Domingo, 24 Octubre 2021

San José

La sombra de José en nuestros tiempos

 

 

Parece  que nunca ha sido tan necesaria la paz en nuestra patria como en nuestro tiempo. En siglos pasados hubo guerras, rivalidades y contiendas, pero el enemigo estaba a la vista, vestía uniforme o portaba alguna insignia. Era identificable. Hoy el enemigo está dentro, viste como cualquiera y está en todas partes.

La quijada de burro con la que Caín mató a su hermano, hoy se ha convertido en armas de alto poder. El crimen organizado cuenta con todos los adelantos de la ciencia y la técnica. El miedo se ha apoderado de todos. Si antes eran sólo los ricos quienes podían temer un secuestro, hoy teme todo aquel que tenga cinco centavos, pues la maldad está dispuesta a matarlo sólo para quitárselos. La corrupción en la policía y en algunos funcionarios del Estado nos pone “los pelos de punta”.

Cuando la víctima inocente es algún pariente o amigo cercano, sentimos como si Dios nos hubiera abandonado. Podríamos repetir las quejas del salmo 44: “Nos rechazas y nos humillas, ya no sales al frente de nuestras tropas... Nos haces ceder ante el adversario y los que nos odian nos saquean a su gusto… Nos entregas como ovejas y nos dispersas en medio de las naciones... Nos aplastaste en el desierto y nos cubrió la sangre de la muerte… Despiértate. ¿Por qué duermes, Señor?

Lo único que nos queda perfectamente claro es que hemos perdido la paz. Temblamos cada vez que nuestros hijos salen a la calle. Ya ni en nuestras casas nos sentimos seguros…

Y sin embargo, Cristo vino para traernos la paz, la paz de su corazón. Esa paz suya que no perdió ni en la cruz. Esa paz  suya que se mantuvo siempre firme a pesar de toda la guerra que le hicieron. Esa paz suya es la que nos quiso dejar para que sea nuestra.  La víspera de su pasión dijo Jesús a sus discípulos: “Mi paz les dejo, mi paz les doy. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo” (Jn 14, 27).

Esa es la paz del hijo de José de Nazaret. Es la paz de la esperanza. Mira al futuro de la humanidad,  pero también aquí y ahora nos trae la paz. Es la paz del corazón de Jesús.  Podrán taladrarnos las manos y los pies pero no romperán ninguno de nuestros huesos. Esto significa que podemos perder todas las batallas, pero venceremos eternamente con Cristo. “En el mundo tendrán persecuciones, pero (no teman), yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). El hijo de José de Nazaret nos anima con sus propias palabras: Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Pero todo esto, ¿qué tiene que ver con san José?...  Cristo vino a traernos la paz. Al recibir en su casa a Jesús, José la llena de la paz de Cristo. Si yo consagro mi casa a José de Nazaret, mi casa será la casa de José y en ella recibiré la paz  de Jesús, tan necesaria en estos tiempos calamitosos.

Así, José -con María- será el encargado de traer el gozo y la paz de Jesús a mi corazón y a mi familia. Del mismo modo que José pasó de cada uno de sus 7 dolores a cada uno de sus 7 gozos, así todos mis dolores y temores serán la señal de que el reino de Dios está cerca (cf. Lc 21, 31).

Los males de nuestros tiempos y de todos los tiempos están profetizados en Lucas 21, 25-33. También ahí está profetizado el gozo que estos males nos traerán, como lo trajeron a José sus 7 dolores, pues nuestros dolores son señales de que está cerca nuestra liberación: (cf. v 28). “Apenas vean ustedes que suceden las cosas que les dije, sepan que el reino de Dios está cerca” (v. 31).

“El hijo de José” vino a traernos su propia paz, esa paz que nunca perdió. Su paz es el gozo que nos mantiene firmes aquí y ahora porque se basa en la esperanza. La paz de la esperanza mira al futuro de la humanidad, pero aquí y ahora está ya presente en la esperanza de nuestra liberación.

Aunque estemos sumidos en un futuro incierto, nos queda el consuelo de pensar lo que ahí mismo asentó con firmeza Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (v 33).

Si nos acercamos a José estaremos a “la sombra del Altísimo”. Si nos cobijamos a la sombra de José, estaremos a la sombra del Espíritu Santo que cubrió a María. Si José protegió a Jesús y María, nos protegerá a nosotros en estos tiempos tan difíciles. Si consagramos nuestros hogares, nuestra patria y el mundo entero a José, poco a poco alcanzaremos esa paz que las fuerzas del infierno no nos podrán quitar.

Porque la paz no es tanto la ausencia de guerra cuanto el ánimo en la lucha, la calma en la angustia y consuelo en el dolor. Es la alegría que acompaña al trabajo de dar sentido a la vida. La paz es el reino de los cielos en nuestros corazones. Podemos renunciar a todo, pero no podemos renunciar a la paz del corazón, porque la paz del corazón es el valor supremo del universo y “Dios es paz” (Jc 6, 24).

En la angustia, nos sentimos en las sombras de la muerte y, desesperados, elevamos los ojos al cielo y gritamos al Señor con el profeta: “¡¿Por qué te escondes cuando más te necesito?!” (Sal 10, 1)… Pero, si nos acogemos a la sombra de José, en su sombra y en nuestra sombra brillará la luz de Jesús. Así como su luz brilló en las sombras de la cueva de Belén, así como brilló en el Templo cuando José encontró al Niño perdido, así José nos ayudará a encontrar al Dios que se nos había escondido.

Cuando perdemos a Jesús por causa de nuestros pecados o de las pruebas de la vida, nadie mejor que José con María nos ayudarán a encontrar al Jesús perdido. En la sombra de José encontraremos la paz de la esperanza. En su sombra asomará el alba que es María, y detrás del alba de María vendrá la luz del sol de la mañana que es Jesús.

 

Texto tomado del capítulo “Un hombre para el siglo XXI” del libro “José y María, historia de un gran amor” de Carlos Saravia Máynez. México, marzo de 2011.