La Sangre de Cristo

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San Pablo asevera que en Cristo “tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos” (Ef 1, 7). En efecto, ha sido la sangre derramada por Cristo, su propia vida entregada por él, el precio del rescate de nuestras vidas.

A Jesús, la excesiva pérdida de sangre lo llevó al límite de sus fuerzas en una deshidratación total que le provocó una sed intensa, como un fuego abrasador que devoraba no sólo su boca y su garganta sino todo su cuerpo, como lo describe el salmo 22: “Mi corazón, como cera, se funde en mis entrañas. Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta: tú me sumes en el polvo de la muerte”.

Desangrado, Jesús seguía vivo, respirando, oyendo, sintiendo, aunque reducido casi a la condición de un cadáver por la forzada inmovilidad y en absoluto desamparo. Clavado a la cruz, Jesús había sido colocado en la cima del artificio de la tortura en atroces sufrimientos que prolongaron su agonía frente a espectadores ociosos que lo injuriaban y ultrajaban.

 Durante su injusto juicio, Jesús había oído a su propio pueblo proferir, con cinismo: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt. 27, 25). Terrible petición, de un deseo no meditado, de la que las autoridades judías no pudieron sondear el porvenir con mirada profética, pues habrían visto el río de sangre en el que se sumergiría su propia nación. Tras la muerte de su Mesías, durante cuarenta años contemplaron la agonía de su pueblo hasta que fue aplastado por guerras, hambre y peste entre todos los males que sobre ellos cayeron a la vez. La nación devastada, el templo en llamas, y Jerusalén destruida, quedaron como un cementerio. Sin embargo, esas palabras proferidas por los Sumos Sacerdotes, Escribas y sanhedritas, no se traducen en maldición, sino en redención; son palabras que adquieren, en la resurrección de Cristo, un verdadero sentido salvífico, pues todos estamos llamados a la salvación.

 

El Señor, reducido desde su Cruz al último grado de impotencia, sufrimiento y degradación, aunque sin perder su majestad divina en su espíritu satisfecho por la misión cumplida, en su carne lacerada su sangre fue destilada lentamente, gota a gota…


Existen en nuestro mundo cuatro reliquias de la Pasión que contienen la Sangre de Cristo. Las dos primeras son dos lienzos grandes de tela de lino que quedaron empapados por su Sangre: el Santo Sudario, en la catedral de Oviedo, Asturias, España; y la Sábana Santa, en la catedral de Turín, Italia. Las otras dos reliquias son tres recipientes de cristal: uno de ellos se localiza en la capilla de la basílica de la Sagrada Sangre, en la ciudad de Brujas, Bélgica; y los otros dos, en la cripta de la basílica de san Andrés, en Mantua, Italia. Son las reliquias conocidas como “La Preciosa Sangre”.

La primera llegó a Brujas en 1150, procedente de Constantinopla. Es un pequeño trozo de tela, empapado de sangre, con el que san José de Arimatea ungió el cuerpo de Cristo antes de darle sepultura. Este paño se conserva dentro de un frasco de cristal de roca del siglo XI, un antiguo recipiente para perfumes de origen bizantino. A su vez, el frasco está contenido dentro de un relicario cilíndrico de vidrio, rematado en los extremos por coronas de oro. El conjunto se guarda en una custodia de plata elaborada en 1617, en la que se expone a la veneración todos los días viernes del año y procesiona cada día de la Ascensión del Señor.

La reliquia de Mantua consiste en dos relicarios que contienen tierra empapada con la sangre de Cristo que recogió el centurión san Longinos tras su conversión luego de traspasar el Corazón del Señor. Fue el mismo Longinos quien llevó la reliquia a Mantua, donde la enterró antes de morir mártir en el año 37. El apóstol san Andrés, hermano de san Pedro, se apareció en Mantua en el año 804 para indicar el sitio donde se encontraba enterrada la reliquia, que fue autentificada por el papa León III. La reliquia se conserva dentro de una caja fuerte que sólo se abre con doce llaves que están en posesión de cuatro personas: el Obispo, el Prefecto, un Canónigo y un representante de la fábrica de San Andrés. La Caja fuerte se abre cada Viernes Santo para exponer los dos relicarios a la veneración y sacarlos en procesión solemne.

El papa León III envió parte de esta sangre al emperador Carlomagno, quien a su vez la donó para la  Saint-Chapelle de París, donde también se conserva y venera actualmente.