Domingo, 25 Febrero 2024

Editoriales

Entrada mesiánica a Jerusalén

Entrada mesiánica a Jerusalén

El hombre de Jericó, el mismo al que Jesús le restauró la visión de los ojos, caminaba entusiasmado llamándole a Jesús Hijo de David, y unido a él hacia la Ciudad Santa: “Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del Monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos, diciéndoles: «vayan al pueblo que está enfrente de ustedes, y no bien entren en él, encontrarán un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les dice: ‘¿Por qué hacen eso?’, digan: ‘El Señor lo necesita, y que lo devolverá en seguida’». Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les dijeron: «¿Qué hacen desatando el pollino?». Ellos les contestaron según les había dicho Jesús, y los dejaron” (Mc 11,1-6).

Entre Jericó y Jerusalén se emplazan dos aldeas, una es Betfagé, la otra es Betania, en la que residía un amigo de Jesús, llamado Lázaro, en compañía de sus hermanas María y Marta. Él había sido objeto de un asombroso milagro obrado por Jesús cuando lo devolvió a la vida al cuarto día de haber muerto (cfr. Jn 11,1-44). Es posible que Jesús enviara a María Magdalena a que solicitara la ayuda de Lázaro para que le proporcionara un pollino, cría de asna, que él pudiese montar para entrar a Jerusalén. Luego envió a dos discípulos para que lo recogieran de donde Lázaro lo había dispuesto, junto a una puerta.

Jesús quiso asegurarse de contar con ese borrico para entrar a Jerusalén como el Mesías, no como un caudillo en un brioso corcel, sino como estaba profetizado: “¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asna” (Za 9,9). “Traen el pollino ante Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él. Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que lo seguían, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» Y entró en Jerusalén, en el templo, y después de observar todo su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania” (Mc 11,7-11).

Los integrantes del entusiasta séquito, motivados por que todo luciera esplendoroso, colocaron sus mantos sobre el pollino y revistieron el camino con follaje cortado de los campos y de árboles frutales.

El bello rostro de Jesús brillaba como el oro mientras su cabellera ondeaba libremente agitada por el viento; sus oídos se deleitaban por el canto de las voces y el clamor de salvación; y sus ojos, en el mediodía de su mirada, fascinados por las sonrisas de los niños y los brazos en alto de los jóvenes, le hacían ver a su pueblo que reía por saber que su Mesías ya estaba entre ellos. Él los miraba con la misma sonrisa con la que una madre mira por vez primera a su hijo recién nacido.

Mientras ellos le aclamaban, Jesús recordó la Escritura: “¡Ábranme las puertas de justicia, y entraré dando gracias a Yahvé! Aquí está la puerta de Yahvé, los justos entrarán por ella. Te doy gracias por escucharme, por haber sido mi salvación” (Sal 118,19-21).

Pero aquel júbilo del Domingo de Ramos se desvanecería para Jesús cinco días después, cuando voces discrepantes exigieron su muerte. Así es la gloria del mundo, gloria transitoria en la que los mismos que un día nos aclaman, mañana desearán vernos llorar y hacernos sufrir. ¿Por qué somos así…?

Es solemne el enunciado del evangelista «Y entró en Jerusalén, en el templo» para enfatizar que el Señor pasó el resto de la tarde observando que en aquel templo ya nada santo había, observando todo a su alrededor, como quien escruta con una linterna. Así constató la manera en la que el poder había suplantado al amor, un poder al que él impugnó y del que evitó ser partícipe. Por eso no se quedó en Jerusalén ni por una noche, salió del templo en el que se había atropellado la fe en Dios, y volvió a Betania, a casa de sus tres amigos.

Jesús durmió inquieto interpretando cómo fue que los sacerdotes y escribas suplantaron el Amor divino de ternura infinita por el temor al Dios que castiga, y en sueños vio cómo enmendaría toda esa argucia. Y de pronto, lo despertó la luz que anuncia a la aurora.

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