El Santo Sudario

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El Evangelio refiere que al descolgar al Señor de la Cruz, “tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar” (Jn 19, 40).

La tarea de desclavar a Jesús de la Cruz fue difícil y delicada, tuvo que hacerse lentamente para tratar con delicadeza y decoro su cuerpo muerto. José de Arimatea y Nicodemo se movían en torno a la cruz con movimientos suaves, como si Jesús estuviese dormido y pudieran despertarlo.

Al retirar con tenazas el clavo de los pies, sus piernas cayeron de golpe y oscilaron brevemente. Después fueron retirados los clavos de sus manos, y luego de bajarlo de la Cruz con sumo cuidado y veneración, fue depositado en los brazos de su madre, la Virgen María. A ella, que nos había entregado al Salvador en un tierno Niño envuelto entre pañales sobre un pesebre, en la aurora de la Navidad en la ciudad de Belén, la humanidad se lo regresaba envuelto en su propia sangre en el montículo de las ejecuciones de delincuentes, en el crepúsculo de las vísperas de la Pascua en las afueras de la Ciudad Santa.

 

El Rey duerme en el regazo de su Madre -su exquisito trono- mientras ella lo mira con la certeza de que su divino Hijo ha de despertar de aquella muerte, en tanto que en su interior se repite cien veces: -Si el grano de trigo no muere…

Ya nadie hablaba, ya nadie lloraba; la ternura había superado a la tristeza al mirar su rostro, sereno y lleno de majestad, en discrepancia con su cuerpo tan herido.

San Agustín de Hipona explica, en una de sus exposiciones al Evangelio de san Marcos, que “por la sencillez del sepulcro del Señor se condena la ambición de riquezas de aquellos que no pueden estar sin ellas ni siquiera en los sepulcros. Por esto mismo nació en la Iglesia la costumbre de no celebrar el sacrificio del altar con manteles de seda o de tela teñida, sino de lino, lo mismo que el cuerpo del Señor fue colocado en el sepulcro con una tela limpia”.

El Santo Sudario es el lienzo que envolvió la cabeza de Nuestro Señor antes de ser descolgado de la Cruz a fin de evitar un mayor derramamiento de su Sangre. Es una tela de lino, de 83 por 53 centímetros, con textura tafetán, de color marrón claro, con varias arrugas y profusamente impregnada de sangre. No presenta imagen alguna.

La reliquia está contenida por un marco de plata con dos asas y detrás de un cristal. Se encuentra en la capilla de San Miguel o de las Reliquias, en la catedral de Oviedo, en Asturias, España, capilla en la que se conservan las reliquias sagradas del Reino de Asturias dentro del Arca Santa o Arca de las Reliquias, un cofre en madera de cedro recubierto con placas de plata primorosamente labradas con relieves e inscripciones.

Según refiere un monje anónimo del monasterio de Silos, este cofre salió de Jerusalén ante la amenaza de invasión persa en el año 612 y llevado a Alejandría de donde en el siglo VIII, durante la invasión musulmana en el norte de África se trasladó a Toledo, capital goda, para su seguridad, y de allí, en el año 842 al reino de Asturias donde quedó en la Cámara Santa que el rey Alfonso II mandó edificar para su resguardo, y que sería la capilla de su palacio. En el año 1075 el rey Alfonso VI hizo que se recubriera con las láminas de plata ornamentada. En su interior, tal y como reza la inscripción, se conservan un fragmento del madero de la Santa Cruz, un trozo de la vestimenta de Jesús, un pedazo de pan de la última cena y una sandalia de San Pedro.

Gracias a estudios científicos, se ha determinado que la sangre impregnada en el santo Sudario de Oviedo es del mismo tipo que la sangre contenida en la Sábana Santa de Turín, y que las formas de las huellas de sangre corresponden con precisión, en su forma y distribución, entre uno y otro lienzo.

Debido a que en reiteradas ocasiones a la Sábana Santa se le suele llamar “Sudario de Turín”, es preciso distinguir que ambos lienzos no son el mismo, pues la Sábana, que se conserva en la catedral de Turín, Italia, envolvió el cuerpo muerto de Jesús en tanto que el Sudario, que se resguarda en la catedral de Oviedo, España, sirvió para envolver su cabeza durante el descendimiento de la cruz y luego le fue retirado y dejado en el Sepulcro.