Jueves, 16 Septiembre 2021

Editoriales

El Gran Aviso de Dios

El Gran Aviso de Dios

Hacia el año 750 a C, el profeta Amós ya refiere que “no hace nada el Señor Yahveh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas” (3,7). En efecto, Dios gusta de avisar acerca de sus grandes intervenciones en la humanidad, intervenciones que siempre ha anunciado, tanto en la Sagrada Escritura a través de sus profetas, como por medio de místicos y videntes de todos los tiempos. El Antiguo Testamento da cuenta de numerosas profecías y advertencias divinas, como las profecías mesiánicas en las que dio a conocer todo lo referente al Mesías; profecías todas que se cumplieron en Jesucristo.

También son varias las ocasiones en las que Dios ha tenido que reprender a la humanidad por desacatar sus preceptos, y ha tenido que apercibirle acerca de castigos que le sobrevendrían de no enmendarse.

Al cabo de dos mil años después de su redención de la muerte y del pecado, la humanidad del siglo XXI presenta indicios de sufrir una alarmante confusión de los valores humanos que evidencia una perversión de costumbres y de normas morales que ha provocado que ya se viva bajo una Dictadura del Relativismo, tal como lo señaló el papa Benedicto XVI, y que se haya perdido la apreciación por el valor de la vida humana bajo una Cultura de la Muerte que ya había denunciado el papa santo Juan Pablo II.

En la cosa pública, la corrupción del Estado, del poder y de la justicia son rasgos generalizados de descomposición de la democracia. La sociedad se ha descompuesto con la destrucción de la unidad familiar, la ideología de género y la promoción del homosexualismo. La responsabilidad de una adecuada formación religiosa se ha reducido notablemente ocasionando un menoscabo moral y espiritual.

Todo esta decadencia social y moral es signo de que Dios, movido por su justicia y misericordia, enviará un último y universal llamado a la conversión mediante un extraordinario Aviso para todos los hombres, el que será el Gran Aviso de Dios.

En 1917 la Virgen María profetizó en Fátima que, si la humanidad no dejaba de ofender a Dios, una guerra peor sobrevendría durante el pontificado de Pío XI: “Cuando vean una noche iluminada por una desconocida luz, sepan que esta es la Gran Señal dada a ustedes por Dios, de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre, la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.” Y esta Señal de Dios, en forma de extraña luz, ocurrió con toda precisión, sin ninguna duda ni confusión, el 25 de enero de 1938 poco antes de que comenzara la segunda guerra mundial.

El Gran Aviso de Dios, conocido también como Día de Luz o Iluminación de las Conciencias y Juicio en Pequeño, ha sido anunciado por varios profetas y en varias revelaciones marianas. Quizá la profecía más antigua proviene de san Edmundo en el siglo XVI, por quien Dios dio a conocer: “Yo he decretado un gran día, será donde un terrible Juicio revelará las conciencias de todos los hombres”.

En 1836, la Beata Ana María Taigi también recibió una revelación sobre este evento: “Habrá un momento de Iluminación de las Conciencias en el que cada persona se verá a sí misma como la ve Dios. De esta iluminación resultará la salvación de muchas almas”.

En 1839, el Padre Bernardo María Clausi recibió la revelación: “Antes del advenimiento del triunfo de la Iglesia vendrá un Juicio en Pequeño como nunca se ha visto y será de carácter universal”.

En 1980, la vidente de Betania, Venezuela, la Sierva de Dios María Esperanza, recibió el mensaje: “Está llegando el gran momento de un Gran día de Luz. La conciencia de este amado pueblo debe ser sacudida violentamente para que pongan sus asuntos en orden y ofrezcan a Jesús la justa reparación por las infidelidades cometidas diariamente”.

Entre 1937 y 1940, Jesucristo se apareció en Heede, Alemania, a cuatro niñas de catorce años para revelarles: “Yo daré a todos una especial luz, a todos descubriré mi Justicia y mi Misericordia; será terrible, un Juicio en Pequeño.

Entre 1961 y 1965, en Garabandal, España, la Virgen María profetizó tres acontecimientos universales consistentes en un Aviso, un Milagro y un Castigo, en referencia al Gran Aviso de Dios que, coincidiendo con un fenómeno cósmico estruendoso y luminoso en toda la tierra, permitirá que toda persona, creyente o no, pueda conocer interiormente el estado de su alma tal y como Dios la ve. Será motivo de purificación, sufrimiento y conversión; un aviso que ocurrirá en un gran momento de agitación mundial y de intensa persecución religiosa.