San José Trabajador

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La festividad de san José “Patrono del Trabajo”, o san José “Obrero” fue instituida por el papa Pio XII el 1 de mayo de 1955 ante varios obreros congregados en la plaza de san Pedro del Vaticano. El mundo del Trabajo, contaminado por el odio del comunismo promotor de la lucha de clases, había fijado la fecha del 1 de mayo de cada año para hacer paros y huelgas por todo el mundo. Pio XII, en cambio, al instituir esta festividad, les dijo: “Que el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el cuidadoso guardián de ustedes y de sus familias”.

Desde los inicios del siglo XX, el Trabajo se había visto secuestrado por el Capitalismo a ultranza de la Revolución Industrial, que relegó al trabajador a la mínima categoría de máquina, y también por los regímenes comunistas totalitarios en los que el Estado siempre poderoso explotaba al trabajador siempre débil.

 

La festividad de san José Obrero trajo un alivio a las tensiones laborales sumándose a la publicación de la encíclica Rerum novarum, del 15 de mayo de 1891, del papa León XIII, un documento apostólico de Doctrina Social que establece, principalmente, que el trabajo no debe ser considerado como una mercancía y que ha de reconocerse, por todos los involucrados en el mundo del trabajo, el derecho de los trabajadores a constituir sus propias asociaciones.

La Iglesia no podía permanecer inmutable ante esta transgresión a los derechos humanos. Al principio, su postura se había limitado a promover las ayudas caritativas, pero León XIII vio necesario manifestarse con fuerza porque buscar la caridad ya no era suficiente ante el imperativo de hacer justicia: “Es inhumano abusar de los hombres, como si fueran cosas, para sacar provecho de ellos”.

En 1967, con la publicación de la Encíclica Populorum Progressio, de Pablo VI, el 26 de marzo, la Iglesia continuó alzando la voz: “El trabajo ha sido querido y bendecido por Dios” porque “el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones; al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos”.

Luego vieron la luz tres encíclicas más, ahora de Juan Pablo II, Centesimus annus, de 1991; Sollicitudo Rei Socialis, de 1987; y Laborem Exercens, de 1981, que presenta los elementos de una espiritualidad del trabajo explicando que los seres humanos comparten sus actividades con la obra creadora de Dios, que el trabajo imita la acción de Dios y otorga dignidad al trabajador, y que Nuestro Señor Jesucristo fue un hombre de trabajo, enumerando varias citas de la Sagrada Escritura.

Es así como esta fecha del 1 de mayo se ha visto enriquecida con la espiritualidad del trabajo fijando la atención en la figura de san José, el carpintero fuerte de Nazaret que recibió de Dios la extraordinaria encomienda de cuidar y proteger a sus tres más grandes tesoros: su Hijo, su Madre y su Iglesia. Tanto así confió el Creador en este grande santo, también Patrono de la Iglesia, de la familia, del matrimonio, de los hijos por nacer, los migrantes, la economía y de la buena muerte.

San José fue un hombre recto y justo; recto, porque siempre actuó con justicia; justo, porque siempre hizo en todo la voluntad de Dios, un hombre a carta cabal en quien la Virgen María encontró apoyo y seguridad y en quien Jesús encontró a su principal custodio y protector.

Con el fruto de su trabajo, san José educó formó, vistió y alimentó al hijo de María y le enseñó a trabajar y a cumplir tanto con clientes como con proveedores del trabajo. También le enseñó a amar a su madre y a respetarlo a él, al punto que Jesús supo que Dios es como contar con un Padre en la tierra; como contar en la vida con un san José, así es Dios…

San José trabajó hasta el último día de su vida para dejarle un patrimonio a su esposa la Virgen María, pues sabía que Jesús no podría hacerse cargo de ella para poder dar cumplimiento al Plan de Salvación.

La gran figura de san José “Trabajador” nos enseña que el trabajo es el medio más honesto, recto y eficaz para obtener el ingreso que ha de destinarse al sostenimiento de la familia, y es un gran intercesor ante su divino Hijo para que nunca nos falte el trabajo ni los recursos necesarios para dar razón de nuestra fe en el sostenimiento de la familia que Dios nos ha confiado también a cada uno de nosotros, especialmente a quienes vivimos de un trabajo honesto.