Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia

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Santa Catalina de Siena fue una mujer extraordinaria a quien Dios quiso dotar de gracias celestiales y de fuertes experiencias místicas que ella supo hacer crecer mediante su amorosa y confiada relación con la Virgen María en quien siempre encontró consuelo y ayuda, pues desde niña solía rezar el Ave María toda vez que subía y bajaba las escaleras de su casa.

A la edad de seis años, mientras caminaba por las calles de Siena, vio sobre el techo de la iglesia de Santo Domingo a Jesucristo en un trono, vestido como el Papa con la tiara y acompañado por san Pedro, san Pablo y san Juan. Jesús, mirando tiernamente a Catalina, la bendijo haciendo tres veces la señal de la Cruz sobre ella. Al año siguiente, ante un cuadro de la Virgen, se ofreció al Señor que la había bendecido; y a los doce, tras rechazar el matrimonio que sus padres convinieron para ella, sus experiencias místicas la impulsaron a ingresar a la orden seglar de los Dominicos, donde aprendió a leer y escribir. A partir de los 19 años se dedicó al cuidado de los enfermos.

Catalina fue la menor de los 25 hijos de la familia Benincasa. Nació en Siena, Italia, en 1347 y solamente vivió 33 años, en los tiempos en Italia sufría discordias que mermaron el entusiasmo por la Fe y cuando la Sede Apostólica se había trasladado a Avignon, Francia, en dependencia de la monarquía francesa.

 

Durante las disputas entre Italia y el papa Gregorio XI, Catalina acudió a Avignon para actuar como mediadora, y aunque el regreso del Papa a Roma, en 1377, no fue una obra del todo suya, ella sí contribuyó en mucho. Luego se mantuvo fiel al papa Urbano VI y reclamó con energía su reconocimiento. Al año siguiente, a pedido del Santo Padre, ella acudió a Roma para desempeñarse en varios asuntos que la agotaron hasta su muerte ocurrida el 29 de abril de 1380. Los últimos años de su vida se había alimentado sólo de la sagrada Eucaristía.

Escribió 381 cartas de gran significado humano y teológico que dirigió a papas, cardenales y obispos, sacerdotes, frailes y monjes, militares, gobernantes de ciudades, artistas, juristas, médicos, familiares, discípulos, y a mujeres de su época que jugaron papeles muy diversos dentro de la sociedad italiana de su tiempo, entre los años de 1365 a 1380.

Sus principales escritos los constituye el libro de el “Diálogo”, también llamado “Tratado de la Providencia” y “Libro de la Misericordia”, un texto recibido en éxtasis y dictado a sus amanuenses, quienes aseguran que durante estos éxtasis ella recibía las enseñanzas divinas y las dictaba, cosa que también refiere Fray Raimundo de Capua, fiel discípulo suyo y autor de su primera hagiografía. Son textos procedentes directamente de la Persona de Dios Padre y son una enseñanza que Dios quiso revelar para el bien de las almas a fin de conocerlo mejor, amarlo y seguirlo.

Un día jueves de 1366, en el que Catalina había orado todo el día con extraordinaria fe, Nuestro Señor se le apareció acompañado de muchos ángeles, de su santísima Madre, san Juan, san Pablo y santo Domingo. La Virgen María tomó la mano de Catalina y la puso en la mano de su Hijo. Entonces Jesús, colocó un anillo de oro en el dedo de Catalina, y le dijo: “Yo, tu creador y Salvador, te acepto como esposa y te concedo una fe firme que nunca fallará. Nada temas. Te he puesto el escudo de la fe y prevalecerás sobre todos tus enemigos”.

El Domingo de Pentecostés de 1375, el 1 de abril, Catalina recibió los estigmas de Cristo: las llagas de las manos, de los pies y del costado de Jesús crucificado quedaron impresas en su carne, pero de una manera invisible, como ella se lo quiso pedir a Cristo, a quien siempre procuró imitar en su sacrificio en la Cruz mediante una vida de ascesis, penitencia, oración y de servicio a los demás.

Su cuerpo se conserva, incorrupto, en la iglesia de Santa María Sopraminerva en la ciudad de Roma. Su cabeza, también incorrupta, se encuentra en la iglesia de Santo Domingo de la ciudad de Siena.

Santa Catalina fue canonizada por el papa Pio II en 1461; proclamada Doctora de la Iglesia, por Pablo VI, en 1970; y declarada Patrona de Europa, por san Juan Pablo II, en 1999.

Hoy cobran especial vigencia estas palabras que ella dejó escritas para estos tiempos que habrían de venir: “¡Basta de silencios! Gritemos con cien mil lenguas porque, por haber callado, el mundo está podrido”.