El Divino Rostro

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En la 6ª estación del rezo del Vía Crucis se medita en que “una mujer del pueblo, Verónica de nombre, se abrió paso entre la muchedumbre llevando un lienzo con el que limpió piadosamente el rostro de Jesús. El Señor, como respuesta de gratitud, le dejó grabada en él su santa Faz”.

Jesús caminaba tambaleante hacia su crucifixión, seguido de una muchedumbre que había viajado hasta Jerusalén para los festejos de Pascua. Habían acampado junto a las murallas de la ciudad y ahora no tenían qué hacer. Para ellos, la ejecución de Jesús vino a ser un espectáculo de entretenimiento que había convertido a Jesús en alguien peligroso y despreciable. Fueron muchos los que se volvieron en su contra y desahogaron sus resentimientos con insultos y arrojándole objetos, pero una mujer, de nombre Serafia, según una tradición, o Berenike, según otra, le llevó alivio, una presencia consoladora, una caricia en forma de fina tela que secó la sangre que le invadía los ojos y le empapaba el rostro.

Una antigua tradición quiere que santa Verónica sea la misma mujer que cuidó a Jesús Niño en el Templo de Jerusalén durante el tiempo en que se extravió de sus padres y la misma que quedó curada de su hemorragia con sólo tocar la orla de la túnica de Jesús. Ella conservó el velo y descubrió sus propiedades curativas cuando sanó al emperador Tiberio, al tocarlo con el lienzo, y luego lo entregó al papa Clemente. La acción de esta mujer demuestra valentía de su parte, pues compadeció a Jesús a pesar de que estaba prohibida la lástima, que equivalía a una censura pública de la sentencia, tanto más que compadeció solamente a Nuestro Señor y no a los dos delincuentes crucificados con él, ellos sí condenados justamente.


El velo con el que esta piadosa mujer enjugó el rostro de Nuestro Señor durante su camino hacia el monte Calvario para ser crucificado, se encuentra en la iglesia del Santo Rostro en la ciudad italiana de Manopello. Jesús quiso que la imagen de su divino Rostro quedase impreso en este velo junto con su propia Sangre.

La reliquia estuvo en Roma hasta el siglo XVI cuando fue robada durante el ataque y saqueo de la Urbe perpetrados por el emperador Carlos V. Luego de pasar por diversas manos, como refiere la duquesa de Urbino, el velo llegó al convento de los frailes franciscanos capuchinos de la pequeña ciudad de Manopello, en la región de Abruzo, donde quedó guardado y olvidado por todos durante 500 años.

El velo, de 24 por 17 centímetros, de tejido Byssus, es de color oro y miel, y se elaboró con fibras del molusco Pinna Nobilis, el más fino y costoso de su tiempo. Es traslúcido y la impronta se puede apreciar por ambos lados, pues se conserva entre dos cristales enmarcados en un fino relicario de plata.

El Rostro es apacible, de mirada piadosa y serena. La nariz luce golpeada, la mejilla derecha está hinchada, la barba en parte arrancada, la frente y los labios presentan signos rosáceos de heridas, la boca entreabierta deja ver los dientes.

Los exámenes ultravioleta de la tela, realizados en 1999 por el profesor Donato Vittore de la Universidad de Bari, confirman que la imagen no es pintura.

En los diversos estudios concretados hacia finales del mismo año, tanto por el padre Heinnrich Pfeiffer, sacerdote jesuita y profesor de Historia del Arte de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, como por sor Blandina Paschalis Schlömer, monja cisterciense trapense, pintora y estudiosa de iconos, se establece una estrecha relación entre el rostro del Velo de Manoppello y el rostro de la Sábana Santa de Turín, que permite la total compatibilidad entre ambos, colocados en superposición, además de una plena compatibilidad con las manchas de sangre impregnadas en la tela del santo Sudario de Oviedo, según lo demuestra la numerosa serie de más de diez puntos de referencia que hacen contacto preciso en la superposición de las imágenes. La observación de esta correspondencia ha permitido reconsiderar la historia de la transmisión iconográfica del rostro de Cristo, en Oriente y en Occidente, además de identificar el recorrido del Santo Rostro durante los siglos precedentes a su misteriosa llegada a la localidad de Manoppello.

Antes de morir, el Padre san Pío de Pietrelcina tuvo una bilocación en Manopello, donde fue visto a 200 kilómetros de San Giovanni Rotondo, donde agonizaba.

Durante su visita apostólica a Manopello, para venerar este sagrado velo, el papa Benedicto XVI aseguró que “en este lugar podemos meditar en el misterio del amor divino contemplando el icono de la Santa Faz”.