La Roca de la Agonía

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La Sagrada Escritura recoge, en el Evangelio, el momento y el lugar que da inicio a la Pasión de Cristo: “Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: ‘Siéntense aquí, mientras voy allá a orar’. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia” (Mt 26, 36-37).

     En efecto, Getsemaní es la introducción a la Pasión, es un prólogo en el que la imagen de Jesús, postrado sobre una roca, evidencia hasta qué grado han de ejercitarse las facultades del alma y del cuerpo para lograr adaptarse a la voluntad de Dios.

     Para los griegos, la agonía era lo que sucedía en el agón, -la contienda, el desafío- en la competición de los aurigas y atletas que luchaban por el premio hasta la extenuación en una prueba que exigía los mayores esfuerzos hasta ya no poder dar más; a veces, hasta morir.

     Sobre la Piedra de la Agonía, en el Huerto de Getsemaní, Jesús experimentó, en una infinita soledad, una auténtica agonía con toda la tribulación del ser hombre. Aquí, el abismo del pecado y del mal le llegaron hasta el fondo del alma; aquí se estremeció ante su muerte inminente; aquí le besó su amigo, el traidor; aquí los discípulos que dijeron amarlo, lo abandonaron; aquí es donde él luchó por todos nosotros hasta el punto de sudar sangre. Allí también nos enseñó la paciencia, como expresa san Agustín, “al sufrir en soledad, llegando a ser paciente en el sufrimiento”.


      Sobre esta roca, Jesús restauró la voluntad natural del hombre y lo restableció en su grandeza, pues en la voluntad natural humana de Jesús está, por decirlo así, toda la resistencia de la naturaleza humana contra Dios. La obstinación de todos nosotros, toda la oposición contra Dios estuvo allí presente, en aquella noche en la que Jesús, luchando en oración arrastró a la humanidad hacia su verdadera esencia cuando pronunció estas palabras: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mi esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). Esta es realmente una oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad natural humana ha sido llevada por entero dentro del Yo de Jesús, cuya esencia se expresa precisamente en el “no yo, sino tú”, en el abandono total del Yo al Tú de Dios Padre. Desde entonces, por aquella oración pronunciada por el Señor sobre esta roca, todos nosotros estamos ahora presentes en la obediencia del Hijo y hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos de Dios.

     En tres ocasiones interrumpió Jesús su oración para ir en busca de sus amigos, de la compañía de sus discípulos, pero siempre los encontró dormidos. Jesús buscó, en medio de aquella terrible agonía, el reconfortante alivio de la amistad, un poco de calor humano; pero los amigos fallaron y lo abandonaron a la soledad. Era aquella una noche para estar en vela, para estar en oración, pero se durmieron. No sabían, todavía, amar mucho y se dejaron vencer por la debilidad y por el sueño.

     La Piedra de la Agonía, sobre la que Jesús oró intensamente antes del inicio de su Pasión, en el Huerto de Getsemaní del Monte de los Olivos, se encuentra hoy en el interior de la Basílica de la Agonía, también llamada Basílica de las Naciones y Basílica de Getsemaní.

     Esta roca, que quedó empapada por las lágrimas y el sudor de sangre del Señor, se encuentra cercada por una corona de espinas de bronce adornada con cálices, golondrinas y palomas de alas abatidas.

     El primigenio santuario, edificado entre los años 300 y 380, fue destruido por los persas en el año 614; reconstruido por los Cruzados y nuevamente destruido por los sarracenos en 1219.

     La actual basílica se edificó entre 1919 y 1924 sobre los cimientos de las dos primigenias iglesias, la bizantina del siglo IV, derruida por un terremoto en el año 746, y la que construyeron los Cruzados en el siglo XII y que tuvieron que abandonar a su salida de Tierra Santa, en 1345.

     La basílica de la Agonía, que forma parte de la Custodia franciscana en Tierra Santa,  presenta una fachada de aspecto bizantino compuesta por doce columnas y rematada por un gran mosaico que muestra a Jesucristo como puente entre Dios y la humanidad. Los cristales de las ventanas, hechas de alabastro azulado-purpurino translúcido, producen un efecto místico de serena oscuridad hacia el interior de la iglesia mediante una luz mortecina que inunda a la Roca de la Agonía.