¿Es hereje el Papa?

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El Romano Pontífice nunca podría incurrir en herejía en virtud de ser el sucesor de Pedro, pues a su persona se extiende el deseo de Jesucristo: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hallas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). A este deseo del Señor se ha sumado la constitución dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, de 1870, en la que se estableció el dogma de la Infalibilidad papal.

 

En efecto, que el Papa es infalible o que no se puede equivocar nunca, es dogma de fe que quedó definido mediante las palabras consignadas en el capítulo IV de la constitución dogmática Pastor Aeternus, que establecen: “El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia”.


En rigor, el dogma no afirma que el Papa no se equivoque, ni que sea perfecto o impecable, tampoco sostiene que pueda ser inspirado por Dios para reformar, cambiar o añadir algo al depósito de la fe o la recta Doctrina. Este dogma significa que el Papa, cuando define algo que atañe al depósito de la fe o de la moral de la Iglesia, lo hace asistido por la fuerza del Espíritu Santo.

 

Por su parte, el término Ex Cathedra indica que una enseñanza o definición del Romano Pontífice ha sido promulgada con la asistencia del Espíritu Santo, y que por lo tanto ha de aceptarse y obedecerse, pues por el dogma de la Infabilidad papal se acepta que no puede ser errónea.


La expresión Ex cathedra aparece ya en los escritos de teólogos medievales y, más a menudo, en las discusiones acerca de los privilegios del Papa después de la Reforma protestante; pero su significado presente fue formalmente determinado por el Concilio Vaticano I con las palabras: “Enseñamos y definimos que es un dogma divinamente revelado que cuando el romano pontífice habla ex cátedra, esto es, en el descargue de su oficio de pastor y doctor de todos los cristianos, en virtud de su autoridad apostólica suprema, él define una doctrina respecto a la fe o a la moral a ser sostenida por la Iglesia universal, mediante la ayuda divina prometida a él en San Pedro; posee esa infalibilidad con la que el Divino Redentor deseó que estuviese dotada su Iglesia al definir doctrinas respecto a la fe o a la moral, y que por lo tanto tales definiciones del romano pontífice son irreformables, por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia”. Así pues, se trata de un acto realizado en circunstancias especiales, pues no siempre un papa habla ex cathedra, al punto de que ha habido algunos que nunca lo hicieron durante su pontificado. La cuestión Ex Cathedra, en suma, se reserva a verdades, situaciones, regulaciones excepcionales en las que se hace patente algo que siempre ha estado en la conciencia de la Iglesia, pero que conviene, en determinado momento, especificar y aclarar.


La única excepción histórica de un papa que no fue infalible y que, por tanto, incurrió en herejía, correspondería a Honorio I, el 70º papa de la Iglesia. Su pontificado, de 13 años, que inició el 27 de octubre del año 625, se vio marcado por haber enfrentado al monotelismo, una herejía que afirmaba que en Jesucristo no prevalecían dos voluntades, sino solamente una; sin embargo, por la manera en que lo enfrentó aparentemente incurrió en herejía al declarar en el año 634 que la voluntad única en Jesucristo, sostenida por Sergio I, Patriarca de Constantinopla, no podía calificarse de herética. Tras la muerte del papa Honorio, ocurrida el 12 de octubre del año 638, se celebró el tercer Concilio de Constantinopla, que abarcó los años 680 y 681 y que condenó al monotelismo como herejía y al papa Honorio como hereje, condenas que fueron confirmadas posteriormente por los concilios de Nicea y el cuarto de Constantinopla. La condenación de Honorio provocó que con los siglos se discutiese en torno a la autoridad dogmática del Papa hasta llegar al concilio Vaticano I en el que se proclamó como dogma la infalibilidad papal.