Martes, 07 Diciembre 2021

Editoriales

Asunción en cuerpo y alma

Asunción en cuerpo y alma

El dogma mariano de la Asunción afirma que la Virgen María, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma al cielo: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (Cf. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Constitución Dogmática Lumen Gentium 59).

Este Dogma fue proclamado por el papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, mediante la Constitución Munificentisimus Deus: “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

La definición del dogma excluye definitivamente toda duda y exige la adhesión expresa de todos los cristianos, como la misma bula Munificentissimus Deus afirma: “El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la asunción corporal de la santísima Virgen María al cielo es una verdad revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia” y presenta la Asunción como consecuencia de la unión de María a la obra redentora de Cristo: “Por eso, de la misma manera que la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y último trofeo de esta victoria, así la lucha de la bienaventurada Virgen, común con su Hijo, había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal”.

El Nuevo Testamento pone de relieve la unión perfecta de la santísima Virgen con el destino de Jesús en una unión que se manifiesta ya desde su concepción, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo, en su asociación al sacrificio redentor, íntima unión que por lo menos exige una continuación después de la muerte. Así, María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo.

La Tradición de la Iglesia encuentra en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción de María, como lo expresaron autores como san Ambrosio, san Epifanio, Timoteo de Jerusalén y san Germán de Constantinopla, quien pone en labios de Jesús, que se prepara para llevar a su Madre al cielo, la expresión “Es necesario que donde yo esté, estés también tú, madre inseparable de tu Hijo” (Hom. 3 in Dormitionem); en otro texto, sostiene que el amor de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo, con las palabras “Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?” (Hom. 1 in Dormitionem); y sostiene que “Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida”.

También en la Tradición, y a la luz del misterio pascual, de modo particularmente claro se ve la oportunidad de que, junto con el Hijo, también la Madre fuese glorificada después de la muerte, pues la ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

El misterio de la Asunción de la Virgen permite comprender el plan de la Providencia divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera y única creatura humana en quien se realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos.