Jueves, 16 Septiembre 2021

Editoriales

Virtudes VS Vicios

Virtudes VS Vicios

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien, es una disponibilidad que permite realizar actos buenos y dar lo mejor de uno mismo al buscar el bien, elegirlo y practicarlo mediante acciones concretas.

Las virtudes, por su parte, son actitudes firmes y hábitos del entendimiento y de la voluntad que regulan los actos, ordenan las pasiones y guían la conducta según la razón y la fe.

Los vicios, en contraparte, son inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal, pues como hábitos malos que son, degradan a la persona y a sus facultades.

Tanto las virtudes, como los vicios, una vez que se adquieren son difíciles de desarraigar, pues son como una segunda naturaleza por la que la persona que los posee se lanza a actuar rápidamente y con placer. Las virtudes cardinales, de las que se desprenden las demás virtudes, son: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.

La Prudencia dispone la razón práctica a discernir, en toda circunstancia, el verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Permite aplicar sin error los principios morales a los casos particulares y superar las dudas sobre el bien que debe hacerse y el mal que debe evitarse.

La Justicia es la constante y firme devoción de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios se encuentra en la práctica religiosa. Para con el prójimo, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer la armonía que promueve la equidad con respecto a las personas y al bien común.

La Fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien; reafirma la resolución de resistir las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral; permite vencer el temor, incluso a la muerte, y hacer frente a las pruebas y a las persecuciones; y capacita para ir, hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida, por defender una causa justa.

La Templanza modera la atracción de los placeres, procura el equilibrio en el uso de los bienes, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.

A cada una de las virtudes cardinales le corresponde un vicio que le es opuesto:

A la Prudencia le son contrarias la imprudencia (que consta de precipitación, inconsideración e inconstancia) y la negligencia (que consiste en no mandar hacer lo que se debe hacer y del modo en que debe hacerse).

A la Virtud de la justicia se opone la injusticia, por defecto, que consiste en dar menos de lo que se debe; y por exceso, otros tipos de injusticias como homicidios, robos y calumnias.

A la Fortaleza se le opone, por defecto, la cobardía; y por exceso, la temeridad o indiferencia ante el peligro.

A la Templanza se le enfrenta, por defecto, el exceso en los placeres necesarios para la conservación del individuo y de la especie; y por exceso, la intemperancia que desborda los límites de la razón y la fe en el uso de los placeres del gusto y del tacto, como la comida y la bebida.

La virtud moral es el hábito de elegir manteniéndose en el justo medio de la razón y de cara al fin eterno del hombre. El justo medio puede ser real cuando regula o modera las relaciones exteriores de los hombres, como la justicia; o puede ser de razón cuando regula o modera la vida afectiva de las personas, como es el caso de la prudencia, fortaleza y templanza. La moderación significa tanto represión como impulso. Para que una virtud sea virtud moral se requiere:

Que sea voluntaria y que se asuma consciente y libremente con un fin bueno, pues no es igual ayudar a otros para presumir a los demás, que para agradar a Dios.

Que sea interior, pues no basta con el comportamiento externo, ya que se desarrolla en el interior del hombre. No es suficiente dar limosna, se requiere del deseo de darla.

Que sea íntegra, pues no basta con que la virtud actúe únicamente en el exterior del ser humano y no en su interioridad, pues la virtud debe vivirse integralmente en toda la persona.

Cuando las virtudes se realizan exclusivamente con fines terrenales, no se les considera virtudes morales y no confieren el buen uso de la virtud, pues son imperfectas porque no desarrollan bondad en el hombre.

Para ser una persona virtuosa y alcanzar la virtud, las virtudes deben cultivarse, con gran esfuerzo, mediante su práctica cotidiana.