Jueves, 11 Agosto 2022

Editoriales

La Virgen de Jerusalén

La Virgen de Jerusalén

Vestigios arqueológicos en el monte Bülbüdag, a siete kilómetros de la ciudad de Éfeso, confirman la antigua tradición que sostiene que la Virgen María residió allí hacia la tarde de su vida y que ahí estuvo el sepulcro que para ella fue preparado, tradición que a su vez es sustentada por las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick; aunque otra antigua tradición sostiene que su sepulcro se encuentra en Jerusalén, como lo confirman el obispo Juvenal, que en el año 451 dio testimonio sobre la presencia del sepulcro en la Ciudad Santa; un protonotario de Éfeso, de nombre Perdicas, que en el siglo XIII describe haber visito “la gloriosa tumba de la Virgen en Getsemaní”; y la edificación, en el siglo IV, de la basílica de la Asunción.

San Juan Damasceno, quien en su sermón Dormitione Deiparae o Dormición de la Paridora de Dios, describe cómo fue el glorioso tránsito de la Virgen, también sitúa su sepulcro en Getsemaní: “Por una antigua tradición, ha llegado hasta nosotros la noticia de que al tiempo de su glorioso tránsito todos los santos Apóstoles que andaban por el mundo trabajando para la salvación de las almas, se reunieron al punto, llevados milagrosamente a Jerusalén. Estando pues, allí, gozaron de una visión angélica, oyeron un celestial concierto, y de este modo vieron entregada en manos de Dios su ánima santa, henchida de soberana gloria. Su cuerpo, que había recibido a Dios de una manera inefable, fue enterrado en un nicho allí en Getsemaní, mezclándose en el entierro los himnos de los Apóstoles con las armonías de celestes coros. Durante tres días se oyeron allí cantos angélicos que cesaron al cabo del tercer día. Llegando entonces el Apóstol santo Tomás, único que faltaba, y deseando venerar aquel cuerpo que había tenido a Dios encarnado, abrieron el túmulo, mas ya no encontraron allí el sagrado cuerpo”.

En ese mismo sitio en el que se localiza el sepulcro de la Virgen Madre de Dios, en Getsemaní, Jerusalén, se encuentra un bellísimo icono que presenta a María con su pequeño y divino hijo entre sus brazos sosteniendo el orbe en su manita izquierda. Tan bello como el icono lo es su milagroso origen celestial que lo hace ser una imagen acheropyta o no hecha por mano humana.

Conocido como La Virgen ierosolymitissa o Virgen de Jerusalén, este icono mariano fue escrito milagrosamente en 1870 en el monasterio ruso de santa María Magdalena, frente al Monte de los Olivos, en Jerusalén, donde residía la monja Tatjana, una notable iconógrafa que en una de sus noches soñó con una monja que había ido a visitarla a su monasterio para pedirle que le hiciera un retrato. En su sueño ella le hizo ver a la visitante que no hacía retratos ni pinturas de nadie, pues no era artista ni pintora, sino que su tarea consistía en escribir iconos sagrados. En respuesta, le dijo: -En tal caso, hágame un icono. La hermana Tatjana le respondió que no disponía de alguna tabla de madera, pero la extraña mujer le entregó una tabla muy apropiada para el efecto. Algo incómoda, aunque con el deseo de atender la solicitud, Tatjana se dio a la tarea, y mientras lo iba desarrollando fue viendo que el hábito de la monja visitante se tornaba dorado y su rostro iba adquiriendo un resplandor creciente mientras le revelaba: -Bendita eres, Tatjana, tal como lo ha hecho el apóstol y evangelista Lucas, tú me vas a hacer un nuevo icono. Entonces la monja iconógrafa se sorprendió al percatarse de que no estaba pintando el retrato de otra monja, sino que estaba escribiendo un icono sagrado de la Virgen María.

Al despertar del sueño, sorprendida, Tatjana se lo narró de inmediato a la Madre abadesa, quien le respondió que regresara a dormir y que al día siguiente se dispusiera a escribir un icono de la Virgen Madre de Dios como el que había soñado. De vuelta a su celda advirtió que estaba inundada por una gran luz y por un amable aroma perfumado, cosa que le hizo volver a la abadesa, y cuando juntas acudieron a la celda de Tatjana fueron testigos del milagro, pues ante sus miradas estaba el icono del sueño pero totalmente materializado, la imagen sagrada de la Virgen, no hecha por mano humana.

Transcurrieron unos días de alegría en el monasterio y Tatjana tuvo una visión de la Virgen María en la que le pidió que llevara el icono a la basílica de la Asunción en Getsemaní, donde desde entonces se venera en el sitio del sepulcro vacío de la Virgen Madre de Dios.