El santo Cáliz

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En su cristología publicada en un tríptico bajo el título “Jesús de Nazaret”, el papa Benedicto XVI explica que “la sangre de los animales no podía ni expiar el pecado ni unir a los hombres con Dios. Sólo podía ser un signo de la esperanza y de la perspectiva de una obediencia más grande y verdaderamente salvadora. En las palabras de Jesús sobre el cáliz, todo esto se ha resumido y convertido en realidad. Él da la nueva alianza sellada con su sangre. Su sangre, es decir, el don total de sí mismo en que Él sufre todos los males de la humanidad hasta el fondo, elimina toda traición asumiéndola en su fidelidad incondicional. Este es el culto nuevo, que Él instituyó en la Última Cena: atraer a la humanidad a su obediencia vicaria. Participar en el cuerpo y la sangre de Cristo significa que Él responde por muchos -por nosotros- y, en el Sacramento, nos acoge entre estos muchos”.

 

     Sosteniendo este santo cáliz en sus manos, el Señor nos hizo saber, con sus propias palabras: -Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos (Mc 14, 24). Luego miró uno a uno a sus discípulos y les dijo con voz suave: -Tomen esto y repártanlo entre ustedes; porque les digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios (Lc 22, 17-17). Ellos se miraron unos a otros como tratando de ayudarse a entender palabras tan misteriosas. Se sentían amados, pero ese aire de despedida oscurecía ese amor y apagaba la alegría del momento. No entendían. Todo parecía cargarse de símbolos que se les escapaban. Recibieron el cáliz y bebieron de él con la esperanza de que el sabor del vino les aclararía el misterio. Eran gestos que, en realidad, nada tenían de misterioso, pero Jesús los hacía como si fuesen únicos, como si estuviera haciéndolos para la eternidad.

     Jesús volvió a hablar para indicarles: -Hagan esto en memoria mía (Lc 22, 19). Los discípulos supieron que algo decisivo había ocurrido; lo sabían aunque lo entendían aún. Al cabo de dos milenios, quienes a Cristo amamos seguimos, en todos los rincones del mundo, repitiendo aquellas mismas palabras y gestos, con la certeza de que damos cumplimiento a lo que el Señor nos dijo, y sabemos que toda vez que lo hacemos anunciamos que Cristo murió, y lo seguiremos anunciando así hasta que Él regrese, de nueva cuenta, a nuestro mundo.

     El santo Cáliz, que se encuentra actualmente en la catedral de Valencia, es de forma semiesférica perfecta, de una sola pieza tallada en ágata cornalina translúcida, una piedra semipreciosa de procedencia oriental. Mide siete centímetros desde la base hasta el borde, 9.5 centímetros de diámetro en el borde y 5.5 de profundidad.

     En el siglo XI, el Cáliz fue adornado y embellecido agregándosele una base y un tallo de oro, y a fin de evitar que se tocara la sagrada reliquia, se le agregaron dos grandes asas también de oro. La base es un óvalo cóncavo invertido de color parecido al del cáliz, circundado por un marco de oro ensartado por 27 perlas, dos rubíes y dos esmeraldas. El tallo finamente labrado, que une el Cáliz con la base, también es de oro y mide siete centímetros. En total, el conjunto mide 17 centímetros de altura.

     El Cáliz fue llevado a Roma por san Pedro y conservado por sus sucesores en el pontificado hasta que el papa san Sixto II se lo confió a san Lorenzo, su diácono, para que él lo llevara a Huesca, su tierra natal, a fin de protegerlo de la persecución desatada por el emperador Valeriano en el siglo III.

     En el año 712, ante la invasión musulmana, fue llevado por los cristianos de Huesca, al norte de los Pirineos para ocultarlo en las montañas; primero en las cuevas de Yebra y después en diversos monasterios hasta que quedó, por siglos, en el de San Juan de la Peña.

     En 1399 el rey de Aragón, Martín el Humano, lo colocó bajo su custodia en el palacio de la Aljafería de Zaragoza y luego en el palacio real de Barcelona. En 1437, el rey Alfonso V lo entregó a la catedral de Valencia, donde se conserva hasta nuestros días en la antigua Sala Capitular, ahora convertida en la Capilla del Santo Cáliz.

     Durante su viaje apostólico a Valencia, el papa Juan Pablo II celebró la Eucaristía con este santo Cáliz el 8 de noviembre de 1982, y lo mismo hizo el papa Benedicto XVI el 8 de julio de 2006.