Escalera Santa

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El apóstol san Juan refiere, en su Evangelio, que “Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: Aquí tienen al hombre” (19, 5). Ese lugar era conocido como el lisóstrotos, ubicado en la parte alta de una escalera de mármol por la que ascendían quienes trataban asuntos con el pretor romano o quienes serían juzgados por delitos graves que correspondía juzgar a la autoridad romana.

La escalera por la que subió Nuestro Señor, como acceso al lisóstrotos o gran patio enlosado de la fortaleza Antonia, residencia del pretor Poncio Pilato, y por la que también descendió para ser llevado al monte Calvario a su crucifixión y muerte, recogió la huella sangrienta de sus pies y las salpicaduras de las hemorragias inferidas por sus verdugos, mientras temblaba y sangraba todo su cuerpo.

En efecto, Jesús pisó una y otra vez estos escalones para entrar y salir reiteradamente; primero, para ser interrogado por Pilato; luego, para ser llevado ante Herodes; de regreso, para ser equiparado con Barrabás; después, para ser conducido al Patio de la Flagelación; nuevamente, desangrado y coronado de espinas, para ser exhibido ante el pueblo sediento de sangre; y, finalmente, para iniciar el recorrido que daría cumplimiento a la sentencia de su injusto juez. La Escalera quedó entonces vacía de verdugos y cubierta por el silencio, pero también empapada por su preciosa sangre, que allí comenzaba a ser derramada.

 

Desde la cima de esta Escalera, Jesús escuchó al vocerío que bramaba: ¡Crucifícale!, en un grito creciente de voces invadidas de rencor y de odio. En sus oídos debieron resultar terriblemente duros esos gritos violentos de rechazo y de odio inexplicable que se fueron haciendo dueños de una sentencia mortal. Quizá esas voces fueron las que más dolieron a Jesús, y tal vez las seguiría oyendo hasta su muerte. Él, que se había dado a todos sin medida, tuvo que escuchar que no le amaban, que le odiaban, al tiempo que miraba cómo Barrabás era liberado, a pesar de ser culpable, en lugar suyo, a pesar de su inocencia.

Esta Escalera Santa fue trasladada de Jerusalén a Roma, en el año 326, por santa Elena, madre del emperador Constantino, y colocada dentro del conjunto del palacio apostólico lateranense. El papa san León IV solía ascender sus escalones descalzo, y a él le corresponde la devoción, desde el año 850, de subirla de rodillas. Otro papa, Gregorio VII, desde mediados del siglo IX gustaba de besar cada uno de sus peldaños. Fue el papa Pascual II quien concedió Indulgencia de nueve años por cada escalón ascendido a quienes con devoción subiesen la Escalera, indulgencia que confirmó a perpetuidad el papa Pío VII en el siglo XVIII.

Durante el pontificado de Sixto V, entre los años de 1585 y 1590, se edificó la capilla del Pesebre en la basílica de Santa María la Mayor, se colocó el obelisco en la plaza de San Pedro, se terminó la gran cúpula de Miguel Ángel en la basílica vaticana y se emprendieron obras de remodelación del antiguo palacio lateranense, obras en las que la Escalera quedó contenida dentro de la capilla en la que se conserva hasta nuestros días, frente a la basílica de san Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma.

Esta santa Escalera es de mármol blanco de Tiro con vetas ligeramente grises en sentido longitudinal y consta de 28 escalones recubiertos para su protección, por indicaciones del papa Clemente XII, con tablones de fina madera de nogal que presentan varios orificios rectangulares que permiten verla y tocarla. Estos tablones se han tenido que renovar varias veces desde 1723. Los ocho primeros escalones miden 3 metros y medio de longitud, y los otros veinte son de dos metros y medio. Las dos paredes adyacentes están cubiertas de losas de mármol y la bóveda de pinturas renacentistas.

El inicio de la Escalera lo flanquean dos esculturas colocadas allí por indicaciones del papa Pío IX. Una de ellas muestra al Ecce Homo al momento de ser presentado Jesús al pueblo por Pilato; la otra recrea el momento del beso con el que Judas Iscariote lo señaló para que fuese apresado por un grupo armado con espadas y palos de parte de los sumos sacerdotes del templo de Jerusalén, de los escribas y de los sanhedritas.

En 1908, el papa san Pío X concedió la Indulgencia Plenaria a todo aquel que con devoción y con el deseo de obtener la remisión de sus culpas, ascienda solamente de rodillas, en recogimiento y en oración, estos 28 escalones de mármol que recogieron la Sangre de Nuestro Señor.