Jueves, 11 Agosto 2022

Editoriales

Dante Alighieri

Dante Alighieri

Del poeta florentino y genio de la literatura italiana, Dante Alighieri, que nació el 25 de marzo de 1265 y murió el 14 de septiembre de 1321 a la edad de 56 años, han honrado su memoria varios pontífices, entre ellos, en el último siglo transcurrido, Benedicto XV en 1921 con ocasión del VI centenario de su muerte, León XIII, Pío X, Pablo VI, Benedicto XVI y ahora Francisco, quien lo ha hecho mediante la Carta Apostólica Candor lucis aeternae, hecha pública el 25 de marzo de 2021, año del VII aniversario de la muerte de Dante, ocurrida en Ravena, Italia.

En su Documento, el Papa hace ver que “no puede faltar la voz de la Iglesia que se asocia a la unánime conmemoración del hombre y del poeta”, sostiene que la obra de Dante “nos remite a las raíces cristianas de Europa y de Occidente, representa el patrimonio de ideales y valores que también hoy la Iglesia y la sociedad civil proponen como base de la convivencia humana” y explica: “Dante sabe leer el corazón humano en profundidad” y “se convierte así en intérprete del deseo de todo ser humano de proseguir el camino hasta llegar a la meta final, hasta encontrar la verdad, la respuesta a los porqués de la existencia, hasta que, como ya afirmaba san Agustín, el corazón encuentre descanso y paz en Dios”.

El gran escritor italiano, que mira más allá de esta vida, en su obra apunta hacia la eternidad, en la que muestra el destino de toda alma, de la que Francisco refiere que “el itinerario de Dante, particularmente el que se ilustra en la Divina Comedia, es realmente el camino del deseo, de la necesidad profunda e interior de cambiar la propia vida para poder alcanzar la felicidad y de esta manera mostrarle el camino a quien se encuentra, como él, en una selva oscura y ha perdido la recta vía”; y de particular belleza es la parafrasis “del Padrenuestro que propone el poeta (cf. Purg. XI, 1-21) entrelaza el texto evangélico con la vivencia personal, con sus dificultades y sufrimientos: «Venga a nos la paz de tu reino, / porque no podemos alcanzarla por nosotros mismos si ella no viene. […] El pan nuestro de cada día dánosle hoy, / porque sin él, en este áspero desierto, / hacia atrás camina quien más adelante se afana por ir» (7-8.13-15). La libertad de quien cree en Dios como Padre misericordioso, no puede más que confiarse a Él en la oración, y esto no la perjudica en absoluto, por el contrario, la fortalece”.

En su Carta Apostólica, el Papa refiere de Dante “que nunca está solo en su camino, sino que se deja guiar primero por Virgilio, símbolo de la razón humana, y después por Beatriz y san Bernardo, ahora, gracias a la intercesión de María puede llegar a la patria y gustar la alegría plena deseada en cada momento de la existencia: «y aún destila / en mi corazón la dulzura que nació de ella» (Par. XXXIII, 62-63). No nos salvamos solos, parece repetirnos el poeta, consciente de la propia insuficiencia: «No vengo por mí mismo» (Inf. X, 61); es necesario que hagamos el camino en compañía de quien puede sostenernos y guiarnos con sabiduría y prudencia” y explica que “la presencia femenina es significativa. Al comienzo del arduo itinerario, Virgilio, el primer guía, conforta y anima a Dante para que siga adelante, porque tres mujeres interceden por él y lo guiarán: María, la Madre de Dios, figura de la caridad; Beatriz, símbolo de la esperanza y santa Lucía, imagen de la fe. Beatriz se presenta con estas conmovedoras palabras: «Soy Beatriz la que te manda que vayas; / vengo del lugar a donde deseo volver / y es el amor quien me mueve y me hace hablar» (Inf. II, 70-72), afirmando que la única fuente que nos puede dar la salvación es el amor, el amor divino que transfigura el amor humano. Beatriz remite, además, a la intercesión de otra mujer, la Virgen María: «Una mujer excelsa hay en el cielo que se compadece / de la situación en que está aquel a quien te envío, / y ella mitiga allí todo juicio severo» (94-96). Luego, dirigiéndose a Beatriz, interviene Lucía: «Beatriz, alabanza de Dios verdadero, / ¿por qué no socorres a quien tanto te amó, / que se alejó por ti de la esfera vulgar?» (103-105). Dante reconoce que sólo quien es movido por el amor puede verdaderamente sostenernos en el camino y llevarnos a la salvación, a la renovación de la vida y, por consiguiente, a la felicidad”.