La Piedra de Scone

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La Corona británica, por siglos ensangrentada por disputas entre sus monarquías y dinastías, conserva y observa un número infinito de rituales supersticiosos y esotéricos, algunos comprensiblemente explicables, y otros, del todo ocultistas.


El más solemne de sus ceremoniales, la coronación del monarca, está marcado por diversos signos misteriosos de orígenes ancestrales de los que el nuevo monarca no podría prescindir pues la coronación sería inválida y ensombrecida por calamidades que le sobrevendrían a él y a su reino. El momento culminante del ceremonial, la coronación en sí, obligadamente ha de concretarse con el monarca sentado, no en el trono, sino en una sede llamada Silla de San Eduardo, elaborada de tal manera que entre el piso y el asiento queda insertada una misteriosa roca que ha recibido dos nombres: Piedra del Destino y Piedra de Scone.



La última ocasión en la que tuvo cumplimiento preciso tal ceremonial, que combina liturgia religiosa con protocolos monárquicos, fue el 2 de junio de 1953, cuando Elizabeth II ocupó el trono, cerca del altar de la abadía de Westminster, de Londres, mientras los obispos de la iglesia anglicana procesionaban con el servicio del altar en tanto que las insignias reales las recibía el Dean de Westminster para colocarlas sobre el altar. Luego, Elizabeth se sentó en la Silla de San Eduardo para responder al juramento pronunciado por el arzobispo de Canterbury. Tras la celebración de la liturgia de la Palabra, fue ungida con el signo de la cruz en la frente, fue revestida con la Estola y la Capa real, y luego de recibir espuelas, espada, brazaletes, anillo, orbe y cetros, fue coronada por el arzobispo de Canterbury al tiempo que la asamblea exclamó tres veces seguidas ¡God save the Queen! en tanto que desde la Torre de Londres se detonaban 21 salvas. Luego, la Reina volvió al trono para recibir los juramentos de lealtad, y continuó la ceremonia religiosa anglicana, en la que Elizabeth II, despojada de los elementos reales se arrodilló, fue bendecida, recibió la comunión y rezó el Padre Nuestro.


Un ceremonial abundante en rituales que no habría sido posible si en la Silla de San Eduardo no hubiese estado la Piedra de Scone, cuyo origen sorprende, pues la leyenda quiere que sea la piedra sobre la que Jacob se durmió para soñar con una escalera por la que los ángeles bajan del cielo a la tierra (Cfr Gn 28,10-19), y que llevó consigo a Egipto. Sobre esta Piedra fueron coronados varios faraones hasta que la princesa egipcia Scotia, hija del faraón Akenathon y de la reina Nefertiti, y medio-hermana de Tutankamon, la llevó a la Isla del Destino (hoy Irlanda) y de allí a Caledonia, pueblo sobre el que reinó y que desde entonces lleva su nombre: Scotland (Tierra de Scotia). La Piedra del Destino permaneció por mil años en una colina cercana a Dublín, en la que los monarcas fueron coronados hasta el año 846, cuando Kenneth MacAlpin unificó los reinos escoceses, se convirtió en primer Rey de Escocia, y la trasladó al Monasterio de Scone, de donde tomó el nombre de Piedra de Scone, y donde por 400 años fueron coronados los reyes de Escocia hasta John Balliol, en 1292. El rey de Inglaterra, Edward I, luego de conquistar Escocia en 1296, se llevó la Piedra a la Abadía de Westminster, de Londres, le borró la inscripción en latín “Si el destino es certero, los escoceses siempre reinarán ahí donde la piedra se encuentre”, la colocó en la Silla de San Eduardo, y se hizo coronar Rey de Escocia. Desde entonces, los reyes de Inglaterra han sido coronados en esta Silla, sobre la Piedra.


En la Navidad de 1950, cuatro estudiantes escoceses, armados de fervor nacionalista, sacaron la Piedra de Westminster y la llevaron de vuelta a Escocia. Scotland Yard se entregó a su búsqueda hasta encontrarla el 11 de abril de 1951, envuelta en el Saltire (la bandera escocesa), en la abadía de Arbroath, de Escocia, de donde la regresaron a Londres.


Gracias al Primer Ministro John Major, el 3 de julio de 1996 la Cámara de los Comunes aceptó devolver la Piedra a los escoceses, lo que ocurrió el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, a condición de que fuese prestada para las coronaciones de futuros monarcas ingleses.


La Piedra de Scone, de 152 kilos, 66 centímetros de largo, 28 de ancho y 42 de alto, hoy se conserva en el Castillo de Edimburgo, aunque muchos escoceses afirman que la piedra que encontró Scotland Yard es una réplica, y que la original se encuentra escondida en alguna gruta de Escocia.