Comunicar la verdad

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No es una opción, es una obligación de todo cristiano anunciar el Evangelio; es la tarea, la misión que el Señor nos dejó antes de su Ascensión a los cielos: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). En efecto, aunque ya somos del Señor, todavía estamos en el mundo, y es aquí donde hemos de darlo a conocer. Pero hay un impedimento, que es el miedo; el miedo que paraliza, que impide hacer lo que se debe hacer, y es por el miedo que, al anunciar la Fe en Jesucristo se tiene miedo a la crítica, a la censura, a la burla, al insulto; ya en los ambientes propios, ya en los medios de comunicación, ya en las redes sociales.

En rigor, todo cristiano debe dar razón de su Fe, desde su ambiente, en su actividad cotidiana, desde su propia trinchera; sin temor, pues “¿quién les hará mal si se afanan por el bien? Mas, aunque sufrieran a causa de mi justicia, dichosos ustedes. No les tengan ningún miedo ni se turben. Al contrario, den culto al Señor, Cristo, en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza. Pero háganlo con dulzura y respeto” (1P 3,13-15).

 

¿Vamos a permitir que el miedo nos impida dar razón de nuestra esperanza? ¡Cuántos mártires han muerto dando razón de nuestra fe con sus propias vidas! Hoy, nosotros… ¿no podremos tolerar una crítica, una burla, un insulto; a cambio de proclamar el nombre de Jesucristo, Señor nuestro…?

Un cristiano callado es un cristiano de vergüenza porque, o le apena ser de Cristo, o le apena decirlo, pues nadie debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2Tm 1,8).

En el Decreto Inter mirifica del Concilio Vaticano II, sobre los medios de Comunicación social, del 4 de diciembre de 1963, el papa Paulo VI establece que “toca principalmente a los laicos vivificar con espíritu humano y cristiano estos medios para que respondan plenamente a las grandes expectativas de la sociedad humana y al plan divino”, agrega que “los laicos que participan en el uso de estos medios tienen que esforzarse por dar testimonio de Cristo, en primer lugar, realizando su propia tarea con competencia y espíritu apostólico” y exhorta a que se preste “una ayuda eficaz a las emisiones radiofónicas y televisivas honestas; sobre todo, a aquellas que sean apropiadas para las familias. Foméntense con todo interés las emisiones católicas que induzcan a los oyentes y espectadores a participar en la vida de la Iglesia y a empaparse de las verdades religiosas”.

Al hablar de Cristo se habla de la verdad, y eso enorgullece y dignifica. Fue el papa Benedicto XVI quien nos enseñó a no tener miedo y a hablar con la verdad cuando con firmeza sacudió el árbol para que cayesen los frutos podridos de aquellos malos sacerdotes que ensuciaron el rostro de la Iglesia con sus conductas inapropiadas y delictivas. En aquellos días, el papa Benedicto hizo un llamamiento a que todo testigo o víctima hablara, declarara, denunciara en la investigación que él mismo abrió sobre los abusos sexuales de algunos clérigos desalmados. Durante su ilustre pontificado, el Papa nos hizo ver que un silencio que en la comunicación pretenda evitar escándalos o divisiones en la Iglesia acaba por convertirse en un silencio de complicidad.

Hoy se vive una división creciente en el seno de la Iglesia. ¿Vamos a callar otra vez o vamos a informar y a comunicar las causales reales de esta división? No es al informar cuando se divide, sino cuando se enseña una doctrina falsa o débil. Es posible que inicie un tiempo de persecución hacia los comunicadores de la verdad. Si es así, vendrán tiempos difíciles en los que los comunicadores seremos denostados por unos grupos aunque reconocidos por otros. Comunicar la verdad proporciona un cierto sufrimiento porque “la verdad no perece, pero padece” (santa Teresa de Jesús).

Si han de venir tiempos de crítica, de censura, de burlas y de insultos por comunicar la verdad, por recordar la sana doctrina, por rescatar la sabia teología, por defender la sagrada liturgia, no será el miedo lo que nos paralice y no será por temor a perder el propio prestigio que dejaremos de hacer justo lo que tenemos que hacer, pues es en el cielo donde nuestro premio consistirá en escuchar, por boca de nuestro Señor Jesús, estas palabras: “De igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les mandaron, digan: No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).