vida con una instrucción digna, con una formación adecuada y con una profesión: como buenos cristianos y honestos ciudadanos.

Quizás, mientras en la Capilla del Colegio de los Artesanitos, aquel 19 de marzo, Murialdo, don Reffo, don Constantino y los demás estaban recogidos para rezar, sentían el barullo de los muchachos en el patio, o el paso de algún “grupo” en los pasillos, o el rumor de los talleres de los pequeños aprendices. Aquellos rostros, aquellas voces, aquellos corazones constituían el sentido de su consagración y de su misión.

¿Cómo nacimos?

En medio de los huérfanos, de los jóvenes pobres, de los pequeños trabajadores; en medio de las preocupaciones por sus problemas y su futuro; “apenados” por la explotación de la que a menudo son víctimas y para ayudarles a aliviar sus sufrimientos.

¿Para qué nacimos?

Murialdo ha fundado nuestra congregación para que el Centro educativo de los Artesanitos tuviese un futuro, una continuidad y estabilidad.

Nacimos para ser educadores de los muchachos y de los jóvenes más pobres, para ser su voz y para defenderlos de cualquier peligro y prepotencia, para garantizar sus derechos y ayudarles a comprender y a cumplir sus deberes, para ayudarlos en la vida, para ponernos de su parte, para estar siempre en medio de ellos, dedicarles totalmente nuestra existencia: ¡esta misión es nuestra “consagración”!

El XXI CG subraya todo esto escribiendo que nuestra profecía consiste en vivir la compasión de Dios: “escuchando y confiando a Dios el grito del joven pobre” (CGXXI, 1.1.1) y “denunciando el mal y actuando, sobre todo allí donde Cristo “con-funde” su rostro con el de los jóvenes pobres y abandonados, para que no se pierdan (ne perdantur)” (CGXXI 1.1.2).

Uno de los principales objetivos de los últimos capítulos generales ha sido el de crear unidad entre los diversos elementos del proyecto carismático y, sobre todo, entre la espiritualidad y la misión.

Es un dato constante de nuestra tradición: Murialdo, en el Reglamento del 1873, escribía que la finalidad de la congregación “era la santificación de sus miembros mediante la educación de los jóvenes pobres o díscolos” (art. 1).

Las Constituciones del 1904 presentan la espiritualidad del educador josefino como un “reconocer en los muchachos (…) al mismo Jesucristo, muchacho, y a sí mismos como compañeros de ministerio de san José, óptimo educador” (art. 80).

En el recuerdo de nuestro nacimiento, de su preciso contexto y de su razón de ser, se encuentra, por tanto, una clara indicación de nuestra consagración como josefinos, de nuestra espiritualidad como Familia de Murialdo, de nuestro camino ante la realidad y los problemas de la juventud de nuestro tiempo.

Junto a la memoria actualizada del carisma fundacional necesitamos una visión del futuro, que acoja con valentía y confianza los desafíos del tiempo en que vivimos.

El XXI CG nos recuerda al respecto: “Nuestra espiritualidad nos solicita a encarnar el “hoy” evangélico de Cristo manteniendo fijos nuestros ojos y nuestro corazón en los jóvenes pobres para ofrecer respuestas nuevas y apropiarnos del desafío educativo con y por los mismos jóvenes”.

Vivimos en un tiempo en que con fuerza y preocupación ha vuelto a reaparecer el tema de la educación. Nos preocupamos de afinar los instrumentos de análisis, de plantear preguntas, de sugerir respuestas.

Nosotros, una congregación de religiosos consagrados a la misión educativa, nos sentimos plenamente implicados en esta cuestión, que es la “pasión” de nuestra vida.

Nos transformamos de buena gana en compañeros de viaje y de búsqueda de todos los que, afirmando la importancia de la educación, quieren ponerse en juego, estar de la parte de los jóvenes y construir un futuro mejor para todos.

Del resto, la educación es aquel camino que los jóvenes y los adultos habitan y recorren juntos hacia la creación de una existencia más fraterna, más solidaria, más creativa, más auténtica, capaz de saldar la sabiduría del pasado con la falta de prejuicios y las ganas creativas del futuro.

Nuestra misión educativa entre los jóvenes pobres alimenta y genera espiritualidad; es el lugar de nuestra santificación. Pero al mismo, para poder ser realmente una verdadera misión evangelizadora, tiene que estar animada por un profundo espíritu religioso.

La misión es la “forma”, el principio generador y unificador de la vida religiosa y todo esto es particularmente evidente en la figura de San José, según la óptica de Murialdo.

Nuestro punto focal, nuestra guía en el compromiso de educadores es nuestro patrono San José.

Murialdo enumera “los títulos que nos persuaden en la elección de San José como nuestro patrono, con preferencia de cualquier otro santo:

a.- La mayoría de nuestras casas son de obreros. San José fue el artesano más santo, después del artesano Dios, Jesucristo. Es evidente, entonces, que tenía que ser elegido como protector de los artesanos. Y mucho más porque, aunque descendiente de reyes, quiso ser artesano, más que de cualquier otra condición social.

b.- Quien en esta casa no es artesano, o sea los Maestros y los estudiantes, tienen que cuidar de manera muy especial la vida interior; la unión interior con Jesucristo; e incluso los artesanos tienen, para poder alcanzar la perfección, que aplicarse, en todo lo posible, en la vida interior; presencia de Dios; pureza de intenciones; unión de afectos con Jesucristo; actual amor a Dios; el un ojo al corazón y el otro a Dios.

c.- Una de las gracias que más necesita la juventud es conocer su vocación; no sólo saber a qué profesión Dios llame a un joven, sino especialmente saber si Dios, con grande dicha, no llame a alguno a la sublime dignidad del sacerdocio, o a la aventurada suerte de ser elegido y llamado a ser porción de la heredad de Dios en alguna Orden o Congregación religiosa, o por lo menos a servir al Señor con todo su corazón incluso en el mundo, pero en un celibato inspirado por la gracia de Dios, y elegido para poder ser total y únicamente de Dios. Ahora bien, el protector y el Maestro de la vocación es nuestro glorioso san José, que tuvo la misión de guiar los primeros pasos de Jesús (…) (Escritos, 7,325).

Tenemos que mirar a San José, por tanto, si queremos renovar y recalificar nuestra vocación de consagrados educadores.

Entre la muchas propuestas mandadas por las comunidades y las provincias para un icono bíblico de cara al próximo capítulo general del 2012, hay una que me ha llamador particularmente la atención.

Es aquel que lleva el título de esta carta: “Hijo, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Estando a la narración del evangelista Lucas, éstas son las palabras de María, cuando, junto a José, encuentra a Jesús en el templo entre los doctores.

Nos lanzan un rayo de luz sobre el corazón de José y sobre su responsabilidad ante Jesús y tal vez nos indican a nosotros, hijos de San José, senderos de compromiso educativo en medio de los desafíos educativos y de los problemas de los jóvenes de hoy.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

El compromiso de educar consiste para nosotros en hacer que cada joven sea ayudado a descubrir su dignidad de hijo en el Hijo, su vocación terrenal y eterna.

El compromiso de educar nos solicita a reconocer en cada muchacho o joven el rostro del Hijo y, por tanto, a respetar su libertad, a confiar en sus posibilidades; y también a tratar a cada muchacho o joven como a un hijo, reflejando en nuestro modo de ser y de actuar los comportamientos del Padre que Jesús nos presenta en el Evangelio.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

¡Murialdo ha ido a buscar a los jóvenes! Igualmente nosotros tendríamos que buscarles y estarles cerca, en medio de las dificultades que encuentran cada día y con el peligro de ser abandonados, instrumentalizados y explotados.

Murialdo, aceptando en los Artesanitos a un huérfano, sabía muy bien que se estaba comprometiendo para siempre con ese muchacho, lo sentía como “un hijo en casa” y se preocupaba de él – como bien lo demuestran la correspondencia y las instituciones – incluso después de haberse integrado en el trabajo o después del matrimonio.

Buscamos a cada “hijo” que se ha perdido en este tiempo revuelto: hemos nacido y somos consagrados para esta misión. Lo buscamos “apenados”, mejor dicho angustiados, con el pesar de quien ha asumido como propio el dolor de los demás, lo buscamos con compasión evangélica.

Como familia de consagrados también nosotros “buscamos al hijo

“Tu padre y yo”… lo buscamos juntos, como grupo de educadores en la Familia de Murialdo, y junto a su familia de origen, porque la reconstrucción de las “alianzas educativas” es una de los más importantes desafíos de la emergencia educativa.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

Lo buscamos junto a San José: él es nuestro patrono y nuestro ejemplo.

Nos es de ejemplo su silencio, que es también presencia.

La presencia silenciosa de San José al lado del hijo expresa la plena asunción de responsabilidad, la total fidelidad y dedicación. Sugiere igualmente el valor de la coherencia, tan necesaria al educador, entre la palabra y la vida. Indica la necesidad de abandonar cualquier pretensión de protagonismo o de dominio sobre la vida del otro: la responsabilidad consiste en ayudar e iluminar el camino de obediencia filial y luego saber hacerse a un lado, para que la vida del hijo florezca en la libertad.

Como familia de consagrados educadores también nosotros “buscamos al hijo”.

Por último, y sobre todo, a través del compromiso y la pasión educativa buscamos al hijo que vive en nosotros, al hijo que somos nosotros.

Educar significa dejarse educar, sentirse constantemente en camino, generarse y dejarse generar cada día como criaturas nuevas, juntos, hijos en el Hijo.

Renovemos nuestra gratitud a Dios por habernos llamado a ser “la porción de la heredad de Dios” en esta Congregación de educadores fundada por San Leonardo Murialdo: el recuerdo de nuestro nacimiento ilumine y guíe nuestro camino; el patrocinio y el ejemplo de San José hagan revivir y sostengan nuestra misión cotidiana de “buscar al hijo”.

 

Con cariño, os bendigo

 

p. Mario Aldegani

Padre Generale