Martes, 07 Diciembre 2021

Editoriales

Hemos pecado

Hemos pecado

Comenzando el siglo XXI, como si hubiese recibido un cheque Al Portador por una suma colosal, la humanidad se entregó a lo material, se dio al despilfarro y pronto cayó en una vertiginosa decadencia moral. Confiada a lo del mundo, supuso haber alcanzado su propia suficiencia sustentada en el crecimiento de la ciencia, el poderío militar y económico y el vertiginoso alcance de las comunicaciones; y relegó al autor de sus días a los edificios religiosos que para él erigió siglos atrás, cuando estaba puesta en Dios su razón de ser y su confianza.

Dos milenios atrás, Cristo quiso presentarle a la humanidad un retrato de esta realidad, finamente elaborado con palabras bien medidas, sencillas aunque emotivas; un retrato en un relato que él narró para hacerle ver a esta humanidad, la misma que sería liberada de la muerte dando en prenda su propia vida, lo que sucede a la creatura que, ensoberbecida, hace a un lado al Creador para gozarse con la creación.

En su relato del Hijo Pródigo, Jesús narra que de dos hijos que un hombre tenía, el menor le exigió que le entregase en vida su parte de la herencia, y que tras recibirla “se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad” (Lc 15,13-14).

En su narración, Jesús no quiere describir tanto el dolor del padre abandonado como la triste experiencia de un hijo que, abandonándose a lo mundano, tras haber agotado lo que pensó que era suyo descubre que para recuperarse ha de regresar al padre que desdeñó por lo poco que pretendió conquistar. La culpa le derrumba, pero la esperanza le arroja a recobrar algo de aquello que despreció. Al dolor de su culpa se le une la vergüenza que le engaña pensando que ha perdido toda dignidad: “Y entrando en sí mismo, dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!. Me levantaré, iré a mi padre y le diré: -Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre” (Lc 15,17-20).

De regreso a casa, aquel hijo vio a su padre que estaba a la puerta, mirando al horizonte como lo hacía todos los días, a la hora de la brisa de la tarde, con la esperanza, no perdida, en el regreso de su hijo. Es una imagen plena de ternura que recuerda la pregunta de Dios tras la caída del hombre: “¿Dónde estás, Adán?” (Gn 3,9). Cuando el hijo estaba “todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: -Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: -Traigan aprisa el mejor vestido y vístanlo, pónganle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies” (Lc 15,20-22).

Esta humanidad de hoy, de la que formamos parte nosotros, ineludiblemente se mira retratada en aquel hijo libertino, ahora sobreviviente en una aldea global azotada por una pandemia que preludia hambre extrema y que, tal como aquel, ha comenzado a pasar necesidad. 

Nos ha llegado el momento de saber que hemos pecado, de reconocer la vergüenza de nuestros actos, de dejar atrás el cinismo de nuestros despilfarros, nuestras majaderas comunicaciones, los pensamientos mezquinos, envidias, calumnias, rencores, masacre de inocentes por nacer, tráfico de drogas y de personas, pornografía, violencia en palabras hirientes y en armas mortales; ha llegado el momento de buscar a nuestro Padre, aunque no seamos dignos, aunque lo hayamos puesto detrás de nuestro futuro.

No obstante haber renegado de la fe y a pesar de habernos negado el amor, aun nos queda la esperanza; esperanza que procede de la Providencia de Dios. Es momento de regresar a él, de quien sabemos bien que nos ama en tal manera que su amor siempre será mayor que nuestras ofensas, y su capacidad de perdonar, más grande que nuestras culpas.

El anillo puesto en la mano del hijo pródigo le restituye al instante su nombre y filiación, que nunca perdió aunque no lo sabía, y luego comienza “una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado” (Lc 15,23-24).

Esta pandemia que nos sacude habrá de servir para recobrar la dignidad de sabernos hijos de Dios, toda vez que volvamos a él.