Perdón

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art240310 El perdón es como el Alka Seltzer, que nadie sabe cómo alivia, pero alivia. Bien que, a diferencia de la tableta efervescente, que cura dolores y malestares corporales, el perdón cura malestares emocionales y dolores del alma. En efecto, no hay psicoterapeuta que no recomiende saber perdonar, ni que olvide recetar a sus atormentados pacientes la práctica del perdón hacia quienes en el pasado les provocaron una llaga en el corazón, si en verdad se quieren curar.
Durante una homilía que pronunciara el obispo Jonás Guerrero Corona, titular de la VI Vicaría de la arquidiócesis de México, dijo, a manera de parábola, que “el rencor es como un veneno que guardo para dañar al otro, pero que me bebo yo mismo”. Aquella homilía, con tan explícita enseñanza, evidencia la nocividad del rencor que suele derivarse en una enfermedad que puede provocar, en ocasiones, la propia muerte cuando no la del otro. La medicina, pues, la única cura contra el rencor, es el perdón.


Dios, que nunca desea la destrucción del pecador, pero sí del pecado; el bondadoso Padre celestial, que nada hace para nuestro mal y que todo provoca para nuestro bien, que ama con infinita ternura, varias veces nos ha mostrado el altísimo valor del perdón, y lo ha hecho a través de Jesucristo, quien para ello se encarnó y quien, en su último minuto de vida pronunció una expresión que seguirá escuchándose mientras el mundo viva: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
El teólogo san Agustín, inmerso en su escudriñamiento de la causa del mal, llegó a la audacia de afirmar que el mal no existe, que lo existe es la ignorancia, pues si se supiera lo que el daño causa, nadie lo provocaría. Esto se conecta con la expresión del Señor en la cruz.
Jesús nos enseñó, a pedido de los discípulos, a orar así: “Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. De esta oración, una de las últimas frases, la que dice “perdona nuestras ofensas” contiene un permanente clamor de la petición de Jesús antes de morir; es la práctica de lo que él mismo nos enseñó: pedir perdón. En la oración se pide perdón a Dios, lo que es una solicitud sublime, pues no es lo mismo pedir perdón a un amigo que pedir perdón a Dios. El perdón que se obtiene también es sublime, porque no es igual obtener el perdón de alguno que obtenerlo de Dios.
¿Qué puedo yo hacer, además de lo que hizo Jesús por mí desde la cruz, para obtener el perdón de Dios? La respuesta la da la misma oración del Padre Nuestro cuando afirma “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, lo que no significa que se da por hecho, sino que ya se hace, como lo que es cotidiano, y que por ello mueve a Dios a otorgar su perdón, es decir, en la misma medida en que… perdono a los demás, así Él me perdona a mí.
El Evangelio narra que Pedro le preguntó a Jesús qué tanto debía practicarse el perdón: ¿Siete veces? Pedro aludía al número siete, cuyo significado teológico es perfección y plenitud. Pero el Señor le respondió: -No Pedro, no siete veces, sino setenta veces siete-. Con ello le enseñó que para perdonar se debe sobrepasar la propia capacidad humana y alcanzar la capacidad divina. Se debe convocar a Dios para que Dios proporcione la fuerza sobrehumana que se requiere para conceder y vivir el proceso del perdón.
El Padre Rafael López López, sacerdote Misionero del Espíritu Santo, un domingo mientras enseñaba el Evangelio que narra cómo Jesús salvó la vida de la mujer adúltera luego de que provocó que se retiraran sus acusadores, después de que le hiciera saber que él tampoco la acusaba, le dijo “Vete en paz y no peques más”; explicó que la traducción más adecuada del griego original es “Vete en paz y no quieras volver a querer pecar”. Esto también garantiza el perdón de Dios, pues su deseo es que su creatura nunca tenga el deseo de ofender a su Creador.
El tiempo cuaresmal, la Semana Santa y el tiempo pascual son tiempos propicios, aunque no los únicos, para traer a nuestra vida la capacidad de perdonar y el esfuerzo por obtener el perdón de los demás, así como el perdón de Dios.